Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capitulo 20
...SCARLETT:...
El peso de Rodrigo sobre mí era la única realidad que importaba, una presión ardiente que reclamaba cada fibra de mi ser.
Sus manos, antes expertas en teclear códigos y firmar contratos, ahora recorrían mi cuerpo con una urgencia que me hacía vibrar, tocaban entre mis piernas, acariciando mi interior de una manera intensa, al mismo tiempo que su boca experta se alimentaba de mi pezón.
Cuando sus labios encontraron mis pechos, el aire se escapó de mis pulmones en un grito sofocado.
La sensación de su boca reclamándome, mordiendo y succionando con una intensidad animal, me llevó al borde del abismo.
Sentir su pecho desnudo contra el mío, su piel firme y caliente, era el castigo más dulce que jamás hubiera imaginado.
Lo atraje hacia mí, enterrando mis dedos en su cabello, negándome a dejarlo escapar de este incendio que ambos habíamos provocado.
— No te detengas, Rodrigo — gemí contra su oído.
Él no respondió con palabras, sino con una devoción hambrienta.
Mis caderas se agitaban, pidiendo que aquel vacío fuera llenado.
Cada caricia suya era una invasión, una toma de territorio que yo aceptaba con una voracidad que me asustaba.
Pero no se detuvo ahí.
Por Dios nunca pararía ahí.
El eco de mis propios jadeos llenaba la habitación, mezclándose con la respiración errática de Rodrigo.
Su boca era un incendio que se desplazaba por mi piel, bajando de mis pechos, reclamando territorios que yo nunca supe que estaban dispuestos a rendirse.
Dejó de acariciarme, solo para terminar de quitar el encaje.
Cuando sus labios descendieron más allá de mi vientre, sentí que el eje de mi mundo se desplazaba.
Sus manos, grandes y posesivas, sujetaron mis muslos con una firmeza que no admitía réplicas, obligándome a abrirme por completo a su invasión.
Sentí el calor de su aliento acercándose a mi centro, a ese lugar que palpitaba por él con una necesidad dolorosa.
— Rodrigo... — su nombre escapó de mi boca como una súplica y un desafío a la vez.
Él no se detuvo.
Cuando su lengua encontró mi centro, una descarga eléctrica me recorrió la columna, obligándome a clavar las uñas en el colchón.
Su boca me devoraba con una destreza salvaje, una danza de placer y pecado que me hizo perder la noción del tiempo y del espacio.
Apreté los dientes para no gritar su nombre, mientras él me desarmaba pieza por pieza, consumiendo cada gramo de mi resistencia con una pasión que no entendía de treguas ni de límites.
Rodrigo no solo estaba poseyendo mi cuerpo; estaba reclamando mi rendición total.
Cada movimiento suyo era una estocada a mi orgullo, una victoria que yo celebraba con cada espasmo de placer.
Me devoró dejándome sin defensas, un hambre acumulada que me hacía arquear la espalda hasta casi quebrarme.
Enredé mis dedos en su cabello, tirando de él con desesperación, mientras continuaba con cada caricia experta.
La tensión en mis músculos llegó a un punto de no retorno.
El clímax me robó las pocas fuerzas que tenía, mi respiración era un desastre.
¿Siempre fue tan intenso?
Ni tiempo de pensar tuve, Rodrigo se elevó sobre mí de nuevo, sus ojos verdes brillando con una lujuria animal que me hizo vibrar.
Me besó con fuerza mordiendo mis labios en el proceso, mientras se acomodaba sobre mí.
Él no esperó más.
En un movimiento cargado de una urgencia que no entendía de protocolos, nos unimos en una colisión que me dejó sin aliento.
Su miembro encajó perfectamente, con una familiaridad que conocía, era exquisito, me tomó con una lentitud desesperante mientras besaba mi cuello.
Agité mis caderas, obligándolo a ir más rápido.
— No lo hemos hecho en diez años, Scarlett, necesito que esto dure toda la noche — Jadeó contra mi cuello y me detuve un poco, esperando.
— Estoy segura de que aguantas toda la noche sin necesidad de ir lento — Dije, tocando su ancha espalda — No pasó tanto tiempo para que perdieras la práctica y dudo mucho que estuvieses en abstinencia todo este tiempo.
Mordió mi oreja, solté un gemido ante la fuerte estocada repentina que me dió, jugueteando, provocando.
— Guarda silencio, eres tu quien pidió cerrar la boca y no arruines el momento — Lamió la mordida mientras ondeaba sus caderas de forma diferente, un movimiento enloquecedor que aumentó mi placer.
Supliqué con un gemido.
No debía importarme si Rodrigo hubiese estado con otras mujeres, no quería recordar nada del pasado mientras estuviésemos unidos.
Esto era pura pasión, sin una razón específica.
No hubo espacio para la duda.
Rodrigo me tomó profundo y firme, rozando cada centímetro necesitado de mi interior.
Cada embestida era una palabra que nos habíamos callado durante diez años, un reclamo sobre el otro que la lógica no podía explicar.
Me perdí en el ritmo frenético, en la fuerza de sus brazos rodeándome y en la forma en que su boca buscaba la mía para ahogar mis gritos de placer, en sus gruñidos roncos, en el choque de nuestros cuerpos en aquella habitación.
Reclamé con mis manos todo su cuerpo, disfrutando de tocar sus músculos, su cuerpo fuerte y duro, de reclamar en sus labios, marcar su espalda con mis uñas, enterrar mis manos en su trasero firme para que me tomara cada vez más fuerte.
La necesidad me poseyó completamente.c
En esa cama, entre sábanas de seda y sombras, Rodrigo y yo dejamos de ser los herederos de dos imperios para convertirnos en dos náufragos consumidos por el mismo fuego, descubriendo que el odio era solo la máscara del deseo más devastador que jamás hayamos conocido.
Éramos dos almas en guerra encontrando la paz en el caos de la piel, quemando el pasado en un altar de deseo puro e incontrolable, donde el único código que importaba era el latido frenético de dos corazones que, por fin, hablaban el mismo idioma oscuro y prohibido.
Nos enredados una y otra vez, hasta que Rodrigo se desplomó a mi lado, después de dejar marcado mi interior con su hirviente placer.
Ninguno habló mientras esos segundos pasaban.
Habíamos agotado todas las energías.
Pues quien se ceee este 🤭