LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
Acompáñame con esta nueva historia
NovelToon tiene autorización de Evelyn Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
¿Cómo apagar a un bebé?
El caos en el Penthouse de Lucian Santos tenía un sonido específico: el chirrido de unos pulmones de siete meses operando a máxima capacidad.
Lucian caminaba de un lado a otro, con la chaqueta de su traje de tres piezas arrojada sobre un sofá de cuero italiano y la corbata desatada colgando como una soga. Mikeila estaba sentada en medio de una alfombra persa de diez mil dólares, rodeada de objetos que Lucian consideraba "juguetes" en su desesperación: un mando a distancia de oro, un tarjetero de plata y una grapadora de oficina.
—¡García! ¡Dije que la entretuvieras, no que la dejaras ahí como un adorno de mesa! —rugió Lucian, mientras trataba de buscar en Google "¿Cómo apagar un bebé?", en su teléfono.
—Señor, cada vez que intento tocarla, parece que va a invocar a un demonio —respondió el guardaespaldas, que estaba sudando más que en un entrenamiento de combate—. Además, creo que el "gato" ha dejado un regalo en su pañal. El aroma no es... de diseñador.
Lucian se tapó la nariz con un pañuelo de seda.
—Es un ataque biológico. Esto es una estrategia para debilitarme antes de pedir el rescate.
En ese momento, el timbre del ascensor privado sonó con un "ding" celestial. Las puertas se abrieron para revelar a Elena Rivas.
Elena vestía su uniforme habitual: una falda gris por debajo de la rodilla, una blusa blanca impecablemente abotonada hasta el cuello y sus gafas de montura gruesa que ocultaban la mirada más inteligente de toda la Corporación Santos. Pero hoy, su piel estaba pálida y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar su bolso.
Al ver a Mikeila en el suelo, el corazón de Elena dio un vuelco tan violento que temió caerse. Su pequeña. Su Mikei. El instinto de correr y estrecharla contra su pecho fue casi insoportable, pero se obligó a clavar los talones en el mármol.
—Señor Santos —dijo Elena, con la voz más plana que pudo fingir—, me informaron que había una emergencia... ¿logística?
Lucian se abalanzó hacia ella como si fuera un náufrago viendo un barco.
—¡Rivas! Gracias a Dios. Mira eso —señaló a la bebé con un dedo acusador—. Alguna demente la dejó en mi puerta con una nota falsa. Dice que es mía. ¡Es un complot! Necesito que llames a servicios sociales, a un orfanato de lujo, o a la NASA. Sácala de aquí.
Elena caminó lentamente hacia la bebé. Mikeila, al reconocer el aroma de su madre, dejó de llorar de golpe y estiró sus bracitos. Elena sintió una lágrima traicionera picando en sus ojos y rápidamente se ajustó las gafas.
—No puede simplemente "echarla", señor —dijo Elena, agachándose con cuidado—. Hay protocolos legales. Si hay una nota que alega paternidad, usted es el responsable legal hasta que una prueba de ADN diga lo contrario. Si la abandona, los titulares de mañana no serán sobre sus acciones, sino sobre "Lucian Santos: El monstruo que tira bebés".
Lucian se detuvo en seco. La imagen pública era lo único que amaba más que al dinero.
—Maldita sea. Tienes razón. Los coreanos, los ingleses, retirarían la oferta si creen que soy un irresponsable.
—Exacto —continuó Elena, tomando a Mikeila en brazos con una naturalidad que intentó disimular
—. Además... —miró a la bebé y no pudo evitarlo
—, es una niña hermosa. Mire esos ojos, señor. Sería muy difícil negar el parecido ante un juez.
Lucian se acercó, quedando a pocos centímetros de Elena. Ella pudo oler su perfume a sándalo y éxito, el mismo que la había embriagado aquella noche de la que él no recordaba nada. Lucian observó a la niña, que ahora jugaba con el botón de la blusa de Elena.
—Esos ojos son una coincidencia genética —insistió Lucian, aunque su voz ya no era tan firme
—. Rivas, tú eres eficiente. Eres la mejor secretaria que he tenido. No permites que nada se desordene. Ordéname esto.
—¿Quiere que "ordene" a una bebé, señor?
—Sí. Quédate aquí hoy. Compra lo que necesite. ¿Qué comen? ¿Caviar? ¿Salmón? Compra una de esas sillas con ruedas y... suministros. Yo tengo que ir a la oficina a limpiar este desastre legal.
Elena apretó a Mikeila contra su hombro. El calor de su hija le dio la fuerza que necesitaba.
—Me quedaré, pero bajo una condición, señor Santos. Si esta niña es realmente su hija, no puede tratarla como un expediente. Necesita un cuidado real. Y usted tendrá que estar presente.
Lucian soltó un bufido mientras se ponía la chaqueta.
—Estaré "presente" cuando la prueba de ADN llegue y confirme que esto es un error. Mientras tanto, Rivas, estás a cargo del Proyecto Bebé. Tienes presupuesto ilimitado. Solo... haz que deje de mirarme así.
—¿Cómo, señor? —preguntó Elena.
—Como si supiera todos mis pecados —respondió Lucian, saliendo apresuradamente hacia el ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio volvió al Penthouse, roto solo por el suave balbuceo de Mikeila. Elena se derrumbó en el sofá, dejando que las lágrimas fluyeran finalmente.
—Perdóname, mi vida —susurró, besando la frente de la bebé—. Mamá está aquí. No dejaré que ese hombre te haga daño, aunque tenga que trabajar para él por el resto de mi vida para protegerte.
Pero lo que Elena no sabía era que Lucian, dentro del ascensor, se miraba en el espejo de la cabina, tocándose el pecho. Por primera vez en su vida, el gran Lucian Santos sentía que algo más que su ambición estaba empezando a latir allí dentro. Y no le gustaba nada.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂