Soraya es una estudiante común cuya vida se rompe cuando la deuda de su padre la vincula con un mundo peligroso dominado por intereses ocultos. Entre Víctor, su novio, y Sebastián, un hombre enigmático ligado a esa deuda, su realidad comienza a distorsionarse.
Lo que parece un triángulo amoroso pronto revela algo más profundo: fuerzas invisibles que intentan influir en su vida, definir quién es y controlar sus decisiones.
Cuando todo contacto con su pasado empieza a cortarse, Soraya descubre que no está eligiendo entre dos hombres, sino entre ser moldeada por otros o reconstruirse desde cero.
Al final, su mayor decisión no es amorosa… es identitaria: dejar de ser definida por todos para convertirse en sí misma.
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Capítulo 24: La huida bajo la marea
La arena mojada bajo los neumáticos no ofrecía tracción suficiente para una huida limpia, pero era su única alternativa. A lo lejos, las luces de los vehículos enemigos barrían la costa como ojos de depredadores buscando presas. Sebastián, con una herida en el hombro que manchaba de oscuro su camiseta, mantenía el volante con una mano mientras con la otra revisaba el cargador de su arma.
—No pueden seguirnos por la orilla mucho tiempo —dijo él, con la voz ronca por el esfuerzo—. La marea está subiendo. Si intentan rodearnos por la arena, el mar se los tragará antes de que nos alcancen.
Soraya, sentada a su lado, sostenía su propio cuaderno de bocetos contra el pecho, un instinto protector hacia lo poco que le quedaba de su vida anterior. Sus dedos estaban manchados de hollín, y su respiración, aunque agitada, empezaba a encontrar un ritmo firme.
—Sebastián, mira —señaló ella hacia la derecha.
Más allá del saliente rocoso, una cueva marina, apenas visible debido a la oscuridad de la noche, se abría en la base del acantilado. La marea entraba en ella, creando un estruendo ensordecedor.
—Es un suicidio entrar ahí —dijo Sebastián, observando la entrada—. El oleaje puede aplastar el coche contra las paredes.
—O puede ser nuestra mejor cobertura —replicó ella, su mirada brillando con esa chispa de estratega que había despertado tras el incendio—. Si entramos y apagamos todo, el sonido de las olas y la oscuridad total nos ocultarán. Ellos pensarán que el coche se quedó atascado o que nos hundimos en el mar.
Sebastián no dudó. Confiaba en ella con una intensidad que, en cualquier otro contexto, habría calificado de locura. Aceleró, dirigiendo el vehículo hacia la boca de la caverna. El coche entró con un crujido metálico cuando los bajos rozaron la entrada, pero lograron posicionarse en una pequeña plataforma de piedra elevada dentro de la cueva, justo donde el agua llegaba a las ruedas pero no inundaba el habitáculo.
El silencio volvió, interrumpido solo por el rugido del mar que chocaba contra las paredes de la gruta. Apagaron las luces. La oscuridad era tan absoluta que, durante varios minutos, no pudieron ver nada. Solo se escuchaban sus respiraciones, rápidas y sincronizadas.
Sebastián se giró en el asiento para quedar frente a ella. En la penumbra, sus ojos se acostumbraron a la silueta del otro. Extendió la mano y, con una delicadeza que desmentía la violencia de hacía unos minutos, apartó un mechón de pelo sucio de la cara de Soraya.
—Casi te pierdo hoy —susurró él. Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, un toque cargado de una gratitud abrumadora.
Soraya se inclinó hacia él, buscando el calor de su presencia como si fuera un ancla en medio de la tormenta. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a sal, a miedo y a una victoria desesperada. Ya no era el beso de dos aliados forzados; era el reconocimiento de dos seres que habían encontrado en el otro su única razón para sobrevivir.
—No me vas a perder —respondió ella contra sus labios—. Ni hoy, ni nunca. Mientras sigamos pintando nuestro propio destino, nadie puede alcanzarnos.
Afuera, las linternas de los perseguidores se movían por la playa. Podían escuchar sus voces, el eco de sus gritos rebotando contra el acantilado. Pero dentro de la cueva, el mundo se había reducido a ellos dos. La tensión del peligro inminente se entrelazaba con la intensidad de su deseo, creando una atmósfera eléctrica que hacía que la cueva se sintiera como el único lugar seguro del mundo.
Sebastián rompió el beso, aunque mantuvo su frente apoyada contra la de ella.
—Tenemos que esperar a que se retiren. Si intentan entrar, tendremos que pelear de nuevo.
—Que vengan —dijo Soraya, y esta vez su voz no tenía miedo, sino una frialdad táctica que dejó a Sebastián boquiabierto—. Si entran en esta cueva, este lugar se convertirá en su tumba. Tengo una idea para usar el equipo del coche.
La pareja, atrapada entre el mar y sus cazadores, comenzó a trazar el plan. El amor que compartían no era un refugio contra la realidad, sino el motor que los hacía más peligrosos. Habían pasado de ser el lienzo de otros a ser los arquitectos de su propia resistencia.