Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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LO QUE NO DIJISTE
Monserrat salió de la oficina más temprano de lo habitual.
El edificio aún estaba lleno de empleados cuando tomó el ascensor, pero para ella todo parecía distante, como si caminara dentro de una burbuja silenciosa.
No pensaba en Alexander intentaba no hacerlo. Su destino era otro.
El hospital.
El olor a desinfectante la recibió apenas cruzó las puertas automáticas.
Sus pasos se volvieron más ligeros al llegar a la habitación.
Sus tíos seguan igaules, pero con avances apocos conversaban con una enfermera cuando la vieron entrar.
—Llegaste temprano hoy
dijo la enfermedad con una sonrisa cansada.
Monserrat devolvió la sonrisa inmediatamente.
Durante horas permaneció allí.
Hablando.
Escuchando.
Ayudando a acomodar almohadas, revisando medicamentos, escuchando historias repetidas que antes habría considerado simples… pero que ahora se sentían como tesoros.
El tiempo pasó sin que lo notara.
El sol comenzó a desaparecer detrás de las ventanas del hospital hasta que el cielo tomó tonos anaranjados y luego azul oscuro.
Anochecía.
Y con la llegada de la noche, la realidad volvió.
Sabía lo que debía hacer.
Aunque doliera. Aunque cada parte de ella quisiera esconderse.
Lo hacía por ellos.
Por su familia.
Por su hermano.
Por la vida que intentaba reconstruir.
Cuando llegó a su apartamento, el silencio la envolvió.
Cerró la puerta lentamente y apoyó la espalda contra ella unos segundos.
Respiró profundo. Luego caminó directo al baño.
El agua caliente volvió a caer sobre su piel, intentando arrastrar el cansancio emocional acumulado durante el día.
Cuando salió, comenzó a arreglarse con movimientos mecánicos.
Vestido elegante.
Cabello suelto.
Maquillaje discreto.
Cada gesto era una decisión consciente.
Una armadura.
Se observó en el espejo.
Aunque por dentro se sintiera rota… debía seguir adelante.
Tomó el teléfono.
Mensaje enviado:
Antonio, estoy lista.
La respuesta llegó casi de inmediato.
En 40 minutos estaré abajo, señorita.
El trayecto hasta la mansión fue silencioso.
Ya conocía el camino.
Las luces exteriores aparecieron finalmente frente a ella. Esta vez no hubo sorpresa. Solo aceptación.
Entró.
El vestíbulo estaba vacío.
Extrañamente silencioso.
Caminó hasta la quinta habitación.
La puerta estaba abierta.
Entró.
Vacía.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Señor Montenegro…?
Nada.
Salió nuevamente hacia el vestíbulo buscando a algún empleado, pero no encontró a nadie.
Entonces escuchó la puerta principal abrirse.
Giró.
Alexander acababa de entrar.
Aún vestía el mismo traje negro de la oficina. La corbata ligeramente floja, el cabello apenas desordenado.
Se detuvo al verla. La sorpresa cruzó su rostro claramente.
—Buenas noches, señor Montenegro.
dijo ella.
—Buenas noches… Monserrat.
Se acercó.
La besó suavemente.
Y entonces ella lo notó.
El leve aroma a alcohol.
Alexander se separó.
—Sígueme.
Subió las escaleras sin esperar respuesta.
Ella lo siguió.
Entraron a la habitación principal.
Alexander comenzó a quitarse el saco y dejarlo sobre una silla. Luego los zapatos.
Monserrat se tensó instintivamente.
Él lo notó.
Soltó una pequeña exhalación.
—Tranquila… no voy a tocarte si no quieres.
Su voz estaba más baja de lo habitual más pesada.
Se quitó la camisa y caminó hacia el baño el sonido del agua llenó el silencio.
Monserrat permaneció sentada en la cama, con las manos entrelazadas.
Minutos después regresó.
Una toalla rodeaba su cintura mientras se secaba el cabello. El aroma limpio del gel y el jabón llenó la habitación.
Ella evitó mirarlo demasiado tiempo.
—¿Te pasa algo?
—¿Qué podría pasarme?
respondió Alexander inmediatamente.
Ella bajó la mirada.
—Nada.
Alexander terminó de vestirse con ropa cómoda: pantalón de lino negro y una franela sencilla.
—¿Quieres comer algo?
—No, gracias.
Él asintió.
—Ven.
Bajaron al comedor.
Alexander apenas comió algo ligero y tomó un jugo… seguido de otro copa de alcohol.
El silencio entre ambos era evidente pesado.
Hasta que él habló.
—No me tengas miedo… no volveré a hacerte daño.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Monserrat no respondió.
Solo bajó la mirada.
Alexander se levantó lentamente y le ofreció la mano.
Regresaron a la habitación.
La atmósfera era distinta ahora.
Más frágil.
Se acercó a ella con intención de besarla nuevamente.
Pero en cuanto sus manos tocaron su cintura, sintió cómo su cuerpo se volvía rígido.
Inmóvil.
El recuerdo del informe golpeó su mente otra vez.
Se detuvo.
La miró fijamente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Monserrat levantó la vista, confundida.
—¿Qué cosa?
Su voz se endureció.
—Que eras virgen.
El silencio fue inmediato.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de ella casi al instante.
Alexander pasó una mano por su rostro con frustración.
—Tenías que decírmelo…
murmuró.
—Para no haber sido… el animal que fui contigo.
Las palabras salieron cargadas de culpa. Monserrat no respondió.
Solo las lágrimas cayendo lentamente por sus mejillas.
Alexander retrocedió un paso.
Y el silencio volvió a llenar la habitación.