Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 3: Halcón sobre asfalto
Dante Falcone se despertó antes del amanecer, como hacía quince años.
No necesitaba despertador, su cuerpo tenía la memoria de la disciplina, el reloj interno de quien aprendió que dormir de más era un lujo que los hombres como él no podían permitirse. Abrió los ojos en la oscuridad de su piso, sintió el peso de su propio cuerpo sobre el colchón duro, la respiración lenta de quien aún no ha salido del todo del sueño.
Se levantó. El café era negro y amargo, como él.
La ducha fue rápida, el agua fría. Se miró al espejo mientras se secaba el cabello con una toalla, sus ojos grises lo devolvían la mirada con la misma frialdad con que miraba a todo. Una cicatriz fina cruzaba su labio superior, recuerdo de su primera pelea, cuando aún no sabía que la violencia podía ser una herramienta y no solo una forma de sobrevivir. Otra cicatriz, más pequeña, en la ceja derecha. Esas marcas eran su biografía, cada una contaba una historia que nadie le había pedido que explicara.
Se vistió con la ropa que siempre usaba: pantalón negro, camisa negra, chaqueta negra. No por estética, era porque en su oficio, pasar desapercibido era más valioso que llamar la atención. Y porque el negro no mostraba la sangre. Antes de salir, pasó los dedos sobre el pequeño tatuaje en su antebrazo izquierdo: un halcón en vuelo, las alas extendidas, las garras afiladas. El emblema de su jefe, la marca de su lealtad.
Llevaba quince años con ese tatuaje. Lo había recibido la noche que juró que su vida pertenecía a otra persona.
La primera vez que Dante entendió lo que era la lealtad, tenía diecisiete años y nada que perder.
Era un chico de la calle, de esos que aprenden a leer los rostros antes que las letras, a medir las distancias entre un cuchillo y una tráquea antes que a sumar números. Había crecido en los márgenes, donde la supervivencia no era un concepto abstracto sino una pelea diaria. Su madre había desaparecido cuando él era pequeño —nunca supo si muerta, huida o simplemente cansada— y su padre era un recuerdo borroso que olía a alcohol y a ausencia.
Dante había aprendido a moverse en las sombras porque en las sombras nadie te ve venir.
La noche que lo encontraron, él estaba robando un coche. No era un buen coche, ni siquiera uno que pudiera vender fácilmente, solo necesitaba dinero para comer, y sus manos eran rápidas y sus reflejos mejores que los de cualquier chico de su edad.
Pero esa noche, las manos que lo atraparon no eran de la policía.
Eran de un hombre alto, de pelo canoso y ojos negros que lo miraron como quien evalúa una herramienta. Un alfa. Su presencia llenaba el callejón, su aroma a cuero y tabaco lo envolvía todo.
—Eres rápido —dijo el hombre. No era un cumplido, era una observación.
Dante no respondió. Estaba contra la pared, con la espalda pegada al ladrillo húmedo, calculando si podía correr. El hombre tenía dos guardias detrás, pero Dante había escapado de situaciones peores.
—No corras —dijo el hombre, como si le hubiera leído el pensamiento—, no tengo interés en hacerte daño. Te he estado observando; sabes moverte, sabes desaparecer, sabes cuándo atacar y cuándo esperar.
Dante se quedó quieto, no por miedo, sino porque algo en la voz del hombre le hizo entender que aquello no era una amenaza. Era una oferta.
—Me llamo Ferraro —dijo el hombre—. Y estoy buscando gente como tú.
Dante no preguntó para qué, no preguntó cuánto pagaba, ni si había riesgo. En ese momento, cualquier cosa era mejor que seguir durmiendo en cajones de basura y robando coches para comer.
—Estoy aquí —dijo.
Ferraro sonrió. No era una sonrisa amable, era la sonrisa de un hombre que acaba de encontrar una pieza que encajaba en su tablero.
—Bienvenido a la familia.
Quince años después, Dante era la mano derecha del hombre más poderoso de la ciudad.
No había escalado por ambición, sino por eficiencia. Ferraro le había dado un propósito, un código, una forma de canalizar la violencia que llevaba dentro desde que tenía memoria. Dante se había convertido en lo que su jefe necesitaba: un ejecutor impecable, un estratega silencioso, un hombre que no dudaba porque las dudas eran lujos que podían costar vidas.
Su día empezaba en la oficina de Ferraro, antes de que el sol llegara a las ventanas.
—Dante —decía el viejo alfa, sin levantar la vista de los papeles—. Siéntate.
Dante se sentaba y escuchaba. A veces eran problemas con los proveedores, rutas de contrabando que alguien intentaba interceptar, un socio que había dejado de pagar lo que debía. Otras veces eran asuntos más delicados: una traición que olía en el ambiente, un golpe de estado que se cocinaba en las sombras, un nombre que había que eliminar del mapa.
Ferraro hablaba, Dante escuchaba, y luego, sin que mediaran muchas palabras, sabía lo que había que hacer. Era bueno en lo que hacía porque no sentía nada mientras lo hacía.
La violencia no le producía placer, tampoco remordimiento. Era una herramienta, como un martillo o un destornillador, algo que usabas cuando era necesario y guardabas cuando no.
Los interrogatorios eran su especialidad. No porque fuera cruel —no lo era, la crueldad es un exceso, y Dante no cometía excesos— sino porque sabía leer a las personas. Sabía dónde estaba la grieta, qué botón apretar, cuánto tiempo esperar antes de que la información empezara a fluir. La mayoría de la gente creía que el dolor era la mejor forma de obtener respuestas, Dante sabía que no; el dolor endurece, la paciencia ablanda. Cuando terminaba, los cuerpos desaparecían. Era parte del trabajo, nunca había sido un problema.
Hasta que una noche, Ferraro lo llamó a su despacho con una expresión que Dante no le había visto antes.
—Cierra la puerta —dijo.
Dante la cerró.
—Tengo un problema —continuó Ferraro, apoyando los codos sobre la mesa. Sus dedos entrelazados sostenían una barbilla que empezaba a mostrar los estragos de los años. Ferraro tenía sesenta y cinco, pero en las últimas semanas había envejecido una década—. Los Marchetti están moviéndose. No sé qué planean, pero he oído nombres, alianzas, traiciones.
—¿Quién? —preguntó Dante.
—No lo sé, por eso te necesito. Necesito que averigües quién está hablando con ellos, quién está preparando el golpe.
Dante asintió.
—Y Dante —dijo Ferraro antes de que saliera—. Ten cuidado, no confío en nadie más que en ti.
Esa noche, Dante se quedó despierto en su piso, mirando el techo, pensó en las palabras de Ferraro: “no confío en nadie más que en ti.” Era verdad, quince años construyendo una relación que no era de amistad ni de familia, pero que tampoco era solo la de un jefe y su empleado. Ferraro lo había rescatado de la calle, le había dado un nombre, un propósito, un lugar al que pertenecer. Dante le debía todo, y pagaría esa deuda con la única moneda que tenía: su vida.
Los días siguientes fueron de un trabajo silencioso y meticuloso.
Dante se movía en los círculos de la ciudad como un fantasma. Hablaba con la gente adecuada, escuchaba los rumores, seguía el rastro del dinero que no debería estar moviéndose. Los Marchetti eran una familia rival, más pequeña que la de Ferraro pero con ambiciones desmedidas, llevaban años intentando hacerse un hueco en el territorio del viejo alfa, y hasta ahora no lo habían conseguido. Pero algo había cambiado. Dante lo olió en el ambiente, en la forma en que algunos socios evitaban sus llamadas, en los silencios incómodos cuando mencionaba ciertos nombres.
La información llegó una noche, de boca de un contador que Dante encontró en un bar de las afueras. El hombre no quería hablar, Dante le explicó, con una paciencia que parecía infinita, que no hablar era peor que hablar.
—Hay una reunión —dijo el contador, con los dedos temblando sobre la mesa—, en tres días. Los Marchetti van a proponer un nuevo reparto de territorios, dicen que tienen a alguien dentro, alguien que les va a dar la información que necesitan para que Ferraro caiga.
—¿Quién?
—No sé, nadie lo sabe. Solo sé que es alguien de confianza, alguien que lleva años con Ferraro.
Dante sintió algo frío en el pecho. No era miedo, era la certeza de que el mundo en el que había vivido quince años estaba a punto de romperse.
Salió del bar sin mirar atrás. El contador no hablaría con nadie más, se encargó de eso. Tres días, tenía tres días para descubrir quién estaba vendiendo a su jefe.
Y entonces, todo se precipitó.
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓
pasión y estrategia, se lo dejo a ahí autora, para título de próxima obra 🤪🤪🤪🤪