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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El Vuelo de la Mariposa de Oro

La habitación ducal se había convertido en una jaula de oro. Isolde caminaba de un lado a otro, el roce de su vestido de seda verde esmeralda contra el suelo de piedra era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la torre. El verde resaltaba la blancura de su piel y hacía que sus ojos azules parecieran gemas ardientes.

Alaric la había encerrado. La había tratado como a una mascota desobediente. Pero él no sabía que Isolde, a pesar de su apariencia frágil y su estatura pequeña, tenía el corazón de una leona y conocía los secretos de Aethelgard mejor que él.

—No voy a quedarme aquí esperando a que me digas cuándo puedo respirar, Alaric —susurró para sí misma.

Se acercó a la gran chimenea. Sabía que en los castillos antiguos como este, las chimeneas de las torres principales escondían pasajes para que los sirvientes pudieran limpiar las cenizas sin ser vistos, o para que los señores escaparan en caso de asedio. Con sus manos pequeñas, empezó a palpar las piedras frías detrás del fuego que ya se estaba extinguiendo.

De repente, una piedra cedió. Con un crujido metálico, una pequeña puerta de madera y hierro se entreabrió.

Isolde no lo dudó. Se recogió las faldas del vestido esmeralda, atándoselas a los muslos con una cinta de seda para poder moverse mejor, y se deslizó por el estrecho túnel. El lugar estaba oscuro y olía a polvo de siglos, pero ella avanzó, guiándose con las manos.

Después de lo que parecieron horas, salió a un balcón oculto que daba al patio trasero de los establos. El aire nocturno le refrescó la cara. Desde allí, vio algo que le detuvo el corazón.

Bajo la luz de una sola antorcha, la figura masiva de Alaric se recortaba contra la piedra. Estaba solo. Ya no llevaba su jubón de cuero; vestía una túnica sencilla que dejaba ver la inmensidad de sus hombros y sus brazos poderosos. Su rostro de malo estaba iluminado por el fuego, pero no había rastro de la crueldad de la mañana.

Frente a él, un grupo de niños huérfanos y mujeres harapientas del pueblo lo rodeaban. Alaric, el hombre que todos llamaban "El Carnicero", estaba repartiendo bolsas de monedas y hogazas de pan con una calma que Isolde jamás hubiera imaginado.

—Tengan cuidado al volver —dijo Alaric, su voz profunda resonando en el patio— . Si la guardia real los ve, digan que lo robaron. No mencionen mi nombre.

Isolde se quedó paralizada. Su esposo, el asesino, el mujeriego, estaba arriesgando su posición para alimentar a los pobres en secreto. Un calor extraño le recorrió el pecho. Pero el suspenso no tardó en regresar.

Una rama crujió detrás de ella. Isolde se giró rápidamente, pero no fue lo suficientemente rápida.

Una mano gigante y caliente se cerró alrededor de su boca, ahogando su grito. El brazo de un hombre, duro como el acero y cubierto de vello oscuro, la rodeó por la cintura, levantándola del suelo como si fuera una pluma.

—Te dije que no salieras —susurró una voz ronca y peligrosa en su oído.

Era Alaric. No sabía cómo, pero la había detectado.

La giró con brusquedad para que ella quedara frente a él. La diferencia de altura era ridícula; Isolde apenas le llegaba al pecho. Alaric la sujetaba por los hombros con una fuerza que la hacía sentir pequeña, diminuta ante su metro noventa y cinco de masculinidad pura.

—¿Qué haces aquí, Isolde? —le siseó él, su cara de malo a milímetros de la de ella. Sus ojos café ardían con una mezcla de furia y algo que se parecía mucho al hambre—. ¿Acaso quieres que te castigue de verdad?

Isolde, atrapada contra la pared del balcón y el cuerpo masivo de su esposo, respiró el olor a pino, acero y el calor que emanaba de su piel. El miedo se mezcló con una excitación prohibida.

—Te vi —susurró ella, desafiante, aunque su corazón latía tan fuerte que Alaric podía sentirlo contra su propio pecho—. Vi lo que hacías. No eres el monstruo que todos dicen.

Alaric se tensó. Su agarre en los hombros de ella se volvió más firme, sus dedos hundiéndose en la seda verde de su vestido. La miró con una intensidad que hizo que a Isolde se le aflojaran las piernas.

—No sabes nada de mí —dijo él con voz ronca—. Y si vuelves a desobedecerme, si vuelves a poner en riesgo este secreto...

Se acercó aún más, obligándola a arquear la espalda. Su cuerpo grande y definido aplastó la fragilidad de Isolde contra la piedra fría. Sus manos bajaron de sus hombros a su cintura pequeña, apretándola con una brutalidad que le robó el aliento.

—Te demostraré por qué me llaman El Carnicero en la intimidad de nuestra cama, y te aseguro, niña, que no será con cuentos de hadas.

Isolde tragó saliva. Sus ojos azules se clavaron en los café de él.

—Pruébame —le retó ella, su voz temblorosa pero cargada de deseo—. Demuéstrame que eres el hombre que dices ser.

Alaric soltó un gruñido bajo, un sonido puramente animal. Su mano subió por el cuello de ella, agarrándola del cabello rubio y tirando suavemente hacia atrás para exponer su garganta blanca. Por un segundo, Isolde pensó que la besaría con la misma violencia con la que la sujetaba.

Pero Alaric se detuvo. Sus ojos bajaron a los labios de ella, y luego a su pecho que subía y bajaba con agitación. Su mandíbula se tensó tanto que parecía que iba a romperse.

—Aún no —dijo él, su voz era un hilo de fuego—. Eres demasiado joven, demasiado pura para el infierno que llevo dentro. Pero no me provoques más, Isolde. Mi paciencia tiene un límite, y tú lo estás cruzando cada noche.

La soltó tan de repente que ella tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Alaric se dio la vuelta, ocultando la expresión de tormento en su rostro, y caminó hacia las sombras, dejándola sola con el frío de la noche y el calor que quemaba su piel donde él la había tocado.

La escena del Balcón Secreto

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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