Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 19
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba suavemente por las ventanas de la mansión cuando Hanako bajó las escaleras con su traje impecable y su maletín en mano. Maya ya estaba en el recibidor, repasando la lista de tareas del día.
—Tengo que irme a trabajar —dijo Hanako, ajustándose los puños de la camisa—. Pero voy a volver pronto, cariño. No hagas tantas travesuras.
Nanami, acurrucada en el sofá con una manta y cara de pocos amigos, resopló.
—¿Desde cuándo hago travesuras? Soy un ángel.
—Desde siempre —respondió él con una sonrisa—. Maya, llámame si ella se mete en problemas. Debo ir a la empresa de mi padre.
—Sí, señor —respondió Maya con una reverencia.
Hanako se acercó a Nanami y le dio un beso en la frente.
—Pórtate bien. O mal. Pero si te portas mal, que sea divertido.
Y salió antes de que Nanami pudiera lanzarle el cojín.
El silencio se instaló por un momento, roto solo por el tictac del reloj.
—No quiero ir al karate —declaró Nanami, enterrándose más en la manta.
Maya se acercó con determinación.
—Debe ir, señorita. Y debe ser fuerte y valiente. Debe afrontar sus sentimientos. Solo así quizás dejen de doler.
Nanami la miró, sorprendida por la profundidad de sus palabras.
—¿Desde cuándo das consejos de vida?
—Desde que la veo sufrir por no enfrentar las cosas —respondió Maya con ternura—. Vamos, señorita. Levántese. Una ducha caliente y al dojo.
Nanami lo pensó. Y Maya tenía razón. No tenía por qué esconderse. No había hecho nada malo.
Todavía.
Llegó al dojo con el corazón latiendo más rápido de lo normal. Pero al entrar, se encontró con un silencio inusual. No había alumnos. Solo Kai, guardando unas cosas.
—Hola —dijo él al verla.
Nanami parpadeó.
—Hola... ¿Dónde están todos?
Kai se enderezó y la miró.
—Hoy es jueves. Voy a visitar a mi abuela.
El estómago de Nanami dio un vuelco. Los jueves. Claro. Ella lo sabía. Él le había dicho. ¿Cómo pudo olvidarlo?
—Ay, lo siento —se disculpó rápidamente, sintiendo el calor en las mejillas—. Se me olvidó por completo que los jueves ibas a ver a tu abuelita. Qué tonta soy.
Kai negó con la cabeza.
—No pasa nada. Fue un malentendido.
—En serio, lo siento —insistió ella, incómoda—. No quise interrumpir tus planes. Mejor me voy.
Se dio la vuelta para irse, sintiendo el peso de la vergüenza en el pecho.
Pero antes de dar el primer paso, sintió una mano en su muñeca.
—Puedes venir conmigo, si quieres —dijo Kai.
Nanami se giró lentamente, buscando en sus ojos alguna señal de burla. Pero solo encontró sinceridad.
Suspiró.
—¿Estás seguro? No quiero ser inoportuna.
Kai arqueó una ceja. Esa frase, viniendo de ella, era tan inesperada que supo de inmediato que algo había cambiado. La Nanami que conocía adoraba ser inoportuna. Adoraba molestarlo. Adoraba meterse donde no la llamaban.
Pero esta Nanami... esta Nanami tenía los ojos tristes y el corazón cauteloso.
Y a Kai, eso le dolió más de lo que esperaba.
—Ella te adora —dijo con voz suave—. Siempre pregunta por ti. Se pondrá feliz si te ve.
Nanami lo miró unos segundos más, buscando la trampa que no existía.
Finalmente, asintió.
—Está bien. Voy.
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Rita estaba en la entrada del dojo, barriendo con movimientos pausados mientras fingía concentrarse en su tarea. Pero sus orejas funcionaban a todo vapor, captando cada palabra de la conversación.
Cuando vio que Nanami aceptaba ir, apretó la escoba con fuerza.
—¡Yo también quiero ir! —exclamó, apareciendo de la nada.
Kai y Nanami se giraron hacia ella.
—¿Rita? —Kai frunció el ceño—. ¿A qué te refieres?
—Extraño a la abuela —dijo Rita con una sonrisa forzada—. Hace tiempo que no la veo. Me encantaría acompañarlos.
Kai negó con la cabeza.
—No, no creo que sea prudente.
Rita apretó los puños, ocultando su frustración tras una sonrisa.
—¿Por qué no? Yo también la quiero.
—A mí no me molesta —intervino Nanami, encogiéndose de hombros con indiferencia.
Rita sonrió, triunfante. Se acercó a Nanami con una expresión que pretendía ser dulce.
—Es que desde hace mucho tiempo somos como familia, ¿sabes? La abuela me quiere mucho. Casi como a una nieta.
La indirecta era clara. Un mensaje envuelto en palabras amables: tú eres la nueva aquí, yo tengo historia con ellos.
Pero Nanami, acostumbrada a lidiar con modelos falsas y entrevistas trampa en el mundo del espectáculo, conocía bien ese juego.
—Qué bonito —respondió con una sonrisa tan perfecta que parecía de porcelana—. Seguro le encantará verte.
Y sin darle más importancia, se giró hacia Kai.
—¿Vamos? No quisiera hacer esperar a tu abuela.
Rita se quedó con la sonrisa congelada, los puños apretados y el veneno corriéndole por las venas.
No había logrado incomodarla. Peor aún: Nanami la había ignorado olímpicamente.
Y eso dolía más que cualquier enfrentamiento.
Kai observó la escena sin decir palabra, pero una pequeña sonrisa se escapó en sus labios.
Nanami era muchas cosas: terca, impulsiva, berrinchuda. Pero tonta no era.
Y eso, de alguna forma, le parecía increíblemente atractivo.
—Vamos —dijo, extendiéndole la mano.
Ella la tomó.
Y Rita, desde atrás, los vio alejarse con el corazón ardiendo en llamas.