A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 13: La Obsesión
Victoria Sinclair entró al edificio de Harrington Industries como si fuera la dueña del lugar. Tacones Jimmy Choo resonando contra el piso de mármol, vestido Chanel que costaba más que un auto nuevo, y una sonrisa perfectamente practicada en sus labios pintados de rojo.
Había sido la novia de Julian Harrington hace cinco años. Una relación conveniente que sus familias habían alentado, que la alta sociedad había aplaudido, y que terminó cuando ella se dio cuenta de que Julian nunca la amaría.
Pero eso estaba a punto de cambiar.
La madre de Julian, Eleanor Harrington, la había contactado hace apenas dos semanas. "Ha llegado el momento de que Julian siente cabeza," le había dicho durante el almuerzo en el club privado más exclusivo de la ciudad. "Y tú eres la única mujer apropiada para él."
Victoria había aceptado el desafío inmediatamente. Porque Julian Harrington era el hombre más poderoso del país, y ella sería perfecta como su esposa. Hermosa, educada, de buena familia, con las conexiones correctas.
Y además, seguía enamorada de él.
Subió directamente al piso cincuenta, donde estaba la oficina principal de Julian. Cuando llegó a la recepción externa, se encontró con Ana Martínez, una de las asistentes de Julian.
—Buenos días, señorita Sinclair —dijo Ana con una sonrisa profesional—. ¿Tiene cita con el señor Harrington?
Victoria la miró con superioridad apenas disimulada.
—No necesito cita, Ana. Julian y yo tenemos historia.
—Lo entiendo, pero el señor Harrington dejó instrucciones muy claras de que no aceptaría visitas sin cita previa.
—Estoy segura de que hará una excepción conmigo —dijo Victoria, dirigiéndose directamente hacia la puerta de la oficina de Julian.
—Señorita Sinclair, en serio, el señor Harrington no está...
Victoria abrió la puerta sin tocar. La oficina estaba vacía, como Ana había intentado decirle. El escritorio de Julian estaba impecable, con solo su computadora y algunos documentos perfectamente organizados.
—¿Dónde está? —preguntó Victoria, girándose hacia Ana.
—En una reunión fuera de la oficina. Como intenté decirle.
—Entonces esperaré —dijo Victoria, entrando completamente y sentándose en una de las sillas de cuero frente al escritorio de Julian—. Puedes informarle cuando regrese que estoy aquí.
Ana apretó los labios, claramente exasperada.
—Señorita Sinclair, no sé cuánto tiempo estará fuera. Podría ser horas.
—No importa. Tengo todo el día.
Ana suspiró, resignada.
—Está bien. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Café? ¿Agua?
—Un espresso, por favor. Solo.
Cuando Ana salió, Victoria se permitió relajarse ligeramente. Miró alrededor de la oficina que había visitado tantas veces cuando ella y Julian salían. Nada había cambiado realmente. Todavía era ese espacio minimalista, elegante, que reflejaba perfectamente a Julian.
Se puso de pie y caminó hacia los ventanales del piso al techo que mostraban la ciudad a sus pies. Este debería ser su mundo. Esta oficina, este poder, este hombre.
Y lo sería.
Solo necesitaba recordarle a Julian lo que habían tenido. Lo que podrían tener de nuevo.
Al otro lado de la ciudad, Raquel Sanromán intentaba mantener la compostura mientras Ricardo Mendez, un potencial cliente importante, se inclinaba demasiado cerca de ella en la mesa del restaurante.
—Entonces, señora Vivez —dijo Mendez, un hombre de unos cincuenta años con demasiado gel en el cabello y un Rolex demasiado grande en la muñeca—, ¿qué me ofrece exactamente?
Raquel deslizó el contrato a través de la mesa, manteniendo su expresión profesional aunque podía sentir la mirada del hombre recorriendo su cuerpo de manera inapropiada.
—Como puede ver en el documento, nuestra empresa puede ofrecerle una reducción del treinta por ciento en costos de distribución si firma un contrato de exclusividad por dos años.
—Interesante —dijo Mendez, ni siquiera mirando el contrato—. Pero estoy más interesado en otra propuesta.
—¿Qué tipo de propuesta? —preguntó Raquel, aunque algo en su tono le advirtió que no le gustaría la respuesta.
—Una cena privada. Usted y yo. Sin negocios de por medio.
Raquel sintió cómo el estómago se le revolvía.
—Señor Mendez, esto es estrictamente profesional.
—Todo es negociable, señora Vivez —dijo él, y su mano se deslizó sobre la mesa para cubrir la de ella—. Usted es una mujer hermosa que claramente necesita este contrato. Y yo soy un hombre que aprecia la belleza. Podemos ayudarnos mutuamente.
Raquel retiró su mano bruscamente.
—No estoy interesada en ese tipo de ayuda.
—¿Está segura? —Mendez se reclinó en su silla con una sonrisa arrogante—. Porque escuché que su situación financiera no es la mejor. Y este contrato valdría... ¿cuánto? ¿Medio millón en el primer año?
—Mi situación financiera no es de su incumbencia —dijo Raquel, sintiendo cómo la rabia comenzaba a reemplazar al nerviosismo.
—Todo es de mi incumbencia cuando estoy considerando hacer negocios —respondió Mendez, y su tono se volvió más duro—. Así que aquí está mi oferta final: una cena privada esta noche, y mañana firmo el contrato. O puede irse ahora mismo sin nada.
Raquel tomó su bolso y se puso de pie, su dignidad valiendo más que cualquier contrato.
—Entonces me voy sin nada. Buenos días, señor Mendez.
—Espere —Mendez se puso de pie también, bloqueándole el paso—. No sea tonta. Es solo una cena.
—Muévase —dijo Raquel con voz firme.
En lugar de moverse, Mendez puso su mano en el brazo de Raquel, apretándolo con fuerza.
—Está cometiendo un error...
Raquel intentó sacudirse, liberarse, pero Mendez apretó más fuerte, acercándola hacia él.
—Suélteme ahora —exigió Raquel, sintiendo el pánico trepar por su garganta.
—Solo escúcheme un momento...
—¡Que la sueltes!
La voz retumbó a través del restaurante como un trueno.
Raquel giró la cabeza y vio a Julian Harrington cruzando el comedor con una expresión que nunca le había visto antes. Furia pura, primitiva, descontrolada. Sus ojos estaban oscuros como una tormenta, su mandíbula tensa, sus manos cerradas en puños que temblaban de rabia contenida.
Mendez soltó a Raquel inmediatamente, pero no fue suficientemente rápido.
Julian lo empujó con tanta fuerza que Mendez chocó contra la mesa, haciendo que los platos y las copas se estrellaran contra el suelo en una explosión de porcelana y cristal.
El restaurante entero se quedó en silencio. Todos los comensales giraron sus cabezas hacia la escena.
—Julian... —comenzó Raquel, pero él no la miró.
Sus ojos estaban fijos en Mendez, quien intentaba recuperar el equilibrio mientras miraba a Julian con una mezcla de shock y reconocimiento.
—Señor Harrington... yo no sabía...
—¿No sabías qué? —la voz de Julian era peligrosamente calmada, lo cual era aún más aterrador que si hubiera gritado—. ¿No sabías que estabas tocando a alguien sin su permiso? ¿O no sabías quién era ella?
Un hombre alto apareció detrás de Julian, el mismo que había estado con él en la fiesta de máscaras, poniendo una mano en su hombro.
—Julian, calma. Todos nos están mirando.
Pero Julian se sacudió la mano, dando un paso amenazante hacia Mendez.
—Respóndeme —gruñó—. ¿Qué parte no sabías?
Y Raquel supo, en ese momento, observando la posesividad feroz en los ojos de Julian, la forma en que su cuerpo entero vibraba con rabia apenas contenida, que esto estaba a punto de explotar de una manera que ninguno de ellos podría controlar.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏