Hace siete años, una noche de tormenta cambió su destino.
Isabella Rossi es una mujer brillante con múltiples identidades ocultas. Genio en tecnología, medicina y negocios, vive en las sombras protegiendo a sus dos gemelos prodigio… y ocultando un secreto que podría destruir su mundo.
Nunca creyó en el amor.
Nunca necesitó a un hombre.
Y mucho menos a un CEO arrogante.
Pero cuando Alexander De Luca —el empresario más poderoso y temido de la ciudad— reaparece en su vida, su pasado vuelve para reclamarla.
Él no sabe que es padre.
Ella no sabe si puede confiar.
Y los gemelos… ya empiezan a sospechar la verdad.
Entre secretos, traiciones, enemigos ocultos y una pasión imposible de ignorar, dos genios deberán decidir:
¿Proteger su corazón…
o rendirse al amor?
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Capítulo 11 — La noche en que cruzaron la línea
La mansión De Luca nunca dormía.
Pero esa noche…
Estaba demasiado silenciosa.
Isabella lo sintió incluso antes de abrir los ojos.
No fue un ruido.
No fue una alarma.
Fue ese sexto sentido que había mantenido a Nyx con vida durante años.
Algo no estaba bien.
Sus ojos verdes se abrieron en la oscuridad de la habitación de invitados. Durante un segundo permaneció inmóvil, escuchando.
Silencio.
Pero no el silencio natural de una casa segura.
Era un silencio… contenido.
Forzado.
Como si alguien estuviera intentando no ser detectado.
Isabella se incorporó lentamente en la cama.
Miró el reloj digital sobre la mesa.
2:43 AM.
La hora favorita de los depredadores.
Su pulso permanecía estable, pero su mente ya corría.
Se levantó sin hacer ruido y caminó hacia la puerta que conectaba con la habitación contigua donde dormían Ethan y Elena.
La abrió apenas.
Ambos estaban despiertos.
Por supuesto que lo estaban.
Ethan estaba sentado en la cama con la tablet encendida en modo oscuro.
Elena abrazaba su peluche, pero sus ojos verdes estaban muy abiertos.
—Lo sentiste —susurró Ethan.
No era pregunta.
Isabella asintió una vez.
—¿Qué detectaste?
El niño giró la pantalla hacia ella.
Mapa interno de la mansión.
Un punto parpadeaba en el perímetro exterior.
—Movimiento no autorizado hace treinta y siete segundos —dijo en voz baja—. El sistema lo marcó como interferencia ambiental… pero no lo es.
Los ojos de Isabella se endurecieron.
Helix.
Habían venido.
Más rápido de lo que esperaba.
—¿Cuántos? —preguntó ella.
—Aún no confirmado —respondió Ethan—, pero hay supresión parcial de señal en el ala norte.
Profesionales.
Muy profesionales.
Elena susurró:
—Mamá… ¿es gente mala otra vez?
Isabella se agachó frente a ella y suavizó la voz.
—Sí, cariño. Pero estamos en el lugar más seguro ahora mismo.
Y por primera vez…
No estaba completamente segura de que fuera cierto.
En otra parte de la mansión…
Alexander ya estaba despierto.
Había recibido la alerta silenciosa del perímetro.
Su expresión no mostró sorpresa.
Solo una frialdad peligrosa.
—Equipo Alfa —habló por el comunicador—. Intrusos confirmados. Protocolo sombra.
Las respuestas llegaron de inmediato.
Profesionales.
Rápidos.
Pero Alexander ya se estaba moviendo.
Porque algo en su instinto le decía que esta noche…
No era un intento cualquiera.
De regreso en la habitación…
Isabella se puso de pie con decisión.
—Ethan, activa canal privado.
—Hecho.
—Elena, quédate detrás de mí pase lo que pase.
La niña asintió con valentía sorprendente.
Entonces…
Las luces parpadearon.
Una vez.
Dos.
Y se apagaron por completo.
El corazón de Isabella dio un golpe seco.
—Intentan cegar el sistema —murmuró Ethan.
Pero Isabella ya se movía.
Tomó su arma eléctrica.
Su postura cambió.
La madre protectora desapareció.
Nyx estaba completamente despierta.
En ese momento…
Pasos.
Lejanos.
Pero acercándose.
Isabella abrió la puerta de la habitación con extremo cuidado.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado apenas por las luces de emergencia.
Y entonces lo vio.
Una sombra moviéndose al final del corredor.
No era el equipo de Alexander.
Su forma de moverse lo delataba.
Intruso.
Error fatal.
Isabella avanzó sin hacer ruido, dejando a los niños en la zona segura detrás de ella.
El intruso giró justo a tiempo para verla—
Demasiado tarde.
Isabella atacó primero.
Movimiento rápido.
Preciso.
Golpe al nervio radial.
El hombre gruñó.
Intentó responder.
Profesional.
Pero ella era más rápida.
La descarga eléctrica lo atravesó.
El cuerpo cayó pesadamente contra el suelo.
Pero antes de que Isabella pudiera asegurar la zona—
Otro sonido.
A la izquierda.
Más pasos.
No era uno.
Eran varios.
Su mirada se volvió hielo puro.
—Helix… —susurró.
Habían traído equipo completo.
En el ala principal…
Alexander avanzaba con calma letal.
Su equipo ya había neutralizado a dos intrusos en el perímetro, pero algo no cuadraba.
Demasiadas rutas de entrada.
Demasiada coordinación.
—Señor —sonó por el comunicador—. Detectamos intento de acceso al segundo piso.
Los ojos azules de Alexander se oscurecieron peligrosamente.
Segundo piso.
Donde estaban ellos.
Su paso se aceleró.
Por primera vez en años…
Alexander De Luca se movía con urgencia real.
En el pasillo…
Isabella retrocedía estratégicamente hacia la habitación segura.
Ethan ya estaba hackeando desde la tablet.
—Interfirieron tres cámaras internas —informó—. Están usando bucle visual.
Profesionales de alto nivel.
—¿Rutas de escape? —preguntó Isabella.
—Dos comprometidas. Una viable.
Elena susurró:
—Mamá… vienen.
Y entonces—
Las sombras aparecieron al final del corredor.
Tres hombres.
Equipamiento táctico.
Silenciosos.
Mortales.
Uno de ellos habló por el comunicador:
—Objetivos visuales confirmados.
Error.
Grave error.
Porque en ese instante…
Alexander apareció desde el otro extremo del pasillo.
Su presencia fue como una caída de temperatura.
—Se equivocaron de casa —dijo con voz baja y peligrosa.
Los intrusos reaccionaron.
Demasiado tarde.
El equipo de Alexander irrumpió desde las escaleras laterales.
Movimiento coordinado.
Preciso.
Violento.
La pelea duró menos de veinte segundos.
Cuando el último intruso cayó, el silencio volvió.
Pero ya no era el mismo.
Era más pesado.
Más oscuro.
Alexander giró lentamente hacia Isabella.
Y por un segundo…
Ambos se quedaron mirándose.
Respiración agitada.
Adrenalina alta.
Demasiada proximidad.
Demasiada electricidad en el aire.
—¿Está herida? —preguntó él.
—No.
—¿Los niños?
—Bien.
Silencio.
Pero algo había cambiado.
Porque esta vez…
Habían peleado del mismo lado.
Y esa línea…
Era peligrosa de cruzar.
Muy lejos de la ciudad…
El jet privado comenzaba su descenso.
La mujer de ojos verdes miraba por la ventana con expresión seria.
—Llegamos antes de lo previsto.
El hombre mayor a su lado asintió.
—Nuestra hija está entrando en zona crítica.
La mujer cerró suavemente los ojos.
Y cuando los abrió…
Había algo feroz en ellos.
—Entonces ya no esperaremos más.
De vuelta en la mansión…
Alexander observaba el pasillo asegurado.
Pero su atención seguía regresando a Isabella.
A su forma de moverse.
A su precisión.
A su frialdad bajo presión.
Demasiadas piezas empezaban a encajar.
Demasiadas.
Sus ojos azules se afilaron ligeramente.
—Señora Rossi…
Ella lo miró.
—¿Sí?
Una pausa.
Peligrosa.
Calculada.
—Definitivamente usted…
Su mirada se volvió penetrante.
Como si estuviera a punto de ver demasiado.
—No es quien dice ser.
El corazón de Isabella dio un golpe fuerte.
Pero su rostro…
No mostró absolutamente nada.
y más