Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Ese te
Esa noche, cuando Daniel abrió la puerta de su habitación, se detuvo en seco.
Las cosas de Emma estaban allí.
Su baúl pequeño junto al armario. Su perfume delicado sobre el tocador. El peine de marfil que había usado esa mañana descansando junto al espejo. No era un descuido; era una declaración silenciosa.
Antes de que pudiera procesarlo del todo, escuchó el sonido del agua en el baño. El suave eco de pasos descalzos sobre el mármol.
Minutos después, la puerta se abrió.
Emma salió envuelta únicamente en una bata ligera, el cabello húmedo cayendo en ondas sobre sus hombros. El vapor aún la seguía, dándole un aire casi etéreo.
Al verlo, sonrió con naturalidad y se acercó sin titubeos. Se puso de puntillas y le dio un beso suave en la mejilla.
Daniel se tensó apenas, esperando.. quizá recordando la intensidad de la noche anterior.. que ella continuara.
Pero no lo hizo.
Emma se apartó con tranquilidad y caminó hacia el tocador. Se sentó, tomó el cepillo y comenzó a deslizarlo lentamente por su cabello, como si aquella escena fuese lo más cotidiano del mundo.
Daniel la observaba en silencio.
Fue entonces cuando ella dejó el cepillo sobre la mesa y, aún sentada, se giró para mirarlo.
—Esposo… tengo algunas preguntas que hacerte.
Daniel asintió con cautela.
Emma lo estudió un momento antes de hablar.
—¿Quieres tener hijos?
La pregunta cayó directa, sin rodeos.
Daniel la miró sorprendido. No era lo que esperaba escuchar esa noche.
Ella continuó, como si explicara algo práctico..
—No he bebido ningún té para evitar embarazos. Por eso lo pregunto.
Daniel guardó silencio un segundo. Luego se acercó al escritorio, tomó una pequeña libreta y escribió con letra firme..
“Como tú quieras.”
Emma frunció ligeramente el ceño.
—Los hijos son de a dos.. No es solo lo que yo quiera.
Daniel volvió a escribir.
“Es tu cuerpo.”
Emma lo miró fijamente.
Había algo noble en esa respuesta… pero también algo distante. Como si él estuviera dispuesto a aceptar cualquier decisión sin involucrarse realmente.
Eso la molestó.
Se cruzó de brazos, aún envuelta en la bata.
—Quiero diez hijos..
[Solo para probarte.]
Pensó que lo asustaría. Que vería pánico en sus ojos. Que al menos titubearía.
Pero Daniel la miró… y asintió.
Sin dramatismo.
Sin duda.
Emma parpadeó.
Luego soltó una risa nerviosa.
—Estoy bromeando.. Diez es una locura.
Se levantó del tocador y caminó unos pasos por la habitación.
—Creo que pediré el té.. Que los hijos lleguen cuando nos conozcamos mejor.
Daniel no respondió con palabras, pero su expresión se suavizó. No parecía decepcionado ni aliviado. Solo atento.
Emma se acercó un poco más.
—No quiero que seamos solo dos personas compartiendo una cama.. Quiero que, cuando tengamos hijos… sepamos por qué los queremos.
Hubo un silencio distinto entonces. No tenso. No incómodo.
Más honesto.
Daniel cerró la libreta y la dejó sobre la mesa.
Emma sostuvo su mirada un momento más, intentando descifrarlo. Él seguía siendo reservado, difícil de leer… pero esa noche no había evasión en sus ojos.
Apenas terminó la conversación con Daniel, llamó a una doncella y le dio la orden con voz tranquila pero decidida..
—Ve y pide el té que se utiliza para evitar embarazos.
La joven hizo una reverencia y salió con rapidez. Sin embargo, antes de que pudiera abandonar la mansión, fue interceptada por el abuelo Devlin en el corredor principal.
El anciano, que rara vez pasaba algo por alto dentro de su casa, la detuvo con un gesto.
—¿A dónde vas con tanta prisa?
La doncella dudó apenas un segundo. Pero la autoridad del abuelo era incuestionable.
—Mi lord… la condesa pidió un té para evitar concebir.
El silencio que siguió fue breve… y peligroso.
El abuelo frunció el ceño.
—Los jóvenes de ahora no saben nada.. Temen lo que debería alegrarlos.
Luego hizo un gesto firme con la mano.
—No traerás ese té. Llevarás uno energizante. Y asegúrate de que cualquier brebaje abortivo desaparezca de esta mansión. No quiero tonterías bajo mi techo.
La doncella tragó saliva.
—Sí, mi lord.
Mientras la joven se apresuraba a cumplir la nueva orden, el abuelo Devlin caminó lentamente hacia el jardín interior, con una leve sonrisa en los labios.
[Bisnietos.. Muchos bisnietos.]
Una hora más tarde, Emma recibió el té en su habitación. La taza humeaba suavemente sobre la bandeja de plata. Daniel estaba sentado cerca de la ventana cuando ella tomó la porcelana entre sus manos.
Lo olió primero.
Luego dio un sorbo.
Se detuvo.
—Pensé que sería más amargo.. En realidad… tiene buen sabor.
Daniel la observó sin sospechar nada y asintió en silencio.
Emma terminó la taza con tranquilidad, convencida de que había tomado la decisión correcta.
Esa noche, cuando la habitación quedó en penumbra y solo la luz tenue de la lámpara iluminaba los contornos del mobiliario, el ambiente se sintió distinto.
No había la tensión abrupta de la noche anterior. Tampoco la urgencia provocadora. Pero sí había algo claro.. ambos querían volver a cruzar esa línea.
No sabían exactamente cómo empezar.
Emma estaba sentada al borde de la cama. Daniel de pie, quitándose lentamente la chaqueta. Sus miradas se cruzaban y se apartaban casi al mismo tiempo.
Fue un roce accidental lo que rompió la distancia. Los dedos de Emma tocaron la muñeca de Daniel cuando él pasó cerca.
Ninguno se apartó.
El roce se transformó en una caricia más consciente. Daniel tomó su mano. Emma alzó la vista.
Esta vez no hubo desafío en su sonrisa.
Solo deseo compartido.
Se acercaron despacio. Un beso suave, exploratorio. Luego otro más profundo. Las manos dejaron de ser tímidas, recorriendo con mayor confianza aquello que la noche anterior habían descubierto con intensidad.
No había palabras grandilocuentes.
Solo respiraciones mezclándose.
Y cuando finalmente se dejaron caer sobre la cama, ya no había dudas ni vacilaciones. Era una decisión mutua. Un impulso que ambos aceptaban sin reservas.
La pasión volvió a envolverlos, menos abrupta que la primera vez, pero igual de intensa. No era dulzura romántica.. era la elección consciente de ceder al deseo que latía entre ellos.
Bajo las sábanas, volvieron a encontrarse.
Y esta vez, aunque aún no lo sabían, el destino ya había comenzado a moverse silenciosamente en otra dirección.
Maravilloso Daniel sigue asi👏