Séptimo libro de la Dinastía Lobo.
Alessandro juró no enamorarse jamás. Arabella juró vengarse al precio que sea. Pero cuando sus caminos se cruzan, el odio y el deseo se vuelven imposibles de distinguir. Ella fue entrenada para seducirlo y destruirlo; él, para no caer en las trampas del corazón. Sin embargo, un roce, una mirada y un secreto bastan para encender una pasión tan peligrosa como inevitable. Entre mentiras, fuego y traiciones, Alessandro y Arabella descubrirán que algunos destinos no pueden evitarse... y que hay amores que se sienten como una herida abierta imposible de cerrar.
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No me gusta la miel.
Alessandro Lobo 🔥
La isla huele a sal, a limoneros y a dinero.
Un domingo cualquiera para cualquier familia.
Un domingo blindado para la nuestra.
El sol cae lento sobre el mar italiano, tiñendo el agua de dorado, mientras los empleados se mueven en silencio, atentos a cada gesto, a cada copa vacía. La seguridad rodea la villa como una segunda piel: hombres armados, miradas frías, comunicación constante por auriculares invisibles. Nadie entra aquí sin permiso. Nadie sale sin ser visto.
Y aun así, aquí estamos… riendo.
Mis padres ocupan las tumbonas centrales. Maximiliano Lobo, sesenta y seis años, leyenda viva, antiguo líder de la mafia italiana, temido incluso ahora que ha cedido el poder a su hijo mayor. A su lado, mi bella madre, cincuenta y seis años, pelirroja, hermosa, elegante… y todavía completamente enamorada de él.
Demasiado enamorada, si me lo preguntan. Tanto que a veces me empalagan.
—Max —dice ella, riendo cuando mi padre le besa el cuello—, deja eso, los chicos nos están mirando.
—Que miren —responde él, sin soltarla—. Eres mi esposa.
Siempre igual. Como si el mundo no hubiera cambiado en casi 37 años años.
A unos metros, mi hermano Emiliano escucha y admira la escena con una sonrisa resignada. Pelirrojo como mamá, serio como papá cuando el asunto es trabajo, pero completamente derretido cuando se trata de su esposa Abigail. Ella le acomoda la camisa, él le besa la mano. Sus hijos corren alrededor.
—¡Tío Alessandro! —grita Alessio, uno de los mellizos, lanzándose sobre mí.
—¡Tío! ¡Mírame! —exclama la preciosa Ariel, imitándolo.
Los atrapo a los dos antes de que se maten entre ellos y los levanto en el aire.
—Despacio, lobitos —les digo—. Uno a la vez o los lanzo al mar.
Se ríen, confiados. Demasiado confiados para ser hijos de quien son.
La pequeña Elena, camina hacia mí con los brazos abiertos.
— Tío Lesaaandro…
Me agacho y la cargo con cuidado.
—¿Y tú? ¿También vienes a atacarme?
Ella me besa la mejilla, dejandomela llena de baba y caramelo.
Joder… soy capaz de matar por todos estos niños.
—Te adoran —dice Abigail, mirándome—. Para ellos eres un héroe.
—Eso es porque todavía no les grito —respondo—. Dame tiempo.
Las risas se mezclan con el sonido del mar.
Más allá está Jazmín, mi hermana, nuestra pulga, la princesa de la mafia italiana y la reina de la mafia rusa, sentada junto a su esposo, Damir Novikov. Él imponente, silencioso. Boss de la mafia rusa. Uno de los hombres más peligrosos que he conocido… y, aun así, ahora mismo le está acomodando un mechón de cabello a Jazmín con una delicadeza que nadie creería.
Ella, pelinegra como papá y de ojos dorados como los de mamá, sonríe mientras acaricia su vientre.
Cinco meses de embarazo. Joder, parecen conejos. No se cansan de procrear.
A sus pies juega Chiara Veronika, su hija de seis años, con un balde lleno de conchas.
—Ale —me llama Jazmín—, ¿puedes ayudarla? Dice que necesita un castillo.
—Un castillo lo construyo —le digo—, pero si pide un dragón, que se lo haga su padre.
Damir me mira con una ceja levantada.
—Puedo conseguir uno —dice con seriedad.
—No lo dudo —respondo—. Me preocupa que lo digas tan tranquilo.
El ambiente es… extraño.
Tres hombres capaces de ordenar masacres, negociaciones ilegales, traiciones…
y aquí estamos, hablando de castillos de arena.
Después de un rato, las niñeras se acercan.
—Señores —dice una de ellas—, llevaremos a los niños al área de juegos.
Los pequeños protestan, pero terminan yéndose entre risas.
Cuando vuelvo a sentarme, mi teléfono vibra.
—Disculpen —digo—. Trabajo.
Me alejo unos metros, contesto rápido, seco, preciso. Nada fuera de control. Cuando regreso, la escena me hace fruncir el ceño.
Mis padres están recostados, mamá prácticamente encima de papá. Emiliano tiene a Abigail abrazada por la cintura, besándole la sien. Jazmín apoya la cabeza en el pecho de Damir, y él le besa el cuello con devoción.
Mierda.
—¿En serio? —gruño—. ¿Podrían dejar tanta melosería para cuando estén solos? Dan asco con tanta miel.
Se ríen todos.
—Habla el soltero empedernido —dice Abigail.
—Tranquilo, Alessandro —añade Jazmín—. Algún día te tocará.
—No —respondo, sin dudar—. Hay demasiadas mujeres hermosas en el mundo como para quedarme con una sola. Yo pienso disfrutar a muchas.
—Definitivamente, no te pareces en nada a mí. A mí siempre me gustó ser exclusivo, jamás me pareció la idea de que tantas manos me tocaran y muchas bocas me besaran —papá hace una expresión de asco.
Es verdad antes de mamá, papá solo tuvo dos novias.
Damir sonríe apenas.
—Ay cuñado, eso decían muchos —murmura.
Mi madre me mira. Esa mirada color miel que atraviesa armaduras.
—Hijo —dice con suavidad—, el amor no es una jaula. Es un refugio.
—Es una tontería —respondo medio en broma.
Mi padre resopla.
—Ya casi cumples treinta —dice—. Deberías pensar en formar tu propio hogar: casarte, tener hijos — miro hacia dónde están mis sobrinos.
—Paso —bufo—. Estoy bien así.
Mamá se levanta de la tumbona se acerca y me acomoda el cuello de la camisa.
—Eso dices ahora.
Me aparto, riendo.
—No me verán así —les aseguro—. Nunca. Jamás.
Todos intercambian miradas cómplices.
—Ya veremos —dice Emiliano.
Yo me recuesto, cierro los ojos un segundo, dejando que el sol me golpee el rostro.
No sé por qué…
pero por primera vez, esa seguridad que siempre he tenido se siente… menos firme o solo sean las tonterías de estos.
Seguimos disfrutando del sol, bebidas frescas y las hermosas risas de mis sobrinos que pronto vuelven por sus castillos de arena que les ayudo a construir.
—Tío, Ariel me pegó —se queja Alessio.
—El tomó mis caracoles —se defiende la niña.
Ambos son pelirrojos como su padre.
—No peleen niños, los niños que pelean son feos.
—Yo soy muy linda, tío —dice Chiara Veronika.
—Claro que sí, principessa, eres la mezcla perfecta de tu madre y tú padre.
Seguimos jugando y pronto se acercan mamá y papá.
—¡Nonos! —dicen los niños al unísono.
—Demos un paseo mis amores, dejemos que el tío se divierta con sus padres —les dice mamá con ternura.
—¡Sí!
Se van y yo me quedo mirando a mi alrededor y me pregunto si en verdad algún día tendré lo que ellos tienen. ¿Seré capaz de amar y formar un hogar así? No creo. No me gusta tanto la miel.
Me hace acordar a su papá con cabo suelto 🤣🤣🤣
Pero Braulio esto es lo que quería cuando se enteré que lo rechazo su hermanita
Ale que esta acostumbrado a tener todos a sus pies ahora tiene un NO de repuesto pero hasta el nombre lo sabe.
Ale esta 🔥🔥🔥🔥🤣
Estas tan ciega con la venganza que no sabes lo que te espera.
Te va enfrentar en un peligro que no tenes idea, le crees todo lo que te dice.