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Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:191
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

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Episodio 20

El trayecto hacia la capital se sintió mucho más largo de lo habitual.

Dentro del auto, Clara permaneció en silencio. Su mirada apuntaba al frente, las manos entrelazadas sobre el regazo. Álvar la observó de reojo varias veces, quiso hablar, quiso explicarse, quiso suplicar, pero cada vez que abría la boca las palabras parecían tragárselas de vuelta. Había una distancia fría que nunca antes existió entre ellos.

En cuanto el auto se detuvo frente al hospital, Clara abrió la puerta de inmediato.

—Solo déjame aquí —dijo de manera escueta.

Álvar bajó también.

—Te acompaño adentro…

—No hace falta. —Clara cerró la puerta del auto con suavidad pero con firmeza—. Ya puedes volver a la aldea.

Esas palabras dejaron a Álvar paralizado.

—Clara… esto es un hospital. Tu papá…

—Lo sé —lo cortó sin mirarlo—. Precisamente por eso. No quiero hablar de nada contigo en este momento. Mejor regresa.

Álvar se acercó un paso, la voz conteniendo la emoción.

—Al menos déjame esperar aquí. Soy tu esposo.

Clara finalmente se volvió hacia él; sus ojos lucían agotados, no furiosos, y eso era justamente lo más doloroso.

—Álvar —murmuró con voz quebrada—, cuando papá esté mejor, le pediré que se encargue de los papeles de divorcio.

El mundo de Álvar pareció derrumbarse en un solo segundo.

—¿Qué? —Su mandíbula se tensó—. ¿Qué estás diciendo, Clara?

—Quiero liberarte —continuó Clara; su voz temblaba pero era firme—. De un matrimonio que tú mismo nunca pediste. De una esposa con la que te casaste por obligación.

Álvar apretó los puños; rabia, miedo y arrepentimiento se mezclaron en uno solo.

—¿Crees que esto es cuestión de obligación o no? —Su voz se elevó—. ¿Crees que me voy a ir así nada más?

Clara negó despacio.

—No quiero ser la persona que te ate a un pasado. Tampoco quiero vivir con la sensación de ser siempre la segunda opción.

Aspiró hondo, reteniendo las lágrimas que amenazaban con caer.

—Déjame volver con mi papá. Por favor.

Álvar quiso tomarla del brazo, quiso abrazarla como aquella vez entre la neblina, quiso decirle que se equivocó, que sus sentimientos habían cambiado… pero todas esas palabras se sentían demasiado tardías.

Clara retrocedió un paso, luego giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta del hospital sin voltear atrás.

Clara recorrió el pasillo del hospital con pasos vacilantes. Las luces blancas sobre su cabeza se sentían demasiado brillantes, demasiado frías. El pecho le dolía, la respiración se le entrecortaba y las lágrimas cayeron sin que pudiera impedirlo. Lloró en silencio, los hombros le temblaban, la mano le cubría la boca para que nadie oyera sus sollozos.

Las imágenes de la aldea volvieron a llenarle la cabeza: la mañana en el huerto, la risa de Álvar —escasa pero cálida—, su manera de guardar distancia y sin embargo estar siempre pendiente. Todas esas pequeñeces que antes daba por sentadas se habían convertido ahora en pruebas de cuán inmenso era lo que sentía por Álvar. Demasiado grande, incluso para soportarlo a solas.

Clara se detuvo frente a una puerta. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, tomó una bocanada larga de aire y se obligó a calmarse. No quería que su madre la viera desmoronarse.

La puerta se abrió.

Su madre se volvió al instante; el rostro fatigado pero aliviado al ver a Clara.

—¿Clara? —la llamó, y luego sus ojos se desplazaron detrás de ella—. ¿Y Álvar, hija?

Clara esbozó una sonrisa tenue, una sonrisa forzada.

—Álvar viene mañana, mamá. Todavía tenía asuntos en la aldea —mintió; la voz lo bastante estable aunque el pecho le dolía de nuevo.

Su madre asintió despacio, sin sospechar nada.

—Ah… está bien.

Clara se acercó a la cama de su padre y contempló el cuerpo del hombre tendido entre sondas y el monitor que emitía pitidos suaves.

—¿Cómo está papá, mamá? —preguntó en un hilo de voz.

Su madre exhaló largo.

—Un infarto repentino. Los médicos dicen que la causa exacta aún debe confirmarse. Por suerte lo trajeron rápido al hospital.

Clara asintió; los dedos apretaron con fuerza la orilla de la sábana de su padre. Esta vez, las lágrimas que cayeron eran una mezcla de miedo, alivio y una herida que aún no terminaba de sanar.

El reloj casi marcaba el amanecer cuando el auto de Álvar se detuvo en el patio de la casa. La neblina fina aún colgaba en el aire, los gallos todavía no cantaban, pero la luz de la sala ya estaba encendida. Apenas Álvar puso un pie fuera, la puerta se abrió de golpe.

—¡Álvar! —Susana estaba de pie con el rostro crispado. Antes de que Álvar alcanzara a saludar, la bofetada de palabras aterrizó primero—. ¡Debiste quedarte con ella allá! ¿Por qué regresaste?

Álvar agachó la cabeza; la voz ronca, mezcla de cansancio y desconcierto.

—Clara… pidió que nos separáramos, mamá.

Esa frase fue como echar gasolina al fuego.

—¿¡Qué!? —Susana se acercó, los ojos enrojecidos—. ¿Qué hiciste para que ella pidiera el divorcio, eh?

Álvar se restregó la cara con brusquedad.

—En la feria nocturna… Clara malinterpretó las cosas. Yo ayudé a Ester, mamá. Patricio iba a golpearla.

—¿Un malentendido? —La voz de Susana subió de tono, temblorosa de rabia y decepción—. ¿Cuántas veces te he dicho lo mismo? ¡Aléjate de Ester! ¿Pero me escuchas?

Álvar calló. Susana soltó una risa breve, amarga.

—Este matrimonio no es un juego, Álvar. No es un noviazgo del que puedas irte cuando te canses. ¡Ya estás casado!

Tomó aire profundamente, conteniendo su emoción.

—¿Sabes que Clara ha estado aprendiendo aquí poco a poco? Ella se esfuerza. Se cae, se enferma, le da el sol, la regañan los vecinos, la critican a sus espaldas… pero sigue intentándolo. Y tú… sigues haciéndola sentir sola.

Álvar cerró los puños. El pecho le oprimía.

—Tienes que pensar en la forma de convencer a Clara —continuó Susana en un tono más bajo pero penetrante—. No regresar aquí a darte por vencido.

Susana clavó la mirada en su hijo, como si quisiera atravesar sus defensas.

—Te voy a preguntar una sola vez. Contéstame con honestidad.

Álvar alzó el rostro.

—¿Ya te enamoraste de Clara… o todavía no?

La sala quedó en silencio de golpe; solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared, acompañando la confusión del propio Álvar. Él lo sabía: esa pregunta ya no era fácil de responder… o quizás era demasiado obvia para seguir evadiéndola.

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