Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 22: La hija que Isabelle ocultó
Evelyn permaneció frente al retrato.
El nombre de Eliza seguía escrito en su memoria.
No entendía por qué su madre había dejado aquella advertencia.
Pero había aprendido algo durante las últimas semanas.
Cuando Isabelle escondía un nombre, siempre existía una razón.
—Tenemos que encontrarla —dijo Evelyn.
Su hermana asintió.
Alistair tomó la fotografía.
—Si Eliza era hija de Margaret Arden, debería existir algún registro.
—A menos que alguien lo haya borrado.
—Entonces buscaremos donde no hayan buscado.
Regresaron al archivo secreto.
Revisaron las cajas una por una hasta encontrar un pequeño libro de cuentas.
No contenía dinero.
Eran movimientos de personas.
Nombres.
Fechas.
Lugares.
Alistair pasó las páginas.
—Aquí.
Evelyn se acercó.
Había una anotación fechada en 1884.
**Eliza Arden — trasladada a Londres.**
Debajo aparecía una dirección.
Evelyn reconoció el lugar.
—Es la residencia Bellamy.
Su hermana la miró sorprendida.
—¿Qué?
Evelyn señaló la página.
—Eliza estuvo en nuestra casa.
Alistair continuó leyendo.
—Aquí dice que fue registrada con otro apellido.
—¿Cuál?
La respuesta estaba escrita debajo.
**Bellamy.**
Las dos hermanas quedaron inmóviles.
Evelyn sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—Entonces Eliza no desapareció.
—No —dijo Alistair—. Fue escondida.
Su hermana tomó el libro.
—¿Por qué?
Evelyn recordó la advertencia de Isabelle.
“No le digan quién soy.”
—Porque alguien quería que creyera que era otra persona.
Regresaron a la residencia Bellamy aquella misma tarde.
Beatrice las esperaba en el vestíbulo.
Cuando vio la fotografía, perdió el color del rostro.
Evelyn no necesitó preguntarle si conocía a Eliza.
—¿Quién era ella?
Beatrice cerró la puerta.
—No deberías haber encontrado esa fotografía.
—Ya estamos cansadas de escuchar eso.
Beatrice observó a las dos hermanas.
—Eliza vivió con nosotros durante cuatro años.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé.
—Mamá sí lo sabía.
Beatrice bajó la mirada.
—Sí.
Evelyn dio un paso adelante.
—Entonces dime la verdad.
Beatrice respiró profundamente.
—Eliza era la hija de Margaret Arden.
—¿Y qué relación tenía con nuestra madre?
—Eran hermanas.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Entonces era nuestra tía.
—Sí.
Su hermana preguntó:
—¿Por qué Isabelle la escondió?
Beatrice tardó unos segundos.
—Porque Eliza había visto el archivo.
Alistair frunció el ceño.
—¿Qué vio?
—Los nombres.
—¿De quién?
Beatrice miró hacia las escaleras.
—De las personas que ordenaron destruir a los Arden.
Evelyn comprendió.
—Y ella podía identificarlos.
—Sí.
—¿Todavía vive?
Beatrice no respondió.
Evelyn insistió.
—¿Vive?
—Sí.
La respuesta cayó como una piedra.
—¿Dónde?
Beatrice cerró los ojos.
—En Londres.
Evelyn sintió que el misterio comenzaba a tomar una forma diferente.
No estaban buscando a una mujer perdida.
Estaban buscando a la única persona capaz de identificar a quienes habían construido la mentira.
—¿Cómo la encontramos?
Beatrice miró a Evelyn.
—No tendrán que hacerlo.
—¿Qué quieres decir?
Beatrice se acercó a una mesa y tomó una carta.
—Ella sabe que están buscando.
Le entregó el sobre.
No tenía nombre.
Solo una frase:
**“A las dos hijas de Isabelle.”**
Evelyn abrió la carta.
Había una dirección.
Y debajo, una advertencia.
“Venid solas.”
Su hermana negó inmediatamente.
—No.
Evelyn la miró.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que haría alguien que quiere separarnos otra vez.
Evelyn sonrió ligeramente.
—Entonces no iremos solas.
Alistair entendió.
—¿Quién más viene?
Evelyn guardó la carta.
—Todos los que conocen la verdad.
Aquella noche, por primera vez, las hermanas dejaron de perseguir las pistas por separado.
Se reunieron con Adrian, Alistair, Thomas y Beatrice.
Y juntos descubrieron algo inesperado.
La dirección de la carta no pertenecía a una casa.
Era una biblioteca privada.
Una biblioteca que llevaba veinte años cerrada.
En el registro de propiedad aparecía un único nombre.
**Eliza Bellamy.**
Evelyn levantó la mirada.
—Entonces sabemos dónde está.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
—No.
Evelyn lo miró.
—¿Qué ocurre?
Su padre parecía aterrorizado.
—Esa biblioteca no pertenece a Eliza.
—¿Entonces a quién?
Adrian respondió con voz baja:
—A Isabelle.
El silencio fue absoluto.
Evelyn sostuvo la carta entre los dedos.
Su madre estaba muerta.
Pero acababan de encontrar una propiedad registrada bajo su nombre.
Y alguien había estado pagando sus impuestos durante trece años.
Alistair tomó el documento.
—Entonces alguien quiere que pensemos que Isabelle está detrás de esto.
Evelyn negó.
—O alguien está protegiendo algo que ella dejó allí.
Su hermana la miró.
—¿Vamos?
Evelyn observó la dirección.
—Sí.
Esta vez no para descubrir quién era Isabelle.
Sino para descubrir qué había dejado atrás.
Y, sobre todo, por qué Eliza había esperado tantos años para llamarlas.