Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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CONTRA EL TIEMPO.
Desde el fondo del teatro, Lauro estaba observando a Cora. Había preguntado en recepción por ella y le dijeron que se encontraba en esa clase. Las luces de los pasillos estaban apagadas, lo que le daba cierta tranquilidad: lo más seguro es que nadie lo hubiera visto entrar.
Se sentó en la penumbra, hipnotizado por los movimientos de Cora. Ella brillaba. Su rostro reflejaba una felicidad profunda, distinta a cualquier cosa que él hubiera visto antes. Lauro sabía que disfrutaba de su propio trabajo, pero la pasión que Cora sentía por lo suyo era algo difícil de igualar.
Por un instante se preguntó si estaba mal estar allí, observándola sin que ella lo notara. Si era invadir su espacio. El otro día, en el bar, había hecho lo mismo, incapaz de apartar la vista de ella cuando se entregaba a lo que amaba. Y ahora otra vez. Tal vez estaba cruzando la línea. Tal vez su amor rozaba más la obsesión que la admiración, tal vez lo que el sentia era puro fanatismo.
Recordó cuando iba por ella a sus clases, años atrás, o cuando terminaba alguna función y él la esperaba afuera con flores en la mano. Cora siempre salía corriendo, sudada, sonriente, pero se iluminaba al verlo. Y él, en esos momentos, sentía que el mundo entero estaba en orden.
Un movimiento brusco de Cora lo sacó de sus recuerdos: giró de manera tan intensa que casi cae al suelo. Lauro se levantó de inmediato, preocupado, con el corazón en un puño. Todos en la sala estallaron en risas, incluido el maestro, porque aquello solo había sucedido por el ímpetu con el que ella estaba metiendo demasiada pasión en la coreografía.
Lauro, contagiado, también sonrió. La preocupación se transformó en ternura.
Él había ido a buscarla para compartirle la noticia que le había dado su suegro esa tarde, pero al verla ahí, en su espacio, decidió no interrumpir. Prefirió esperar a que terminara. Podría verla siempre, así, y nunca cansarse.
—Muy bien, es todo por hoy. Hicieron un buen trabajo —anunció Jimena.
Los alumnos rompieron filas, recogiendo sus cosas.
—Recuerden ensayar los papeles principales —añadió ella—. Aún no escogemos protagonistas y podrían ser cualquiera de ustedes, a los que no se les ha asignado un papel. La escena a estudiar es la escena final.
Cora guardó silencio, pero en su interior lo tenía claro: no quería quitarle el lugar a nadie, sin embargo el tiempo le pesaba. Quería protagonizar la historia, aunque fuera solo una vez.
Camino a la salida, ella y Jimena iban juntas.
—Uy, sigues casada con Lauro —comentó Jimena al ver cómo él se acercaba desde la distancia.
Cora volteó sorprendida hacia él. No dijo nada de inmediato, pero luego respondió con naturalidad:
—Amm… sí.
—No te culpo —rió Jimena—. Yo también seguiría casada con él. Me acuerdo que desde que lo viste, ya no lo soltaste.
Cora soltó una risa ligera.
—Sí, es guapo.
—Pero no se lo digas demasiado o se engrandecerá —bromeó Jimena.
—Sabes bien que Lauro no es así —defendió Cora, con una sonrisa suave.
Jimena sonrió también, sin replicar.
Lauro se acercó con cautela. No quería ser entrometido. Él y Cora habían acordado comportarse diferente, aunque en ocasiones sentía que ya no conocía a la mujer que tenía frente a sí cuando se trataba de él.
—No pensé que empezarías las clases hoy —dijo con voz tranquila—. Pero me gustaría hablar contigo, por eso vine. Hola, Jimena.
—Hola, Lauro —respondió ella, amable—. Es un gusto saludarte de nuevo. —Luego se giró hacia Cora—. Te veo mañana, no faltes.
—Ni aunque mi vida dependiera de ello —respondió Cora con picardía.
Tras despedirse, Lauro acompañó a Cora hacia el auto. Le abrió la puerta y ella subió, sin protestar.
—¿Y bien? ¿De qué querías hablar conmigo? —preguntó ella cuando ya estuvieron solos.
Lauro respiró hondo, como si necesitara acomodar sus pensamientos antes de soltarlo.
—Tu padre me propuso ser socio del despacho.
Cora lo miró sorprendida, y después, genuinamente feliz.
—Lauro, eso es muy bueno. Sabes que papá no deja entrar a cualquiera. De mis hermanos, solo Arturo ha podido ganárselo. Felicidades.
—¿No te molesta?
—No, por supuesto que no. ¿Por qué me molestaría?
—Bueno, no sabemos cómo vayan a resultar estos seis meses. Si yo acepto, después tendremos que seguir viéndonos la cara aunque sea de vez en cuando.
Cora entendía lo que insinuaba. Tal vez ese escenario nunca se daría, pero aunque lograra salvarse, ella sabía que tampoco le importaría seguir viéndolo.
—Adelante, eso no es problema —aseguró.
—Bien… gracias.
Un silencio suave se instaló entre ellos. Lauro, impulsado por algo más fuerte que la razón, buscó su mano. Y ella, sin dudar, la aceptó. Como si ese gesto nunca se hubiera ido.
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La casa estaba silenciosa. Solo la luz tenue de la lámpara de la sala iluminaba a Cora, encorvada sobre una montaña de papeles, con la laptop abierta. Su pluma rayaba ideas mientras murmuraba frases que parecían más un susurro a sí misma que palabras para alguien más.
El reloj marcaba 3:27 de la mañana.
Como todas las noches, Lauro se había levantado varias veces. Nunca dormía una noche seguida; su cuerpo lo obligaba a moverse entre las tres y las cinco de la mañana. Esta vez, al pasar por la sala rumbo a la cocina por un vaso de agua, se detuvo en seco.
Ahí estaba ella.
Nunca la había visto despierta tan tarde.
—¿Cora? —su voz fue baja, incrédula—. ¿Qué haces despierta a estas horas?
Ella levantó la vista apenas un instante, los ojos brillando con cansancio y determinación.
—No podía dormir —dijo, encogiéndose de hombros.
Lauro se acercó, observándola. La escena lo dejó sin palabras: despeinada, con su chamarra encima del camisón, pero con una intensidad que él no podía ignorar.
—¿Trabajando en serio? —preguntó, aunque la respuesta era evidente.
Cora señaló los papeles esparcidos frente a ella: Sabía que debia dormir bien, pero no podia evitar pensar que él estará dormida sería tiempo perdido.
—Si quiero que esto tenga sentido, necesito que salga ahora.
—¿Ahora? —arqueó una ceja Lauro.
—Sí, ahora —afirmó ella con firmeza—. Esta ley… no puedo quedarme cruzada de brazos.
Lauro se acercó aún más y vio el encabezado del documento:
“Propuesta Ciudadana en Contra del Proyecto de Ley de Cierre Voluntario”
Sonrió apenas.
—Claro que tenías que empezar sola, ¿verdad?
—Tú estabas dormido —replicó Cora, con un deje de ironía—.
—Yo nunca duermo —dijo Lauro—. Y si vas a perder la madrugada en esto, no vas a hacerlo sola.
Cora lo miró un segundo, evaluando, y luego asintió con una leve sonrisa.
—Está bien… quédate entonces.
Cora comenzó a dictar, Lauro a corregir: no era que él escribiera, sino que le ayudaba a que la propuesta fuera clara y llegara al público, no solo a los legisladores.
Propuesta Ciudadana en Contra del Proyecto de Ley de Cierre Voluntario
Exposición de Motivos:
Nos dirigimos al Congreso con profunda preocupación ante el Proyecto de Ley de Cierre Voluntario. Esta iniciativa propone permitir que personas sanas y en pleno uso de sus facultades puedan decidir terminar con su propia vida, sin necesidad de contar con una enfermedad terminal ni condición que lo justifique.
Creemos que este proyecto socava principios fundamentales de protección de la vida, la ética y la responsabilidad social, exponiendo a la sociedad a dilemas irreversibles y con consecuencias profundas en familiares, profesionales de la salud y la comunidad en general.
Argumentos principales:
Protección de la vida: la legislación actual protege a todos los ciudadanos; permitir terminar la vida de manera voluntaria y sin enfermedad rompe ese principio fundamental.
Impacto psicológico y social: podría generar presiones sociales, familiares o laborales que afecten la decisión libre y consciente.
Riesgo de abuso o coerción: la ley podría ser interpretada o usada para presionar a individuos vulnerables, aun estando en pleno uso de sus facultades.
Ética profesional y comunitaria: los profesionales de la salud y la sociedad no pueden ser forzados a normalizar la decisión de quitarse la vida sin enfermedad que lo justifique.
Petición:
Solicitamos al Congreso que no apruebe el Proyecto de Ley de Cierre Voluntario en su formato actual y que se abra un debate público amplio, con expertos en ética, salud mental y sociedad civil, para encontrar soluciones que protejan la autonomía sin poner en riesgo a personas sanas.
Atentamente,
Cora (con espacio para firmas ciudadanas)
Mientras Cora revisaba cada frase, Lauro la miraba. Su expresión era de respeto y admiración; no había visto a nadie abordar algo tan serio con esa mezcla de pasión y rigor.
—Va a necesitar más fuerza —dijo él—. No basta con que suene correcto. Necesita que la gente se vea reflejada ahí.
Cora asintió, casi en silencio. Nadie sabía que su impulso no era solo justicia: era también ganar tiempo, cada hora que pasaba era una hora más que podía usar para dejar su marca. Nadie sabía que le quedaban seis meses de vida. Ni Lauro, ni su familia, ni nadie.
—Entonces quédate conmigo —susurró—. Enséñame cómo.
Lauro no dudó. Se acomodó junto a ella, revisando papeles, sugiriendo formas de acercar la propuesta a la gente y pensando que, aunque no lo supiera, ella estaba corriendo contra un reloj invisible que él jamás podría ver.
Y así, entre tachaduras, teclas y luz de lámpara, empezaron juntos la primera batalla de muchas.
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El sol entraba por los ventanales, iluminando la sala donde todavía quedaban rastros de la madrugada: papeles, tachaduras, y la carpeta con la propuesta ciudadana terminada. Cora se estiró, cansada pero satisfecha.
—Listo para la batalla —dijo Lauro, tomando la carpeta y mirando a Cora con seriedad—. Hoy empezamos a mover esto en serio.
—Sí —respondió ella, ajustando la chaqueta—. Pero necesito que me recuerdes mantener la calma. La gente se va a asustar si les hablo demasiado rápido.
Lauro asintió. Su teléfono vibró: era un mensaje de Esteban. “Ya tengo al equipo listo para hoy. Van a llegar a la plaza a las 10:00”.
—Perfecto —dijo Lauro—. El personal que nos ayudará ya está listo. No estará Esteban con nosotros, pero él coordina todo desde la oficina.
Poco después, llegaron a la plaza un grupo de jóvenes y adultos llegó, cada uno con carpetas y hojas para recabar firmas. Lauro les dio instrucciones breves y claras:
—Esto no es una campaña política. No presionen a nadie. Solo faciliten que las personas que quieran apoyarnos puedan firmar correctamente. Señalen la propuesta, expliquen el objetivo, y mantengan todo organizado.
Cora observaba cómo el grupo se distribuía estratégicamente en pequeños puntos alrededor de la plaza. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la certeza de que su voz empezaba a llegar a la gente.
—Recuerden —les dijo—, esta iniciativa busca que el Congreso escuche a la sociedad antes de aprobar una ley que permitiría que personas sanas puedan decidir terminar con su vida. Es un tema delicado, así que hablen con claridad y respeto.
Mientras tanto, Lauro permanecía a su lado, vigilando discretamente que todo transcurriera con orden, entregando hojas, corrigiendo errores y tranquilizando a los asistentes. Cada persona que se acercaba a Cora era un recordatorio de que su propuesta ya estaba tomando forma, y que su lucha no era solo personal, sino colectiva.
—Mira —susurró Lauro—, ya empezamos a sumar firmas. Cada nombre cuenta.
Cora asintió, con una mezcla de cansancio y satisfacción. Nadie sabía que su energía no era infinita; nadie sabía que estaba corriendo contra un reloj invisible que solo ella sentía.
—Esto… va a funcionar —dijo ella con un hilo de sonrisa—. Gracias por estar aquí.
Lauro simplemente sonrió, sin añadir nada. Aunque no conocía su secreto, su compromiso con la causa y con ella era suficiente para hacer que esto avanzara.
El grupo se movía como una unidad eficiente, y poco a poco, las firmas empezaban a llenar las hojas. La propuesta de Cora estaba en marcha, y el primer paso para dejar su huella en el debate sobre la ley había comenzado.