Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.
Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.
Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.
Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.
Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.
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Capítulo 5
Ana
Me voy al hospital con ese maleducado en la cabeza. Qué hombre más guapo, pero seguro que no vale ni lo que el gato entierra; un verdadero arrogante.
—Uy, ¿qué es esa carita, Ana? Estás pensando en ese bombón maravilloso, ¿no? —me dice Eliza.
—Claro que no, Eliza, solo estoy cansada…
—Ya me sé bien el nombre de tu cansancio —y se ríe.
—Qué graciosita eres. Ahora a trabajar.
Empezamos nuestro turno. Hoy fue un ajetreo, porque anda un brote de virosis.
Lo peor son los niñitos enfermos; dan una pena tremenda.
Y lo más chistoso son los adultos que le tienen miedo a una agujita chiquita; Eliza y yo nos morimos de risa.
Estaba organizando las fichas cuando aparece el doctor Luiz. Es médico residente aquí en el hospital. Eliza vive diciéndome que le dé una oportunidad, pero yo no estoy abierta a nuevas relaciones.
La verdad, creo que quedé traumada con todo lo que pasó; no sé si puedo volver a amar a alguien.
Bueno, al menos no ha aparecido nadie que valga la pena intentarlo de nuevo… Me siento rota por dentro…
DOCTOR LUIZ
—Hola, Ana, qué linda estás hoy —me dice.
—Hola, doctor, gracias, pero tengo el mismo uniforme de siempre.
—Ya te dije que me llames Luiz… Y para mí, cada día que pasa te ves más linda, sin importar lo que lleves puesto.
Le dedico una sonrisa incómoda y, gracias a Dios, aparece la loca de Eliza.
—Amiga, necesito hablar contigo.
Entonces el doctor Luiz nos mira, pide permiso y se va, y yo le agradezco a Eliza por librarme de sus insinuaciones.
Parece buena persona, pero no quiero nada; y como siempre me ha respetado, tampoco quiero ser grosera con él.
Eliza me lleva a un rincón y me dice que consiguió dos entradas VIP Gold con un amigo suyo.
Son para una discoteca muy famosa de la ciudad, y aunque tengas dinero no es nada fácil conseguir esas entradas.
—Amiga, ni me vengas con cuentos, ¿eh? Hoy te vienes conmigo y sin melindres, que vamos a comernos a medio mundo —me dice.
—Amiga, sabes que a mí no me va la disco…
—Problema tuyo. A las 22:00 paso por tu casa, y a ver si te pones ese vestido blanco maravilloso que te regalé y que tú, maleducada, nunca usaste.
Pongo los ojos en blanco y acepto ir con ella.
Después volvemos al ajetreo del día a día.
Salgo de mi turno y me voy corriendo a casa a arreglarme.
Quizá sea bueno salir un poco, despejar la cabeza y dejar de pensar en cosas que me hacen daño.
Me hago un maquillaje ligero y me dejo el pelo suelto.
Me pongo solo un collar que, de hecho, era de mi mamá; mi papá decía que ella lo usó en su boda.
Creo que va a quedar bien con este vestido. La verdad, me siento como una servilleta brillante metida en este vestido que me dio Eliza, pero no quiero hacerle un desaire.
No tarda mucho en llegar tocando la bocina, así que salgo y nos vamos a la discoteca. En el camino me elogia, dice que estoy muy bonita y que el vestido combina con el tono de mi piel; yo le digo que ella también está preciosa.
Al llegar hay una fila enorme, pero como somos VIP entramos sin problema.
Esto es gigantesco y tiene toda la pinta de gente rica.
Mejor ni tomo agua aquí, porque de tan cara seguro me cuesta un riñón.
Hay tres pisos; el último es para los VIP Gold, así que subimos y ella se encuentra con su amigo. Eliza pide unos tragos para las dos, me mira y me guiña un ojo, y me dice que no me preocupe, que la noche es joven.
Ya me lo veo venir…