Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 24 - Nuestra cita de hoy
Camila se sentía calientita y cómoda. Por primera vez desde que estaba embarazada, se sentía fresca de verdad. Había dormido de maravilla y no había ni rastro de náuseas. Todo el cuerpo le pedía quedarse así. Abrazó con muchas ganas su almohada larga y tibia (el cuerpo de Max). De vez en cuando la olía; le encantaba ese aroma. Se quedó un buen rato disfrutando del perfume de su almohada calientita. Poco a poco empezó a recordar. Hasta donde sabía, en la cama de ese hombre no había ninguna almohada larga, solo unas cuantas almohadas normales. Entonces, ¿de dónde había salido esta?
Abrió los ojos despacio y fue palpando la almohada… musculosa. Miró lo que estaba tocando. ¡Pum! No era una almohada, ¡era el cuerpo de una persona! Levantó la vista para averiguar quién era el dueño de ese cuerpo tan marcado. ¡Pum! ¡Pum! Sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
Max estaba justo frente a sus ojos, dormido boca arriba, mientras ella estaba acurrucada encima de él, abrazándolo con posesividad y con la mano jugueteando sobre su pecho amplio.
—¡Mmmfff!
Camila gritó y se tapó la boca ella misma. Antes de que pudiera apartarse, él ya había abierto los ojos. Con la cara de recién despertado se veía tiernísimo, y eso no le quitaba ni un poco de lo guapo.
—¿Ya despertaste? —preguntó Max, muy tranquilo, mientras ella se arrastraba para alejarse.
—¿Q-qué pasó? ¿T-tú… me violaste otra vez? —tartamudeó Camila.
Se revisó la ropa: la tenía completa. La de Max también.
—Ya te lo dije. No te voy a hacer daño. Me voy a bañar. Como te prometí ayer, hoy te voy a llevar a pasear.
Max se levantó de la cama y se fue al baño, dejando a Camila sola y desconcertada.
Ella tardó un rato en juntar los recuerdos de la noche anterior. Al final cayó en la cuenta: lo que había creído un simple sueño había pasado de verdad. Había soñado que él llegaba, y como iba a irse otra vez, ella lo había jalado del brazo y le había rogado que no la dejara. Sintió que la cara le ardía. Se moría de la vergüenza.
Seguía sentada en la cama cuando Max salió del baño, vestido solo con una bata. Las gotas de agua le escurrían por el cabello brillante, y por la abertura de la bata se asomaba su pecho ancho, cubierto de un vello fino.
—¿Por qué no te has levantado? Báñate rápido. Salimos en treinta minutos.
—¡No me mires!
Camila se tapó la cara y corrió al baño. La vergüenza le quemaba la cara y el cuerpo entero, y Max soltó una risa grave.
Max la esperó en el comedor. Esa mañana, doña Reyna le había preparado café negro y una rebanada de pan tostado. Para Camila había té de jengibre calientito, galletas dulces y galletas saladas. Doña Reyna había evitado a propósito cocinar algo con muchas especias, por miedo a que a la esposa de su patrón le dieran náuseas. (Doña Reyna no sabía que Camila y Max no eran marido y mujer como cualquier pareja).
Camila salió del cuarto con una playera de manga larga y un pantalón de tela. Para nada era el estilo que Max quería. Por lo visto, iba a tener que acompañarla de compras. No era que le molestara que Camila fuera así, tan sencilla, pero cualquier mujer que estuviera a su lado tenía que estar a la altura de lo que él quería.
—Ven, desayuna primero.
Max le hizo una seña con la mano. Ella obedeció; se sentó frente a él y se puso a comer, esquivándole la mirada. Todavía se moría de vergüenza al recordar que habían pasado la noche entera durmiendo juntos, aunque no hubiera pasado nada.
—¿Cómo sigue tu estómago?
Camila asintió varias veces.
—¿No tienes náuseas ni ganas de vomitar?
Ella negó con la cabeza.
—¿A dónde quieres ir hoy?
—No sé. —Camila bajó la cabeza.
—¿No hay ningún lugar que quieras conocer?
—B-bueno… sí hay…
—¿A dónde?
—E-en mi pueblo dicen que… que si no has ido al Monumento Nacional y al parque de diversiones de la bahía, es como si nunca hubieras estado en la capital… ¿no? —preguntó con timidez, todavía evitando sus ojos.
—¿Nunca has ido a ninguno de los dos? —Max se extrañó—. ¿Cuánto tiempo llevas en la capital?
—Ya van a ser cuatro meses…
—¿Y nunca has ido a ninguno de esos lugares?
Camila volvió a negar con la cabeza.
—Pero ahora estás embarazada. No te puedes subir a los juegos del parque…
—Quiero tomarme una foto con los payasos. Y también quiero ver el oro grandote… —insistió ella, terca.
—Está bien. En cuanto te inscriba en el curso prenatal, te llevo al parque. Lo del monumento lo dejamos para otro día.
Max cedió. Al fin y al cabo, tenía que darle gusto a esta embarazada, porque lo que llevaba en el vientre era su propio hijo.
Max prefirió manejar él mismo. No quería que nadie los molestara. Después de inscribir a Camila en el curso prenatal, condujo hacia aquel famoso lugar turístico de la capital. Tardaron bastante en llegar porque se quedaron un buen rato atorados en el tráfico. Ya casi eran las diez de la mañana cuando llegaron.
Camila estaba emocionadísima. Tenía los ojos como platos, boquiabierta, sin poder creer lo que veía. Max dejó que aquella muchacha tan inocente disfrutara el momento. Compró dos pases para todas las atracciones y, con los boletos en la mano, la guio para que lo siguiera. Su primer destino fue el acuario.
Camila sintió que había entrado a otro mundo: un lugar lleno de peces y de toda su belleza. Estaba fascinada. Varias veces le preguntó a Max qué pez era cada uno, y él solo le contestaba con cara de pocos amigos, porque de verdad no tenía la menor idea. La última vez que Max había ido a ese parque había sido en la secundaria, en una excursión de la escuela. Nunca se imaginó que volvería, ya con veintiocho años, y acompañado de la madre de su hijo.
A decir verdad, Max no estaba disfrutando nada de lo que ofrecía el lugar. Se sentía demasiado viejo para quedarse maravillado con un paisaje. Lo único que ese día le impedía aburrirse era ver la cara de felicidad de esa mujer. Rara vez había visto a Camila con una expresión tan feliz, y ese día había tenido la suerte de verla. Se hizo la nota mental de sacarla a pasear más seguido, para poder ver esa cara alegre más a menudo.
—Quiero probar eso.
Camila señaló a un grupo de personas que tenían los pies metidos en una pileta, mientras unos pececitos les comían la piel muerta.
—¿No te parece sucio? Hay muchísima gente y todos meten los pies ahí…
—¡Quiero probarlo!
Cuando a Camila se le metía algo en la cabeza, lo único que Max podía hacer era ceder y darle gusto en todo.
Pasaron casi una hora en el acuario. Max le tomó fotos en cada momento. Al principio ella se sentía cohibida y le daba pena, pero al final era Camila la que más le pedía que la retratara. Max le cumplía todos los caprichos, desde lo que se le antojaba comer hasta los lugares que quería visitar. Quién sabe de dónde le salía tanta energía a la muchacha. Aquella mujer débil que se pasaba las horas peleando frente al escusado, devolviendo todo lo que comía, había desaparecido. En su lugar había una mujer bonita y llena de vida, que se divertía a sus anchas.