Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 14
Durante esa misma noche, Martin pidió dormir con el huevo. Ya estaba demasiado cerca, y aun así quería estar aún más cerca de mi hijo. La furia me invadió.
—Que duerma en el ala este —dije, con voz firme, temblando por dentro—. Lo más lejos posible del huevo.
Ignis me miró como si acabara de dictar una crueldad. Pero no discutió. Estaba cansado de pelear, cansado de todo.
—Está bien —dijo, con resignación—. Ala este.
Esa noche, el huevo no brilló.
Lo tuve contra mi pecho durante horas. Le di cada gota de energía que tenía dentro, pero su luz se mantuvo débil, entrecortada, como una vela a punto de apagarse. Lloraba, pero no con sonido: el huevo lloraba con frío. Se volvía cada vez más helado entre mis brazos, por más que lo abrazara, por más que intentara calentarlo con mi propio calor.
—Vamos, pequeño… por favor —le susurré contra el cascarón, con la voz quebrada—. Brilla para mí. Para mamá.
Nada.
Ignis se sentó a mi lado en la cama. Me puso una mano en la espalda, y sentí su preocupación pesada en el aire. Yo estaba empapado en sudor, agotado. Llevaba tres días sin dormir de verdad, sin soltarlo ni un instante.
—Bellamy… está helado —dijo, alarmado al tocar el cascarón—. Nunca había estado así. Ni una sola vez.
—Es solo que tiene sueño. Ya se va a calentar. Ya verás.
—Bellamy, llevas dos horas así. No está funcionando. —Me miró, y vi culpa en sus ojos, pero también certeza—. No tienes más energía. No has comido bien, no has dormido. Te estás vaciando para él y no es suficiente.
—No necesitamos su ayuda.
—Tu hijo sí.
Esa frase me atravesó el pecho como una lanza.
Ignis se levantó de golpe. No me pidió permiso. No me preguntó qué pensaba.
—Voy a traer a Martin. Solo para estabilizarlo. Cinco minutos. Solo eso.
—Ignis, no… son las tres de la mañana.
—Por eso mismo. Si no lo hago, no sobrevivirá a la noche. —Ya estaba en la puerta, con la mano en el pomo—. No es por ti. No es por él. Es por nuestro hijo.
Salió. Me dejó solo, con el huevo helado entre las manos, sintiendo cómo se me escapaba entre los dedos.
Escuché sus pasos por el pasillo. El sonido de su puerta al tocarla. Voces bajas, breves, al otro lado.
Tardó menos de un minuto en volver. Martin venía detrás de él, a medio vestir, con una bata blanca de dormir. Ni siquiera parecía haber estado dormido. Parecía que había estado esperando, despierto, alerta, justo para este momento.
—Me llamó —dijo Martin al entrar, sin mirarme a mí, dirigiendo la mirada directa al huevo como si pudiera verlo en la oscuridad—. Sentí que me necesitaba.
Se arrodilló frente a mí. No me pidió que se lo diera. Simplemente puso sus manos sobre las mías, que lo sostenían con las últimas fuerzas que me quedaban.
Su energía era cálida. Demasiado cálida. En cuanto sus manos tocaron el cascarón, la luz volvió. No poco a poco, no con lentitud. De golpe. Una luz dorada, intensa, que iluminó toda la habitación, que nos cegó por un instante.
El huevo dejó de estar frío. Se volvió tibio, vivo. Vibró contra las manos de él, como si hubiera vuelto a respirar.
—Ahí está —susurró Martin, con una sonrisa de falso alivio—. Solo tenía frío. Ya está bien. Ya está conmigo.
Ignis se dejó caer en el borde de la cama, con el aire escapándosele de los pulmones, aliviado.
—Gracias a los dioses.
Yo seguía con mis manos debajo de las de él. Pero el huevo ya no me tocaba. Ya no descansaba sobre mi pecho. Estaba sobre las manos de Martin. Y brillaba más fuerte, más hermoso, más vivo que nunca cuando estaba conmigo.
—Ya puedes soltarlo, Bellamy —me dijo él, con esa voz suave que parecía bondad—. Yo lo sostengo ahora. Tú descansa. Debes estar agotado.
No quería soltarlo. Pero mis brazos ya no respondían. Temblaban sin control, vacíos de fuerza, vacíos de todo.
Ignis me lo tomó de las manos con cuidado y se lo entregó por completo a Martin.
—Déjalo, mi amor. Solo esta noche. Solo para que sobreviva.
Martin lo acunó contra su pecho, de pie, caminando lentamente por la habitación con una ternura que parecía de película. El huevo latía contra él, tranquilo, en paz. Una paz que yo no había logrado darle.
—Duerme en el sillón de aquí, si quieres —le dijo Ignis—. Así le sigues dando calor toda la noche.
Martin asintió, humilde, sumiso, perfecto.
—Si Bellamy me lo permite…
Los dos me miraron. Yo estaba en la cama, con las manos vacías, viendo cómo mi hijo descansaba por primera vez en tres días… y estaba en brazos de otro.
Si decía que no, se volvería a enfriar. Podía perderlo para siempre. Si decía que sí… lo perdía de otra manera.
—Cinco minutos —susurré, con la voz rota, sintiendo que me arrancaba una parte de mí—. Solo cinco.
Martin se sentó en el sillón, lo pegó a su pecho, y cerró los ojos. A los pocos segundos, su respiración y el brillo del huevo se sincronizaron, latiendo al mismo ritmo, como si fueran una sola cosa.
Ignis se acostó a mi lado y me abrazó por detrás, intentando darme calma.
—¿Ves? No pasó nada. Solo nos está ayudando.
No contesté. No pude. Porque mientras Ignis me abrazaba, Martin, desde el sillón, abrió un ojo en la oscuridad. Y me miró. Directo a los ojos.
Y sonrió.
No era una sonrisa dulce. Era la sonrisa de alguien que acaba de conseguir la llave de la puerta que siempre quiso entrar.
Y yo… yo se la acababa de dar.