Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 10
Mientras tanto, en la mansión Ponce, el ambiente era todo menos tranquilo.
Rina Ponce lloraba en silencio, sentada en el sofá de terciopelo, con un pañuelo de seda apretado entre los dedos. Carlos Ponce caminaba de un lado a otro del salón como un león enjaulado, su rostro enrojecido por la frustración. Y Elia, sentada en el centro, con las manos cruzadas sobre el regazo, mostraba una expresión de profunda preocupación.
—Mamá, mi hermana sigue enojada conmigo —dijo Elia, su voz temblorosa—. Le pediré perdón para que vuelva. Es mejor que esté en casa. Me preocupa que nos cause problemas, que haga quedar mal a la familia. Esos hombres con los que anda... no es seguro para ella.
Miguel y Lucio, que estaban de pie junto a la chimenea, apretaron la mandíbula. La mención de "esos hombres" era suficiente para encender su furia.
—Basta —Carlos se detuvo en seco, su voz cortante como un látigo—. Si ella hace cosas vergonzosas, la desconozco. La enviamos al extranjero. Ya no quiero lidiar con esto.
—Este fin de mes tengo reunión con los Ricci —continuó Carlos, pasándose una mano por el cabello—. Voy a proponer el matrimonio de Elia con Boris. Con Gala no podemos confiar. Hará que los Ricci nos eliminen de la vida social de la ciudad.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Elia bajó la mirada, ocultando una sonrisa. Era exactamente lo que quería. O casi. Porque en su plan original, Gala se casaría con Boris, él la despreciaría, y ella, Elia, se acercaría a él como la cuñada comprensiva, la única que lo entendía. Poco a poco, se ganaría su confianza, su corazón, y se convertiría en la esposa de verdad. La aceptada. La amada.
Pero ahora todo estaba patas arriba.
Gala se había ido. No había escándalo. No había matrimonio forzado. Boris no tenía a nadie a quien despreciar. Y Elia se quedaba sin su papel de consoladora.
Maldita sea. Apretó los puños bajo la mesa. Maldita seas, Gala.
—Elia, cariño —Rina se acercó y le tomó la mano—. No te preocupes. Hablaremos con los Ricci. Les explicaremos que tú eres la hija que criamos, la que siempre ha estado con nosotros. Boris entenderá. Es un hombre de negocios, sabrá ver lo que conviene.
Elia asintió, con los ojos llenos de lágrimas perfectas.
—Gracias, mamá. Solo quiero que esta familia esté bien. Solo quiero que todos estemos... en paz.
Miguel y Lucio la miraron con adoración. Carlos asintió, convencido. Y Rina la abrazó, susurrándole que todo saldría bien.
Pero en el fondo de su mente, Elia sabía que nada saldría bien.
Porque si algo había aprendido sobre Boris Ricci, era que odiaba que lo obligaran. Y era cruel con quien lo hacía.
“Tengo que encontrar la manera de que Gala sea la esposa. La que sufre el desprecio. Y yo seré el amor que se cultiva con el tiempo”.
Pero ahora... ahora todo estaba patas arriba.
Y en el centro de ese caos, Gala Ponce sonreía, sin saber que su destino estaba a punto de cruzarse con el de Boris Ricci una vez más.
*_*
Al día siguiente, Gala estaba emocionada. Eliana la llevaría a una entrevista de trabajo en el Aurora. Sería recepcionista del hotel y encargada de eventos ejecutivos. La razón: en cuanto el gerente vio la foto de Gala, estuvo seguro de que ese rostro les daría buen prestigio.
Cuando Gala llegaba a la salida de la universidad para verse con sus amigas, Jorge Miranda apareció como si un maleficio lo llamara. Era el títere de Elia, ese tipo que solo estaba ahí para sembrar cizaña, para hacer que Boris —siendo ya esposos en su vida anterior— terminara pensando que tenían algo más, que ella era infiel, haciendo que restringiera aún más su libertad. Y a sus espaldas, la desprestigiaba con sus padres y sus hermanos, que ya de por sí la odiaban.
Ahora estaba ahí, parado como siempre, con cara de preocupación. Obviamente, Elia lo había enviado para hacerla volver. Esa bruja necesitaba que Gala estuviera a su merced para poder manejarla; si se iba lejos, no podría usarla como su escudo.
—Gala, ¿qué haces aquí? Deberías estar en casa. Tus padres y tus hermanos te esperan, y Elia... ella siempre se preocupa por ti. Aunque tus padres malinterpreten tu cercanía, Elia te aprecia mucho. Ve, trae tus cosas, yo te llevo de regreso. No es bueno que estés aquí sola y dando que hablar —dijo Jorge, casi como un reproche de ofensa, como si Gala hubiera cometido un crimen de lesa humanidad.
Gala dio un paso atrás en cuanto vio su mano extenderse para tocar la suya. Eran esos actos ambiguos los que le traían problemas, esa falsa sinceridad. Incluso grababa esos encuentros en que tomaba su mano o la abrazaba para consolarla, y Boris, al verlos, se enojaba aún más. Ahora lo sabía, sabía bien cuál era la careta de ese tipo.
Jorge se molestó por el ademán, pero volvió a insistir. No se quedaría con las ganas de que Gala se saliera con la suya, y además debía dejar en claro que ellos eran... más que amigos. Pero de repente, una mano palmeó la de Jorge. Fue tan fuerte que se le hizo una marca roja.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia