Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 17: La rendición en la oscuridad
Victoria Morgan.
—El proyecto Titán-4 es, sin duda, una de las operaciones encubiertas que la F.E.E.M. ha mantenido bajo siete llaves durante los últimos años debido a su extrema peligrosidad y a los devastadores daños colaterales que genera —expliqué con voz firme, plantada frente a la pantalla táctil de la sala de juntas principal— El líder de la Camorra, Marco Moretti, ha estado perfeccionando la síntesis de sustancias químicas de grado militar capaces de causar parálisis fulminante y adicción química severa, destruyendo vidas enteras fuera de los circuitos tradicionales del narcotráfico.
Los altos mandos y oficiales de la tropa guardaban un silencio tenso.
—Este caso fue asignado años atrás a divisiones tácticas anteriores sin éxito alguno; sin embargo, en esta fase operativa, ha recaído directamente bajo la jurisdicción de la unidad de élite del capitán Liam Kincaid, a la cual pertenezco con orgullo —continué, pasando a la siguiente diapositiva con los rostros de los objetivos.
Liam Kincaid tomó el relevo, cruzando los brazos sobre la mesa de caoba mientras evaluaba a los presentes con su habitual mirada calculadora.
—Asimismo, los protocolos dictaminan que la teniente Victoria Morgan actuará como el eje central de infiltración en dicha estructura criminal —anunció Liam con total naturalidad—. Hasta el día de hoy, ella ha logrado lo que ninguna otra división pudo, infiltrarse en el círculo íntimo de Marco Moretti, siendo la única agente capaz de fotografiar su rostro real, documentar sus operaciones y resistir sus chantajes directos. Por ende, será pieza clave dentro del grupo de asalto asignado para penetrar el club nocturno que la Camorra utiliza como fachada principal para sus operaciones de lavado de dinero en el sur de Europa.
—No lo considero ni prudente ni tácticamente viable —interrumpió de golpe el coronel Alec Cross, poniéndose de pie al fondo de la sala con el ceño fruncido y los ojos clavados en mí con una hostilidad palpable—. Esa teniente ya fue interceptada, chantajeada y llevada al borde de la muerte por el propio Moretti. Él conoce su rostro, sabe perfectamente a qué división pertenece y tiene claro que es un activo de la F.E.E.M. Exponerla nuevamente bajo los mismos términos es un error de novatos que no pienso autorizar.
—Si el coronel tiene tantas objeciones con mi perfil, supongo que la solución lógica es reasignarme a un frente donde mi rostro aún no sea familiar... como la 'Ndrangheta calabresa —solté con una mezcla de sarcasmo y fría profesionalidad, devolviéndole la mirada con la misma intensidad.
La expresión de Alec se ensombreció de inmediato; sus músculos se tensaron bajo el uniforme y su respiración se volvió pesada, como si mis palabras hubieran encendido una mecha invisible que amenazaba con volar la habitación entera. El ministro de seguridad pública, presente en la reunión, carraspeó con incomodidad y se puso de pie para zanjar el debate.
—Muy bien. Si la Camorra ya la tiene identificada, ajustaremos los movimientos globales —sentenció el ministro con voz solemne—. La teniente Morgan será infiltrada simultáneamente en las estructuras de la 'Ndrangheta y de la Camorra italiana. Escuchen bien los reportes de inteligencia, teniente Cole... Capitán Kincaid, la misión principal sigue en pie, pero ahora deben asegurarse de que la teniente Morgan posea la cobertura perfecta para operar en ambos frentes del crimen organizado italiano. Son las dos cabezas de un mismo monstruo.
—Así es, señor ministro —intervine de inmediato, proyectando los mapas tácticos renovados—. Salvatore Varone, líder indiscutible de la 'Ndrangheta, junto a los mandos de la Cosa Nostra siciliana, celebrarán la próxima semana una cumbre privada en Reggio Calabria con motivo del cumpleaños del patriarca de la familia Varone. Es el momento perfecto para golpear.
—Capitán Kincaid, prepare los expedientes y los pasaportes falsos de inmediato —ordenó el ministro con tono definitivo—. La teniente Morgan viajará a Italia bajo fachada profunda para preparar el terreno y permanecerá seis semanas en las entrañas de la organización de Salvatore Varone. Quedan desconvocados.
El coronel Cross no emitió ni una sola palabra de despedida. Dio media vuelta sobre sus talones y abandonó la sala de juntas a zancadas antes de que el ministro terminara de dar las últimas directrices. El capitán Kincaid dio por concluida la sesión y, sintiendo un peso enorme en el pecho, salí directo hacia el ala administrativa en busca de la oficina de Dante. Desde que había recibido el alta médica, lo había evitado olímpicamente, pero por decencia profesional y personal debía informarle que me ausentaría seis semanas enteras en territorio hostil europeo.
Al llegar a su despacho, empujé la puerta sin detenerme a tocar.
La escena que encontré congeló el aire en mis pulmones. La sargento Sabrina Danvers dio un salto de la silla con la respiración alterada, pálida como un fantasma, mientras intentaba abrocharse los botones superiores de la blusa. El rostro de Dante estaba encendido, bañado en sudor, con el pecho agitado y los ojos vidriados por la adrenalina del momento. Bajé la mirada de forma involuntaria y mi vista chocó contra el bulto evidente y marcado en la entrepierna de su pantalón táctico. Miré de nuevo a Sabrina, tenía el labial completamente corrido por las mejillas y el cabello revuelto.
No hizo falta decir una sola palabra. El grito silencioso de la traición me apuñaló el alma, pero lo que me sorprendió fue mi propia reacción, en lugar de desgarrarme en llanto o gritar como una histérica, una quietud helada y desoladora se apoderó de mí. Me di media vuelta con absoluta elegancia y caminé hacia la salida.
—¡Vic! ¡Mierda, espera un segundo, déjame explicarte! —rugió Dante, levantándose de golpe de la silla.
Lo ignoré por completo, caminando a paso firme por el pasillo. Sin embargo, sentí su mano aferrarse con fuerza a mi brazo para detenerme. Me zafé de su agarre con un movimiento seco de hombros y le bloqueé el paso con la mirada.
—Déjame en paz, Dante... —espeté con una voz tan fría que ni yo misma la reconocí.
—Escúchame amor, por favor, déjame explicarte lo que pasó... —suplicó él con desesperación en los ojos.
—No, no me llames así, y ahórrate las patéticas excusas —le corté con desprecio—. Estoy en horario laboral, Capitán, así que le sugiero que se vaya a arreglar el pequeño problemita que tiene en el pantalón —le señalé la zona con una sonrisa amarga—. Y quédese tranquilo, ya no tendrá que soportarme vigilando sus pasos ni fingiendo que tenemos un futuro. Puede respirar con calma y disfrutar de la sargento Sabrina Danvers sin que nadie lo interrumpa, porque me voy seis semanas a Italia en misión de infiltración.
La mención de Sabrina no era casualidad. Ella pertenecía nominalmente a la tropa de Liam Kincaid, lo que significaba que cruzaríamos caminos en el operativo. Aunque nunca fuimos amigas, su carácter siempre había sido glacial y distante conmigo, trabajar en equipo bajo esas circunstancias requeriría de un profesionalismo absoluto que dudaba que ella tuviera. Pero, al final del día, todo eso dejó de importarme en milésimas de segundo. Me dolía haber descubierto la infidelidad, sí, pero lo que más me humillaba era darme cuenta de lo estúpida que había sido al cargar con remordimientos de conciencia por unos simples besos con Alec, mientras el hombre con el que llevaba cuatro años de relación se revolcaba por el suelo de su oficina con otra a la primera oportunidad.
Dejé atrás el despacho de Dante y regresé a mi área asignada. Me senté frente a mi laptop y me dediqué a redactar los informes de la misión para enviárselos por correo encriptado a mi capitán y al coronel Cross, sumergiéndome en un aislamiento absoluto que hizo que ignorara el bullicio de la base. horas después, Megan y Katrina irrumpieron en la oficina con expresión de preocupación.
—¿Qué demonios pasa contigo y con mi capitán? —me soltó Megan de entrada, cruzándose de brazos frente a mi escritorio—. Todo el mundo en el pasillo dice que hay una vibra insoportable y que él está a punto de prenderle fuego a las instalaciones.
—¿De qué hablas, Megan? —respondí sin levantar la vista de la pantalla.
—De que está furioso, Victoria, y tú pareces de piedra. ¿Qué ocurrió entre ustedes?
—Lo descubrí besándose y a punto de acostarse con la sargento Sabrina Danvers dentro de su propia oficina —solté con total ligereza, como si estuviera comentando el clima.
—¡¿Qué?! —exclamó Megan llevándose las manos a la cabeza con horror—. ¿Y reaccionas así de tranquila, joder, amiga? ¡Te acaba de poner los cuernos en tus propias narices!
—¿De verdad estás bien de la cabeza, Vic? —me preguntó Katrina, y por primera vez su voz sonó genuinamente quebrada y protectora—. No tienes que fingir que eres de acero con nosotras.
—Estoy bien, chicas... de verdad —suspiré, cerrando la laptop con suavidad—. No pienso derramar una sola lágrima por Dante. No se lo merece. Además, mírenlo por el lado positivo, me voy seis semanas enteras a Italia, lejos de esta ratonera, a rodearme de capos de la mafia italiana y del mismísimo Salvatore Varone. ¡Voy a superar esta porquería a la fuerza!
Ambas soltaron una risa nerviosa pero auténtica. Nos quedamos platicando un buen rato mientras adelantábamos pendientes en el área de tenientes. En el proceso, Katrina terminó revelando un lado suyo completamente desconocido y vulnerable; nos confesó sin tapujos que en el pasado había pasado por la cama del coronel Alec Cross unas cuantas veces, pero que al entender las reglas del juego, saber que con un hombre así jamás habría compromiso, decidió poner distancia a tiempo. Aunque intenté disimularlo, una punzada extraña, filosa y molesta se clavó en la boca de mi estómago al escuchar aquello. Me obligué a ignorarla de inmediato... no debía importarme el historial de sábanas de Alec Cross, ni con quién se había acostado antes de que cruzara las puertas de la base.
—Deberíamos salir a beber algo esta misma noche para celebrar tu partida a Europa, te vas seis semanas y necesitamos despedirte como Dios manda —propuso Katrina con una sonrisa cómplice, mirando a Megan, quien asintió con entusiasmo de inmediato.
—¡Hecho! Esta noche nos vamos de fiesta las tres —exclamó Megan con energía.
—¿Fiesta y no me invitan? O sea que ya me sacaron oficialmente del grupo de amigos, qué bajo han caído —dramatizó el sargento Christian Frost apareciendo de la nada en el marco de la puerta, haciéndonos reír a carcajadas.
—Sabes perfectamente que eres más que bienvenido a unirte, Christian —le respondí con una sonrisa genuina.
Conseguí terminar de enviar todos los reportes operativos antes de que cayera la tarde. Recogí mis cosas dispuesta a marcharme a casa para arreglarme para la salida con los chicos, pero al salir al pasillo principal del ala norte, un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
El coronel Alec Cross caminaba directo hacia mí con paso decidido.
Contuve la respiración, esperando que pasara de largo con su habitual desdén. Sin embargo, en un movimiento rápido e imprevisto, me tomó del antebrazo con suavidad pero con firmeza, me arrastró hacia el interior de la sala de tenientes vacía y cerró la puerta de golpe con seguro. Las luces del techo estaban apagadas, pero los ventanales dejaban filtrar la pálida luz de los faros exteriores, iluminando sus ojos azules con un brillo hipnótico y salvaje que me robaba el aire de los pulmones. Ver esos ojos fijos en mí se había convertido peligrosamente en mi pasatiempo favorito y en mi perdición absoluta.
—No puedes ir a Italia... No me puedes dejar aquí maldita sea —me susurró con la voz ronca, acorralándome contra la pared mientras su cuerpo duro y caliente presionaba cada centímetro del mío.
—Es una orden directa del ministerio y una misión táctica, Coronel... Debo cumplir con mi deber —le contesté con un hilo de voz, incapaz de apartarme, absorbiendo su aroma a madera, tabaco y pólvora como si quisiera tatuármelo en la piel.
—Me vuelves completamente loco, Victoria... No voy a soportar seis malditas semanas con un océano de por medio y sin poder tocarte —murmuró él con desesperación, pegando su frente a la mía.
Sus palabras cayeron como plomo derretido sobre mi pecho, desatando un nudo asfixiante. Ese hombre me quería a su lado, mientras el hombre al que le había entregado cuatro años de mi vida me había apuñalado por la espalda con otra en las narices.
Ya no pude contenerme más. La verdad estalló en mis labios sin filtros....
—Dante me engañó... Lo encontré hace unas horas en su oficina con la sargento Sabrina Danvers —solté con los ojos cristalizados.
Alec se quedó helado un segundo; sus pupilas se dilataron y una furia asesina cruzó su rostro.
—¿Qué...? —escupió con incredulidad, con la voz temblando de rabia—. ¿Tan maldito idiota es como para mirar a otro lado, teniéndote a ti... una perfecta ninfa de ojos verdes que daría la vida por él? Es un imbécil sin remedio.
Sin darme margen para procesar sus palabras, sus manos se anclaron con posesión absoluta a mi cintura, pegándome tanto a él que no quedaba espacio entre nuestros cuerpos, y me besó. Fue un beso rudo, hambriento, desesperado, una descarga eléctrica que barrió con cualquier rastro de cordura que me quedaba. Su lengua se adueñó de la mía en un baile perfecto, salvaje y desesperado, como si el mundo fuera a acabarse en el próximo segundo.
—Te deseo con tanta fuerza que duele, me enloqueces, te quiero únicamente para mí, mi teniente... —me susurró entre besos ardientes sobre mis labios hinchados.
Cerré los ojos, me dejé vencer por el abismo y permití que las palabras fluyeran desde lo más hondo de mis entrañas, rindiéndome por fin ante la única verdad que ya no podía ocultar...
—Yo también... —le susurré con el aliento roto contra su boca—... También te deseo con toda el alma, Mi Coronel.