Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
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Capítulo 19 — Dormida en mi espalda
Ya llevábamos un buen rato de camino rumbo a Manizales. Yo iba concentrado manejando la moto, pendiente de la carretera y de que Lisseth estuviera bien.
Ella iba detrás de mí, abrazándome por la cintura.
Al principio iba hablando conmigo.
—Bebé, ¿cuánto falta?
—Todavía falta un ratico, pues.
—¿Mucho?
—Un poquito. Aguante ahí.
—Ay, es que estoy cansada.
Me reí.
—Pues duerma si quiere.
—¿Cómo voy a dormir en una moto?
—No sé, mija. Usted verá.
Ella soltó una risita.
—Bobo.
Seguimos avanzando.
El viento nos pegaba de frente y la carretera se iba haciendo cada vez más tranquila. Yo continuaba manejando con cuidado, mientras sentía que los brazos de Lisseth alrededor de mi cintura estaban cada vez más flojitos.
Al principio pensé que simplemente estaba cansada.
Pero después de unos minutos me di cuenta de que prácticamente no se movía.
Miré de reojo, sin dejar de prestar atención al camino, y me di cuenta de que se había quedado dormida apoyada en mi espalda.
—Ay, esta muchacha —murmuré riéndome.
Seguí unos metros más, pero empecé a preocuparme.
No quería que se cayera.
Busqué un lugar seguro para detenerme y frené despacio. Cuando la moto estuvo completamente detenida, apagué el motor.
Me giré un poco.
—Mi amor...
Lisseth no respondió.
—Mi amor, despierta.
Ella abrió los ojos lentamente.
—¿Qué pasó?
—Se quedó dormida.
—¿Yo?
—Sí, pues. Venía dormida en mi espalda.
Lisseth se acomodó y se pasó una mano por el cabello.
—Ay, bebé, es que tengo mucho sueño.
—Ya me di cuenta.
Ella bostezó.
—Perdón.
—No tiene que pedir perdón. Pero se podía caer, y ahí sí, ¿qué hago yo?
—Ay, no. Yo estaba bien agarrada.
—Pues sí, pero uno nunca sabe. Mejor despierta un ratico.
Lisseth me miró con cara de sueño.
—¿Cuánto falta para llegar?
—Todavía falta. Pero cuando lleguemos a la finca duerme todo lo que quiera.
Ella sonrió.
—¿De verdad?
—Claro, mi amor.
—Entonces sigamos.
Me puse nuevamente en posición para manejar.
—Pero esta vez no se me duerma.
—Voy a intentar.
—No, no. Nada de intentar. Usted despierta.
—Bueno, pues.
Encendí la moto y continuamos el camino.
Lisseth volvió a abrazarme, pero esta vez apoyó la cabeza con más cuidado sobre mi espalda.
—¿Estás cómoda? —pregunté.
—Sí.
—Bueno.
Pasaron unos minutos.
—Bebé.
—¿Qué?
—¿Cómo es tu finca?
—Grande.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Pues tiene animales, cultivos, la casa, los potreros... de todo un poquito.
—¿Y tu mamá sabe que voy?
—Claro. ¿Cómo no va a saber? Si hasta habló con vos por videollamada.
—Ay, sí. Tu mamá fue muy querida conmigo.
—Ella está contenta de conocerte.
—¿Y tus hermanos?
—También saben de usted. Aunque mi hermano Miguel seguramente va a querer hacerle mil preguntas.
Lisseth soltó una pequeña carcajada.
—¿Y tu hermana Viviana?
—Ella es más tranquila. Pero también es curiosa.
—Me da nervios conocerlos.
—¿Por qué?
—Porque son tu familia.
—Pues no se preocupe. Usted va conmigo.
—Ay, bebé.
Continuamos avanzando mientras hablábamos.
Después de un rato, el cansancio volvió a aparecer en Lisseth. Sentí que su cabeza empezaba a apoyarse otra vez sobre mi espalda.
—Lisseth...
—¿Sí?
—No se duerma.
—No estoy dormida.
—Todavía.
Ella se rio.
—Estoy intentando mantenerme despierta.
—Pues hable conmigo.
—Bueno. ¿Qué querés que te diga?
—Lo que sea.
—Pues... te quiero mucho.
Sonreí.
—Yo también te quiero mucho.
—¿Y sabes qué?
—¿Qué?
—Estoy feliz de irme contigo.
Sentí una sonrisa en mi rostro.
—Yo también estoy feliz de tenerla conmigo.
La carretera seguía delante de nosotros y todavía faltaba camino por recorrer, pero ya no me importaba cuánto demoráramos.
Solo quería llegar tranquilos.
Y, sobre todo, quería que Lisseth llegara bien a la finca.
—Aguante un poquito más, princesa —le dije—. Cuando lleguemos, puede dormir todo lo que quiera.
—Bueno, bebé.
Y seguimos nuestro camino hacia Manizales.