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Me Enamoré Del Padre De Mi Prometido

Me Enamoré Del Padre De Mi Prometido

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo

NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18 — Una verdad a medias

El amanecer llegó gris y silencioso. Cristóbal había alquilado un coche sin rastro, y tomamos carreteras secundarias, alejándonos de las rutas habituales, sin hablar mucho, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Llegamos a una casa pequeña, de paredes blancas y techo de tejas rojas, rodeada de jardines descuidados, a las afueras de la ciudad. El aire olía a tierra mojada y hierba seca.

—Es aquí —susurró Cristóbal, deteniendo el coche a unos metros de la puerta—. Recuerda: no digamos demasiado al principio. No sabemos si nos escucha, si confía en nosotros… o si tiene miedo.

Tocamos el timbre. Minutos después, la puerta se abrió lentamente. Apareció un hombre anciano, encorvado por los años, con el cabello blanco y la mirada cansada, que nos examinó sin decir palabra. Reconocí en él la misma prudencia que había visto en las fotos antiguas.

—Señor Gutiérrez —dijo Cristóbal, con voz suave—. Soy Cristóbal Alarcón. Necesito hablar con usted. Es sobre mi padre. Sobre Leonardo.

El hombre apretó los labios, miró a ambos lados del camino y luego nos hizo una seña rápida para que entráramos.

—Rápido —murmuró—. No quiero que me vean hablando con nadie.

La casa era pequeña, llena de muebles viejos y un olor fuerte a madera vieja y medicinas. Nos hizo pasar a una sala sencilla y cerró la puerta con doble cerrojo antes de sentarse frente a nosotros.

—Hace años que nadie me pregunta por esos tiempos —dijo, frotándose las manos artríticas—. Pensé que todo se había quedado en el pasado.

—No lo ha hecho —le dije, con voz firme—. Mi madre murió hace poco. Y creemos que su muerte está conectada con lo que pasó con Leonardo. Con lo que usted vio.

Gutiérrez se quedó inmóvil, y una sombra de dolor cruzó su rostro.

—María Elena… —susurró—. Era una buena mujer. Nunca mereció lo que le tocó vivir.

—¿Sabe qué le pasó? —preguntó Cristóbal, inclinándose hacia adelante—. ¿Sabe qué pasó con Leonardo? Mi padre siempre dijo que se fugó. Pero los registros que encontramos… dicen otra cosa.

El anciano miró hacia la ventana, como si buscara en la memoria imágenes de hace décadas.

—Lo que vi… nunca se lo conté a nadie —empezó lentamente—. Su padre, señor Alarcón, me hizo jurar silencio. Dijo que si hablaba, mi familia pagaría las consecuencias. Y yo… tenía hijos pequeños. No podía arriesgarlos.

—Lo entendemos —le dije suavemente—. Pero ahora podemos protegerlo. Y la verdad… la verdad ya no puede quedarse callada.

Gutiérrez asintió, tomó aire y comenzó a hablar, con voz temblorosa pero clara:

—Leonardo no se fugó. Descubrió que su socio —su padre, Cristóbal— estaba haciendo negocios ilegales. Sobornos, contratos falsos, dinero que entraba por caminos oscuros. Leonardo quiso denunciarlo. Le dijo que no podía seguir así, que destruiría a todos. Y entonces… su padre lo amenazó. Le dijo que si hablaba, María Elena —que estaba embarazada de ti, Jessica— sufriría las consecuencias.

Sentí un nudo en la garganta. Todo encajaba.

—¿Y él qué hizo? —preguntó Cristóbal.

—Se fue —respondió Gutiérrez—. No tuvo opción. Le dieron un ultimátum: desaparecer y nunca volver, o ver cómo la mujer que amaba y su hija recién nacida eran destruidas. Así que se marchó. Pero no se fue con las manos vacías. Antes de irse, copió todos los registros. Guardó cada prueba, cada número, cada nombre. Y se los entregó a María Elena. Le dijo que los protegiera, que algún día serían necesarios.

—¿Los documentos que encontramos? —pregunté—. ¿La caja?

—Exacto —asintió él—. Ella los guardó toda su vida. Esperando el momento adecuado para hablar. Pero el momento nunca llegó. Tenía miedo. Cada vez que intentaba acercarse a alguien, recibía amenazas. Y entonces… enfermó. O eso nos dijeron.

—¿Usted cree que no fue enfermedad? —preguntó Cristóbal, con voz tensa.

El anciano bajó la mirada, y sus manos temblaron sobre sus rodillas.

—No soy médico. No puedo decirlo con seguridad. Pero lo que sí sé es que días antes de que muriera, ella vino a verme. Estaba asustada. Me dijo que alguien la estaba vigilando. Que los documentos habían desaparecido de su casa y luego volvieron, pero no en el mismo orden. Me dijo que Cedric la había presionado para que le entregara todo lo que tenía de Leonardo. Y que ella… se había negado.

El silencio llenó la habitación. Cedric. No solo había continuado los negocios sucios de su abuelo. Había ido más allá. Había perseguido a María Elena hasta el final.

—¿Sabe dónde está Leonardo ahora? —pregunté, con la esperanza latiéndome débilmente en el pecho.

Gutiérrez negó lentamente, con tristeza.

—Nunca supe. Se fue sin dejar rastro. Algunos dicen que huyó al extranjero. Otros… otros dicen que no llegó muy lejos. Que su socio no cumplió su palabra. Que se deshizo de él para asegurarse de que nunca hablara.

Cristóbal se llevó una mano a la cara, visiblemente afectado.

—Mi padre… hizo todo eso. Por dinero. Por poder. No le importó destruir una familia.

—El poder corrompe —dijo Gutiérrez con amargura—. Y cuando se mezcla con la ambición, no hay límites. Pero hay algo más que debo decirles. Algo que quizás no quieran oír.

Se detuvo, mirándonos con inquietud.

—Valeria… la esposa de Cristóbal. Ella sabía. Su familia siempre estuvo conectada con los negocios turbios del suegro. Valeria se casó con Cristóbal en parte para vigilar que nada de lo oculto saliera a la luz. Cuando ella se fue… fue porque descubrió que Leonardo había dejado pruebas. Y sabía que tarde o temprano saldrían. Por eso ha vuelto ahora. No es casualidad. Vino a recuperar lo que cree que le pertenece. O a destruir las pruebas antes de que salgan.

Me quedé helada. Todo lo que habíamos visto, todo lo que habíamos sospechado… era cierto. Valeria no era una aliada. Era parte del mismo juego desde el principio.

—Deben tener mucho cuidado —concluyó el anciano, poniéndose de pie—. Todos ellos están conectados. Cedric, Valeria, Julieta… todos tienen algo que ganar si ustedes callan. Y algo que perder si hablan. Tengan cuidado. La verdad es peligrosa. Y hay quienes matarían por ella.

Lo acompañamos a la puerta, con la cabeza llena de respuestas y también de nuevas preguntas. Cuando salimos al coche, el cielo se había oscurecido aún más.

—Todo encaja —dije, con voz baja—. Valeria no vino por casualidad. Julieta trabaja con ellos. Cedric… él es el verdadero heredero de todo lo sucio de su familia.

—Y yo… —Cristóbal apretó el volante con fuerza— yo llevé a todos esos personas a tu vida. Los dejé acercarse a ti. Lo siento, Jessica. Con toda mi alma, lo siento.

Lo miré, y vi en él no solo dolor, sino también determinación.

—No es tu culpa —le dije—. Pero ahora sí sabemos la verdad. Y no podemos permitir que sigan ganando.

Él asintió, arrancando el coche.

—No lo haremos. Pero ahora que sabemos todo… debemos ser más cuidadosos que nunca. Si Valeria sabía todo desde el principio… entonces estamos más solos de lo que creíamos.

Pero mientras conducíamos de regreso, yo no podía dejar de pensar en una cosa: Gutiérrez nos había dicho mucho, pero no todo. Había una pausa, una duda en su mirada, como si ocultara algo más. Algo demasiado grande para pronunciarlo. Y esa sospecha se quedó conmigo, pegada a mi pecho, mientras el camino nos llevaba de vuelta a la boca del lobo.

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Mirla Loyo
va pues, la mansión era la de Cristóbal, la mamá vivía en otra casa más humilde y ahora sale la autora que era de la madre donde se criaron las hermanas 🤣🤣y entonces xq vivía Cristóbal ahí? porque Jessica se salió y dejó a ésa gente que no es na' de ella en su casa?🤷‍♀️
Mirla Loyo
descubrieron las cláusulas del testamento?🤷‍♀️..si ya la sabían! 🤦‍♀️
Mirla Loyo
el mayordomo?.. según fué empleado del papá de Cristóbal hace más de 30 años 🤔
Mirla Loyo
no entiendo, saben que tienen espías dentro de la casa y se quedan igual, dónde se a visto que en la lectura de un testamento estraños que no aparecen en el documento estén presentes?🤷‍♀️.. cuando lo leyó la única heredera era Jessica, puesto que es el dinero de su verdadero padre, que tiene que ver la otra?🤦‍♀️
Mirla Loyo
para. entender, será que el papá de Cristóbal le contó al nieto y le dejó a cargo la empresa?.. solo así se justifica que sea el y no Cristóbal quién se está haciendo cargo de la empresa 🤔
Ruth Stella Osorio
gracias muy bonita su novela
🥀 NovelasQueAtrapan: muchas gracias por tu apoyo y tu puntuación ☺️
total 2 replies
Ruth Stella Osorio
Muy bien 💯
Mirla Loyo
no estoy entendiendo es nada 🤣me parece una historia ilógica y descabellada, .. porque el que está dirigiendo la empresa es un mocoso y no Cristóbal, porque el nieto sabe una historia del pasado y el hijo no 🤔
Mirla Loyo
no entiendo..en un caso así se supone que quién dirige la empresa es el padre, el que sabría ésa historia pasada sería el padre..acá no dicen las edades, pero el hijo debe estar por los 20 años de edad 🤔🤷‍♀️
Mirla Loyo
si esa no era la casa de la madre, que hacía ahí?🤔
Ruth Stella Osorio
A luchar por lo. q dejó la mamá
Ruth Stella Osorio
Muy interesante gracias
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