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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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CAPÍTULO 3: Advertencias Bajo la Luz de las Velas

​El crujido de la madera seca de las escaleras secretas resonaba en el pasadizo mientras las hermanas ascendían de prisa hacia el área residencial del castillo. Aria apresuraba el paso, ajustándose la capa sobre los hombros, mientras escuchaba los pisotones indignados de su hermana menor justo detrás de ella.

​Apenas cruzaron el panel tapizado de lienzo que conectaba con la sala privada de la princesa, Lyra empujó la puerta de roble y la cerró con un golpe seco que retumbó en la estancia.

​—¡Es insólito! ¡Completamente insólito! —exclamó Lyra, quitándose la capucha con brusquedad y arrojando su mantilla sobre un diván de terciopelo verde—. ¡Te busqué por todo el distrito de artesanos, Aria! ¡Llegué a pensar que un grupo de corsarios o mercenarios extranjeros te había reconocido y te tenía acorralada en algún muelle! Estaba a un segundo de buscar al capitán de la guardia.

​—Lyra, por favor, baja la voz. Los sirvientes de pasillo podrían oírte —suplicó Aria en voz baja. Se directed al peinador de caoba, colocó los nudillos sobre la superficie pulida y respiró hondo para intentar calmar los latidos desbocados de su pecho.

​Pero en el espejo ovalado, el reflejo no mentía. Tenía las mejillas encendidas en un carmesí intenso, los labios húmedos y ligeramente entreabiertos, y en sus ojos grises brillaba un destello chispeante que Lyra jamás le había visto en toda su vida.

​La menor de las princesas frunció el ceño. Se acercó despacio, cruzándose de brazos, y se inclinó sobre el hombro de Aria en el reflejo.

​—Un momento... Conozco esa mirada —dijo Lyra, reduciendo el tono pero intensificando el dramatismo de sus palabras—. Esa no es la mirada de alguien que se perdió en un callejón buscando flores. Es la mirada de alguien a quien le han cambiado el mundo de lugar. ¿Dónde estabas, Aria? Y lo más importante: ¿con quién estabas?

​Aria bajó la vista hacia sus propias manos. Los temblores de angustia que la habían martirizado durante semanas habían desaparecido. En su lugar, un cosquilleo tibio recorría las yemas de sus dedos.

​—En un pequeño parque, a tres calles de la verja del mercado —murmuró Aria, incapaz de sofocar una pequeña sonrisa—. Y no estaba sola. Estaba con un joven.

​—¿Un joven? —repetió Lyra con indignación creciente—. ¿Un habitante del pueblo? ¿Un marinero? ¿Un sirviente de alguna comitiva extranjera?

​—Se llama Erik —respondió la princesa soberana en un hilo de voz que transmitía una ternura casi pavorosa—. No sé su apellido. Tampoco sé de qué ciudad procede ni a qué gremio pertenece. No quiso decírmelo, y yo tampoco le revelé quién soy. Nos sentamos en un banco de madera a conversar... y el tiempo pareció evaporarse. Lyra, jamás había hablado con alguien que entendiera tanto el peso de las expectativas. Es culto, respetuoso y tiene una voz que te transmite una paz inquebrantable.

​Lyra se llevó ambas manos al rostro y soltó un quejido desesperado. Se dejó caer pesadamente sobre el borde de la gran cama real, mirando al techo pintado del aposento.

​—Aria, escucha las locuras que estás diciendo —dijo la menor, irguiéndose y mirando a su hermana con absoluta seriedad—. Faltan seis días para que te coronen Reina de Arendor. En seis días el arzobispo colocará sobre tu cabeza la corona de tus ancestros y jurarás proteger a esta nación ante el Consejo y ante el pueblo. No eres una aldeana que puede permitirse el lujo de enamorarse en un parque de un hombre sin nombre ni pasado.

​—No dije que estuviera enamorada... —intentó defenderse Aria, girándose hacia ella.

​—¡Tus ojos lo dicen por ti! —interrumpó Lyra con firmeza, levantándose y tomando las manos de su hermana mayor—. Piensa por un instante con frialdad. Arendor está lleno de delegaciones extranjeras en este momento. Reyes, duques, condes y estrategas políticos de diez naciones distintas han venido a la coronación. ¿Un desconocido apuesto que se esconde en un parque solitario a las afueras del mercado y se niega a dar su apellido? ¡Es el perfil perfecto de un espía, un cazatalentos de la corte rival o un oportunista que busca debilidades en la corona!

​—Él no es un espía —afirmó Aria con una rotundidad que sorprendió a ambas—. Lo sabría si intentara manipularme. Había una verdad absoluta en cada palabra que pronunció.

​—Los manipuladores más peligrosos son los que parecen más verdaderos —advirtió Lyra con amargura—. Estás exhausta, asustada por tu propia magia y desesperada por encontrar una válvula de escape antes de asumir el trono. Ese hombre pudo haber visto tu vulnerabilidad. Si te dejas llevar por tus emociones y ese sujeto resulta ser un peligro para la corona, las consecuencias para Arendor serán devastadoras. No puedes volver a ver al tal Erik. Te lo exijo no como tu súbdita, sino como tu hermana que te ama.

​Aria miró las velas que parpadeaban sobre las arañas del techo. La advertencia de Lyra era lógica, prudente y completamente sensata desde la perspectiva del estado. Sin embargo, en la profundidad de su pecho, la magia de su sangre vibraba con un tono distinto: el recuerdo de la calidez de la mano de Erik disipando el frío de sus temores era algo que ninguna lección de política podía borrar.

​—Solo será hasta el día de la coronación —dijo Aria con voz suave pero inquebrantable—. Solo unos días más, Lyra. Por favor. Déjame conservar este pequeño rincón de mi vida antes de entregársela por entero al trono. Te prometo que seré cautelosa.

​Lyra observó la determinación firme en la mirada de su hermana. Sabía que cuando Aria tomaba una decisión desde el corazón, ni todo el ejército de Arendor podía hacerla cambiar de parecer. Soltó un largo suspiro de resignación y le apretó los dedos con cariño.

​—Si ese desconocido te rompe el corazón o resulta ser una amenaza... yo misma me encargaré de que pague por ello —amenazó Lyra en tono medio en broma, medio en serio—. Pero mantén la guardia alta, Aria. Por lo que más quieras en este mundo, no te entregues a ciegas.

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