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UNA VUELTA PROHIBIDA

UNA VUELTA PROHIBIDA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:559
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.

Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.

Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 13 ECOS DE VICTORIA Y SOMBRAS

El aire en la zona de celebración vibraba con una energía que parecía no tener fin: olía a champán recién descorchado, a asfalto caliente, a la mezcla de sudor y perfume de cientos de personas, y a esa sensación única de haber ganado una batalla que dura unas horas pero se prepara meses. Las luces de los focos recorrían la zona, brillando sobre los trofeos, los trajes de carreras y las caras iluminadas de emoción.

Bajaron del podio Charles y Carlos, con los rostros todavía encendidos por el esfuerzo y la alegría, y yo me acerqué con los brazos abiertos.

—¡Lo hicieron increíble! —exclamé al abrazarlos, sintiendo los cuerpos de ambos todavía tensos por la adrenalina, el corazón latiéndoles fuerte contra el mío—. ¡Muchas felicidades a los dos!

Carlos me sostuvo unos segundos más, con una mano apoyada suavemente en mi espalda y el trofeo descansando en la otra. Sus ojos oscuros brillaban con una calidez especial cuando me miró.

—Tú eres la que nos trajo la suerte, Mara —dijo con voz baja, solo para nosotros—. Desde que llegaste, todo encaja de otra manera.

Y acercándose despacio, me dio un beso suave y respetuoso en la mejilla, dejando una sensación cálida que se quedó en mi piel mucho tiempo después. Charles me apretó el hombro con fuerza, con esa sonrisa radiante que rara vez se le ve cuando las cámaras no están puestas sobre él.

—Ganamos los tres —dijo con sinceridad—. Tú estuviste ahí cada segundo, guiándome. Sin ti no lo hubiera logrado.

—Así es como debe ser —respondí riendo, secándome una lágrima que se me había escapado—. ¿Y ahora? ¿Seguimos celebrando?

—¡Claro que sí! —gritó él con entusiasmo—. Vamos a hacerlo bien.

Justo en ese momento vi aparecer a Gael. Bajaba las escaleras del podio con paso tranquilo, firme, sin prisa. Llevaba su trofeo en la mano derecha, y aunque sus facciones no mostraban euforia, tampoco se veían amargas. Al cruzar la mirada conmigo, una sonrisa leve, casi imperceptible, apareció en sus labios: era cortesía, sí, pero había algo más, un reconocimiento silencioso que solo nosotros dos podíamos entender.

—Muchas felicidades por ese tercer puesto —le dije al acercarme, manteniendo la voz serena y el gesto natural.

Él soltó una risa baja y breve, miró a Charles un instante y luego volvió a posar sus ojos en mí.

—Gracias. Fue una carrera muy cerrada. Así es esto —dijo con esa calma que nunca lo abandona—. Nos vemos en China.

Volvió a mirar a Charles.

—¿Listo para el siguiente?

—Ahí estaremos —respondió Charles—. Del trece al quince de este mes.

Gael volvió a mirarme, inclinando apenas la cabeza.

—¿Y tú? ¿Ya sabes cómo va todo?

—La verdad es que apenas me estoy enterando —admití con una risa suave—. Soy nueva en todo esto. Todavía no entiendo bien cómo funcionan los viajes, las fechas, todo.

—Pregúntale a Elena —sugirió él con esa voz directa y sin rodeos—. Por lo general entregan unas tarjetas a todo el personal que viaja con la escudería, para cubrir traslados y estancia. Ella te lo explicará mejor que nadie.

—Lo haré —asentí.

—Y esta noche —intervino Charles —, pasamos por ti. ¿Qué te parece? Iremos a un lugar tranquilo pero con ambiente, para celebrar como se debe.

—Me parece perfecto —dije—. Allí los espero.

—Te aviso un rato antes —dijo Charles—, pero ten en cuenta que será un antro, música alta, gente, nos quedaremos hasta tarde. Así que ponte algo cómodo y bonito. Y te prometo que en las entrevistas diré todo lo que hiciste.

—No necesito que me des nada —le respondí con una sonrisa—, pero gracias por tenerme en cuenta.

Me dirigí a la oficina de Elena Moretti. Al entrar, ella levantó la vista de los documentos que revisaba y me hizo una seña para que me sentara.

—¿Qué sucede, Mara?

—Quería preguntarte sobre los viajes y cómo funciona todo —expliqué—. Todavía no me queda claro.

Ella apoyó los codos en el escritorio y me miró con atención.

—Es muy sencillo. La tarjeta que te entregué sirve para todos los desplazamientos oficiales: vuelos, hoteles, comidas durante la carrera. Todo lo que sea personal, cualquier compra que no tenga que ver con el trabajo, se descuenta directamente de tu sueldo. ¿Entendido?

—Perfectamente —respondí—. Entonces con esa tarjeta puedo viajar mañana mismo hacia China sin problemas?

—Así es —confirmó ella—. Todo está coordinado.

—Me gusta mucho cómo funciona todo —dije con sinceridad—. Me gusta este trabajo.

—Una cosa más —añadió ella con una media sonrisa—. Elige una fotografía de las que te tomaron hoy: en el panel de control, cuando celebraron, o cuando estuviste con el equipo. La que más te guste. Vamos a publicarla para presentarte oficialmente como estratega.

—¿De verdad? —me ilusioné—. Déjame verlas todas. Tú tienes buen ojo, Elena, ayúdame a elegir.

Salí de la oficina y mientras caminaba hacia el hotel revisé las imágenes en mi teléfono. Una me llamó la atención al instante: estaba de pie, mirando directamente a la cámara con una sonrisa tranquila, y detrás mío se veía todo el equipo, mecánicos, ingenieros, auxiliares, todos juntos, como un gran respaldo humano. Había otra donde saltaba de alegría cuando Charles cruzó la meta, y otra donde hablaba por los auriculares con la mirada fija y concentrada.

Luego busqué las entrevistas que habían salido. Ahí estaba Charles, con el micrófono en la mano y una sonrisa sincera.

—Este triunfo —decía con voz clara— se lo dedico a Mara. Es la estratega más joven que hemos tenido, pero también una compañera excepcional. Ha sabido leer la carrera mejor que nadie.

Los periodistas le hacían preguntas sobre mí, sobre mi edad, cómo había llegado ahí, y él respondía con orgullo, contando mis logros y defendiendo mi trabajo. Sentí una calidez inmensa en el pecho, como si por fin estuviera exactamente donde debía estar.

Al llegar a mi habitación me senté un momento, respiré hondo y luego me puse de pie para arreglarme. Saqué un vestido corto, de tela suave que caía bien sobre el cuerpo: tenía un escote en forma de U en el cuello que caía suavemente hacia adelante, y toda la espalda descubierta. Me lo puse, me calcé unos tacones finos, me colgué una cadena delgada y unas pulseras que brillaban con la luz, y dejé mi cabello suelto, cayendo en ondas naturales sobre mis hombros. Me miré al espejo y me sentí lista: lista para la fiesta, lista para lo que viniera.

A las diez de la noche sonó el teléfono. Era Carlos.

—Ya estoy abajo —dijo—, nos adelantamos un poco, pero ya llegué.

Bajé y subí a su auto. Llegamos al lugar y la música nos recibió desde la puerta: ritmo fuerte, luces que cambiaban de color, gente animada, risas por todos lados. Al entrar nos rodearon de inmediato: amigos del equipo, conocidos, gente que quería saludar a los pilotos, tomarse fotos, felicitarlos. Me presentaron a todos como parte del triunfo, me integraron en los brindis, en las bromas, en las canciones que cantábamos todos juntos. Bailamos hasta que nos dolieron los pies, reímos hasta que nos faltó el aire, y por un rato olvidamos las reglas, las rivalidades y los colores.

Cuando decidimos volver, caminé un poco tambaleándome, con la cabeza ligera por la alegría y unas copas de más. Carlos me sostuvo con mucha delicadeza, sin soltarme hasta que llegamos a la puerta de mi habitación.

—Que descanses mucho, Mara —dijo con voz suave—. Te mereces todo esto y más.

—Gracias por todo —respondí con una sonrisa cansada.

Entré en la habitación, cerré la puerta y no tuve fuerzas para caminar hasta la cama. Me deslicé despacio hasta quedar sentada en el suelo de la entrada, recostando la espalda contra la pared, todavía con el vestido puesto y la sonrisa en los labios. Desde afuera escuché la risa baja y amable de Carlos antes de alejarse.

 

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Ana Gonzalez
más capitulos excelente novela ❤️
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