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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Tres días después, Valentina aprendió dos cosas sobre la Usad'ba.

La primera: no había puertas sin ojos.

Podía parecer que un pasillo estaba vacío, que una escalera de servicio se había quedado abierta, que un guardia miraba hacia otro lado. Siempre había una cámara, un reflejo en un vidrio, un hombre respirando detrás de una puerta, una sombra que se movía antes que ella.

La segunda: Nikolái cumplía sus amenazas con una paciencia insoportable.

No la golpeó.

No la arrastró de vuelta al sótano.

No le gritó.

Eso no lo hacía menos peligroso. Solo lo volvía más difícil de odiar de forma limpia.

El brazo de Valentina empezó a sanar bajo los vendajes de Sokolov. Los cólicos pasaron. El miedo no. Ese se le quedó instalado debajo de las costillas, especialmente por las noches, cuando el cuerpo recordaba el rugido de Zar y la silla cayendo sobre el concreto.

Preguntó por Dani cada mañana.

La primera vez, Borís bajó la mirada y dijo:

—No tengo autorización para responder, señorita.

La segunda, Sokolov fingió revisar el vendaje con más atención de la necesaria.

—Mi trabajo es su brazo.

—Mi brazo no está en una comisaría.

—No —admitió el doctor—. Pero usted sí está bajo mi cuidado mientras esté aquí.

—Qué alivio. Me siento cuidadísima.

La tercera vez, le preguntó directamente a Nikolái durante el desayuno. Él estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono en ruso. Valentina esperó a que colgara y dejó la taza sobre la mesa con demasiado cuidado.

—Quiero saber si Dani está vivo.

—Está vivo.

—Quiero hablar con él.

—No.

—Entonces quiero llamar al consulado.

—Ya hablaste con tu abuela.

Valentina apretó la servilleta sobre las rodillas.

La llamada a Abuelita Carmen había durado tres minutos y cuarenta segundos. Nikolái estuvo en la misma habitación todo el tiempo. No dijo una palabra, no la tocó, no necesitó hacerlo. Su silencio pesaba al lado del teléfono como una pistola sobre la mesa.

Valentina dijo que estaba instalada, que las clases empezarían pronto, que Dani ya volvía a México por asuntos de trabajo. Abuelita Carmen notó algo. Claro que lo notó.

—Tina, ¿estás comiendo bien?

Valentina miró a Nikolái.

—Sí, Abue.

—¿Y estás tranquila?

La mentira le raspó la garganta.

—Sí.

Después de colgar, vomitó en el baño sin que nadie la viera. O creyó que nadie la veía, hasta que encontró una botella de agua y una toalla limpia junto a la puerta cinco minutos después.

No sabía si agradecer eso o odiarlo.

Yelena apareció al tercer día, cuando Valentina estaba sentada en la biblioteca fingiendo leer un libro en ruso que sostenía al revés.

—Te esfuerzas mucho para parecer tranquila —dijo la rubia en español.

Valentina no bajó el libro.

—Y tú te esfuerzas mucho para parecer importante.

Yelena sonrió.

—Dani preguntó por ti.

El libro se cerró de golpe.

—¿Qué sabe de Dani?

—Lo suficiente. —Yelena caminó entre los estantes, tocando los lomos de libros que seguramente no le importaban—. Los hombres buenos se cansan más rápido que los malos, mexicana. Los buenos necesitan una razón para quedarse. Los malos solo necesitan una obsesión.

—Si vino a darme consejos, puede tragárselos.

—Vine a decirte que cuando tu amigo elija salvarse, no hagas una escena vulgar.

Valentina se puso de pie.

—Sal de aquí.

Yelena se inclinó apenas hacia ella.

—Esta casa no es tuya.

—Tampoco tuya, por lo que escuché.

La bofetada no llegó porque Borís apareció en la puerta.

—Señorita Sorokina —dijo con voz plana—. El Pakhan pidió que no molestaran a la señorita Solís.

Yelena miró a Borís como si fuera un mueble que había aprendido a hablar.

—El Pakhan pide muchas cosas.

—Y yo suelo cumplirlas.

Yelena se fue con una sonrisa fina. Valentina se quedó en la biblioteca con una frase clavada en la cabeza: cuando tu amigo elija salvarse.

Por eso, cuando Nikolái entró al dormitorio la mañana del cuarto día, Valentina ya tenía miedo antes de oír el destino.

La mañana del cuarto día, Nikolái entró al dormitorio sin tocar.

Valentina estaba sentada junto a la ventana, dibujando sobre una servilleta con un lápiz que había robado de la bandeja del desayuno.

—Vístete.

Ella no levantó la vista.

—Buenos días a usted también, secuestrador.

—Vamos a la comisaría.

El lápiz se detuvo.

Valentina sintió que el corazón le daba un golpe seco.

—¿Dani?

—Lo verás una vez.

Se puso de pie tan rápido que la silla raspó el piso.

—¿Está bien?

—Camina.

—Eso no es estar bien.

—Respira.

—Tampoco.

Nikolái la miró.

—Si quieres verlo, no discutas cada palabra.

Valentina apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

—Lo quiero ver.

—Entonces vístete.

En el clóset había ropa de invierno nueva. Valentina eligió lo menos parecido a una muñeca cara: pantalón oscuro, suéter gris, botas. No aceptó el abrigo de piel que colgaba junto a la puerta. Tomó uno negro de lana, simple, y se recogió el cabello con manos torpes.

En el auto, Nikolái se sentó a su lado. Sasha conducía. Ninguno habló durante los primeros veinte minutos.

Valentina rompió el silencio.

—¿Va a retirar los cargos?

—Sí.

La respuesta fue tan rápida que ella desconfió más.

—¿Por qué?

—Porque dije que lo haría.

—Usted también dijo que no había consulado que me salvara.

—Y sigo teniendo razón.

Valentina miró por la ventana. La ciudad apareció poco a poco, gris y húmeda, con gente caminando como si el mundo fuera normal. Quiso abrir la puerta y gritar que la ayudaran. Luego recordó a la policía bajando la mirada frente a Nikolái.

—¿Qué tengo que decir? —preguntó.

—Nada.

—Siempre quiere que diga algo.

—Hoy quiero que escuches.

La comisaría tenía la misma frialdad de la última vez. Los pasillos olían a café recalentado y papel. Valentina siguió a Nikolái con las manos metidas en los bolsillos para que no se notara cuánto temblaban.

Un oficial abrió una puerta.

Dani estaba del otro lado.

Valentina olvidó respirar.

Tenía el labio partido, una sombra morada cerca del pómulo y la misma chamarra del día de la catedral, arrugada, sucia en un hombro. Pero estaba de pie. Entero. Vivo.

—Val.

Ella dio un paso.

Nikolái le cerró el paso con un brazo.

—Tres metros.

Valentina giró hacia él.

—No sea miserable.

—Tres metros.

Dani levantó las manos despacio.

—Está bien. Val, está bien.

No estaba bien. Nada estaba bien.

Un policía permanecía en la esquina. Sasha junto a la puerta. Nikolái a su lado, dueño de la sala, del aire y del tiempo. Dani entendió la escena de inmediato. Su mirada fue a Valentina, luego a Nikolái, luego otra vez a Valentina.

Y cambió.

No mucho. Apenas un endurecimiento. Una decisión.

—Nimitztlazohtla, xicchihua —dijo Dani.

Nikolái no reaccionó.

Sasha tampoco.

Valentina sí.

La frase le abrió una puerta vieja en la memoria: una vecina de la infancia, Doña Meche, enseñándoles palabras en náhuatl mientras ellos comían paletas de limón en la banqueta. Dani, con ocho años, repitiendo mal todo y jurando que algún día hablaría "como guerrero de película". Doña Meche riéndose y corrigiéndolo.

Nimitztlazohtla, xicchihua.

Confía en mí.

Los ojos de Valentina se llenaron de lágrimas.

—Dani...

Él sonrió apenas.

Y entonces la traicionó.

—No llores —dijo en español, más fuerte, para que todos entendieran—. No vale la pena.

Valentina se quedó quieta.

—¿Qué?

Dani apartó la mirada.

—Ya se acabó. Te dije lo que querías oír porque estaba asustado, ¿sí? Porque ese hombre me tenía contra la pared. Pero no voy a seguir fingiendo.

Nikolái se inmovilizó a su lado.

Valentina oyó el cambio en la respiración de Sasha, mínimo.

Algo estaba mal.

Dani siguió.

—Yo no vine a Rusia por ti. Vine porque pensé que podía sacar algo. Tu beca, tus contactos, lo que recuperaste de tus tíos. Siempre fuiste fácil de convencer cuando alguien te hablaba bonito.

El dolor no entró como cuchillo.

Entró como agua helada.

Valentina sabía que era mentira. La frase en náhuatl era la llave. Dani le estaba diciendo que confiara, que actuara, que había algo detrás.

Pero saberlo no evitó que doliera.

Porque las palabras tenían la forma exacta de sus miedos.

Fácil de convencer.

Vendida por sus tíos.

Seguida por un hombre que sabía todo de ella.

—Cállate —dijo.

Dani tragó saliva. Siguió mirando un punto junto a su hombro, no sus ojos.

—No eres especial, Val. Solo eres una niña con trauma que cree que pintar la vuelve interesante.

Valentina sintió que las lágrimas le bajaban aunque no quería dárselas a nadie.

Nikolái giró la cabeza hacia Dani.

Su voz bajó.

—Cuida lo que dices.

Dani soltó una risa fea, falsa, rota por dentro.

—¿Ahora te importa? Quédatela. A mí ya me cansó.

Valentina dio un paso hacia él.

Nikolái la sujetó del antebrazo sano.

—No.

Ella lo miró.

—Suéltame.

—No.

—¡Suéltame!

Dani cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, volvió a decir, muy bajo, tan bajo que quizá solo ella lo oyó:

—Xicchihua.

Confía.

Valentina dejó de forcejear.

El golpe emocional seguía ahí, pero debajo apareció otra cosa. Dani no estaba rompiéndola por crueldad. Estaba actuando una escena que alguien había escrito para ellos.

Y si alguien había escrito una escena, alguien necesitaba que ella la creyera.

Yelena.

El nombre se le encendió como una vela negra.

La puerta de la sala se abrió de golpe.

Un oficial gritó en ruso desde el pasillo.

Luego sonaron disparos.

Sasha salió primero, arma en mano.

Nikolái soltó a Valentina para girar hacia la puerta.

Dani se movió en ese mismo segundo.

La agarró de la muñeca y tiró de ella hacia la salida lateral.

—¡Ahora!

Valentina corrió.

No porque creyera que Dani la había salvado.

Corrió porque por primera vez en días, la trampa no venía solo de Nikolái.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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