Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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PRÓLOGO
Dicen que los acuerdos se hacen con palabras escritas en papel, con firmas que comprometen, con promesas que se dicen mirando a los ojos bajo la luz del día.
Pero hay pactos más antiguos, más fuertes, que se sellan en el alma mucho antes de que naciéramos, y que ni el paso implacable del tiempo, ni la distancia que separa mundos, ni siquiera la muerte misma son capaces de borrar ni de romper.
Hace cinco años, un muchacho de apenas quince años miró a la chica que amaba con toda la fuerza de su corazón joven, le entregó un objeto brillante que guardaba el secreto de su unión y le dio su palabra con una certeza que no dejaba lugar a dudas:
Volveré.
No importa lo que pase, no importa cuánto tarde, ni por qué caminos tenga que ir.
Volveré, y seremos uno de nuevo, tal como lo prometimos.
Y entonces se fue, dejando tras de sí solo su recuerdo grabado en cada rincón, una promesa que flotaba en el aire y dos esferas de cristal que brillaban en la oscuridad como ojos que nunca se cierran, vigilando que nada se perdiera.
Ella esperó.
Día tras día, noche tras noche, mantuvo su palabra.
Cuidó su recuerdo como el tesoro más valioso que existía, crió con amor infinito a los frutos de ese amor que nadie creyó que pudiera continuar, y siguió mirando esas esferas preguntándose en silencio si algún día volvería a verlo cruzar la puerta.
Pero el destino tiene formas extrañas, casi crueles a veces, de cumplir lo que está escrito.
A veces no envía un aviso claro, no abre una puerta de golpe, no dice con voz fuerte quién es quién.
A veces construye caminos que parecen ir en dirección totalmente opuesta, hace que aceptemos lo que creemos que no queremos, y nos lleva hasta donde debemos estar sin que nos demos cuenta de nada.
Hoy, una nueva etapa comienza con un papel sobre una mesa, con una firma que compromete el futuro, con un nombre que no suena conocido ni guarda ningún recuerdo.
Una unión que nadie eligió por amor, arreglada por otros, decidida por circunstancias que ella no entiende.
Ella cree que acepta un deber que no puede rechazar, una carga que le toca llevar.
Él sabe que cumple un destino que ha esperado durante años, el único motivo por el que ha vuelto.
Ninguno de los dos sospecha que ese extraño que ahora debe compartir su vida no es un desconocido en absoluto.
Que los ojos verdes que la miran desde el otro lado de la mesa son los mismos que la miraron con quince años, llenos de sueños y de esperanza.
Que la mano que ahora debe tomar en matrimonio es la misma que le prometió que nunca la soltaría, pase lo que pase.
Y allí, en el rincón más tranquilo de la casa, donde nadie suele poner atención, las dos esferas de cristal brillan más fuerte que nunca, con una luz que late como un corazón.
Porque la promesa no se rompió, no se perdió, no se olvidó.
Solo se escondió tras un nombre nuevo, tras un rostro que ha cambiado con el tiempo, esperando el momento justo para revelarse.
Nada es casualidad.
Ni el acuerdo que parece impuesto, ni el encuentro que parece obligado, ni los nombres que parecen distintos.
Todo es parte de lo que se prometió hace mucho tiempo, cuando dos almas se juraron no separarse jamás.
Esta es la historia de lo que sucede cuando el amor no conoce nombres nuevos, ni de rostros diferentes, ni de olvidos.
Esta es la historia de cómo incluso lo que parece ser el final de todo, es solo el comienzo de lo que se prometió cumplir.
Esta es la historia del regreso de la promesa.