El Destino de la Sangre Mestiza
En un mundo fracturado por una guerra milenaria entre criaturas de la noche, Selene es lo que todos temen y nadie debería existir: una híbrida. Heredera del fuego carmesí y la fuerza indomable de los lobos Alfa, vive escondiendo la mitad de su naturaleza en las sombras. Pero cuando una antigua profecía se desata y el Primer Híbrido despierta para devorar el continente, la única forma de salvar su hogar es pactar con el enemigo.
Valerius es el despiadado y letal príncipe de la Casa de las Sombras. Un vampiro noble que se mueve en la oscuridad con una fría elegancia, educado para odiar a la especie de Selene. Sin embargo, cuando la magia ancestral amenaza con destruirlo todo, se ve obligado a luchar codo a codo con la única mujer capaz de acelerar su frío corazón.
Entre batallas sangrientas contra dioses olvidados, traiciones de la Inquisición humana y secretos ocultos bajo el mar, una atracción peligrosa e inevitable florece entre la fiera y el vampiro.
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Las tierras muertas del norte.
Capítulo 19: Las Tierras Muertas del Norte.
El viaje hacia la Cordillera de las Cenizas fue una marcha contra el tiempo. Tras tres días de travesía ininterrumpida a través de páramos congelados y bosques marchitos, el ejército compuesto por la vanguardia de Lycan y las sombras de Valerius llegó a las fronteras del territorio sagrado.
El paisaje era desolador. La nieve no era blanca, sino que caía en agregados de ceniza gris sobre una tierra agrietada que supuraba un vapor púrpura. La vegetación había muerto al instante, convertida en estatuas de carbón por el aura del Primer Híbrido.
—El ambiente está impregnado de miasma primordial —advirtió Valerius, ajustándose la máscara de cuero que cubría la mitad de su rostro mientras caminaba al lado de Selene—. Desgasta la magia de sangre y enloquece los sentidos del lobo. Mantén tu mente enfocada.
Selene dio un paso adelante, sintiendo cómo sus sentidos sobrehumanos luchaban por adaptarse. El olor a azufre y sangre rancia era sofocante, pero en medio de la podredumbre, su instinto detectó algo más: un rastro de vida.
—Hay supervivientes —murmuró Selene, señalando un campamento en ruinas al pie de la montaña.
Al acercarse, descubrieron que no eran soldados, sino un batallón entero de la Gran Inquisición Humana. Las tiendas de campaña estaban destrozadas, los estandartes dorados pisoteados en el barro y decenas de caballeros yacían sin vida, con los ojos abiertos en un gesto de horror absoluto. No tenían heridas de espada ni garras; sus cuerpos habían sido disecados desde el interior, como si algo les hubiera succionado toda la vitalidad en un segundo.
En el centro de la matanza, apoyado contra una carreta destruida, un joven oficial humano respiraba con agonía. Tenía la armadura partida y la gema de su espada rota.
Lycan se acercó a paso lento, con las garras afuera por si era una emboscada, pero Selene lo detuvo levantando la mano. La chica se arrodilló frente al humano herido y le colocó la palma en el pecho, canalizando una fina capa de fuego carmesí para mitigar el dolor del hombre.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Selene con voz firme pero calmada.
El oficial abrió los ojos con dificultad. Al ver las pupilas doradas y rasgadas de Selene, el pánico atravesó su rostro, pero el calor alivió su agonía.
—El... el Gran Inquisidor... estaba loco —susurró el hombre, escupiendo un hilo de sangre—. Creyó que el artefacto de control funcionaría... Creía que podía someter al devorador...
—¿Dónde está esa cosa ahora? —intervino Valerius, apareciendo tras Selene como una sombra helada.
—En la cima... en el altar de las runas —el soldado agarró la manga de Selene con desesperación—. No es un híbrido como tú, chica... No tiene alma. Es un pozo sin fondo. Absorbió la magia de nuestros brujos y se dirigió a las ruinas del templo ancestral... Busca el corazón del mundo.
Antes de que Selene pudiera hacer más preguntas, el cuerpo del soldado tembló violentamente. Sus venas se tornaron de un negro azabache y, con un último suspiro, su vitalidad se evaporó en el aire, transformándose en una columna de humo negro que ascendió rápido hacia la cima de la montaña.
Selene se puso en pie, limpiándose las manos. Miró hacia la cumbre nevada, donde una gigantesca cúpula de energía violeta y dorada giraba como un ojo gigante en el cielo.
—Nos está esperando —dijo Selene, ajustándose la armadura—. Y ya sabe que estamos aquí.