Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Cuando terminó de acomodar toda la ropa en la canasta, Ariana la llevó al cuarto de almacenamiento del local. Poco después, se asomó al umbral de la puerta y llamó a sus dos gemelos.
—Sí, mami, ¿qué pasa? —preguntó Rayan acercándose a su madre junto con Zayan.
Ariana les entregó una camiseta blanca holgada y un pantalón deportivo negro de Ramiro, olvidados la semana anterior durante su visita.
—Llévenle esto al señor Edgar.
Al instante, los labios de Rayan y Zayan se estiraron en una sonrisa enorme. Lo entendieron todo: tras esa frialdad, su madre todavía guardaba cariño y preocupación por el padre de ambos.
Los gemelos salieron corriendo con la muda de ropa hacia Edgar.
—¡Papá! Toma, esto te lo manda mami... Cámbiate y báñate adentro, ¡así no te resfrías! —dijo Zayan, tendiéndole la ropa lleno de entusiasmo.
Edgar la recibió con un brillo feliz en la mirada. Un calor le recorrió el pecho al saber que Ariana aún se preocupaba por él.
—Gracias, campeón —respondió con gratitud, y se encaminó al baño del local.
Mientras Edgar se aseaba, a los gemelos ya les rugía el estómago: no habían comido nada desde la tarde. Al verlos con tanta hambre, Ariana encendió la pequeña estufa de la cocina del local para recalentar el pollo guisado que había traído de casa.
Al mismo tiempo, Larisa recogía sus cosas para despedirse; nana Meche no se sentía bien en casa.
—Bueno, me voy ya —dijo Larisa, lanzándole una mirada traviesa a Ariana—. Como está aquí el papá de los gemelos, me quedo tranquila dejándote con los niños.
Enseguida se acercó y le susurró al oído:
—No seas tan brava, Ari... Pobre tu galán, que al final se te va a espantar. Un hombre de edición limitada como ese no se desperdicia. ¡Qué suerte la tuya, conseguir a un tipo así, maduro, con todo resuelto, el sueño de cualquier mujer! —soltó Larisa, con una risita pícara.
Ariana no pudo más que resoplar hondo y negar con la cabeza, resignada ante la cháchara de su hermana.
—Ya, apúrate y vete, que tu mamá te debe estar esperando desde hace rato, Lara... Ten cuidado en el camino —replicó Ariana, disimulando su incomodidad.
Larisa apenas había desaparecido tras la puerta cuando la del baño se abrió despacio. Edgar salió con la camiseta blanca y el pantalón negro. Aunque vestido con sencillez, el aura de atractivo y aplomo de aquel hombre maduro seguía irradiando con fuerza.
En la cocina del local, unida a una pequeña mesa de madera con cuatro sillas, Edgar encontró a sus dos hijos ya sentaditos. Los ojos les brillaban ante el vapor del pollo guisado que Ariana acababa de retirar de la estufa.
—¡Papá! ¡Ven, siéntate acá! Vamos a comer... ¡Justo este guisado de mami es el más rico del universo entero! —lo aduló Rayan, exagerando un poco para romper la tensión.
Ariana, al oír el elogio, le clavó a Rayan una mirada fulminante, para que no atizara el ambiente. Pero el niño solo le devolvió una sonrisita sin una pizca de culpa.
Ante esa escena, a Edgar se le escapó una sonrisa leve. Se acercó y tomó asiento justo al lado de los gemelos. Aquel hombre sabía muy bien que la presencia y las travesuras de sus hijos eran una oportunidad de oro que no podía dejar pasar para derribar el muro de hielo que Ariana levantaba en su corazón.
El ambiente en aquella mesa de madera humilde se volvió de pronto intensísimo. Ariana quedó sentada justo frente a Edgar, separados apenas por un tazón de pollo guisado que aún humeaba. El pecho le latía sin control. Aquel hombre le resultaba, en el fondo, un desconocido, y sin embargo había torcido el rumbo entero de su vida ciento ochenta grados.
—¡Vamos, papá, prueba la comida de mami! —exclamó Zayan, rompiendo la rigidez mientras pasaba un muslo de pollo al plato de su padre—. Este es mi pedazo favorito, y te lo doy a ti, ¡cómetelo!
Para no quedarse atrás, Rayan, sentado junto a su hermano, también deslizó su muslo de pollo al plato de Edgar.
—¡El de Rayan también es para papá!
Ante la escena, Ariana se quedó atónita un instante. La garganta se le cerró. Detrás del muro de defensa que siempre alzaba tan alto, sabía perfectamente cuánto anhelaban sus gemelos la figura de un padre. Ramiro había sido muy cercano a ellos y los quería como si fueran suyos, cierto; pero la presencia de la sangre auténtica de Edgar Alcázar parecía encajar por fin la pieza que le faltaba al rompecabezas de la vida de los gemelos.
Edgar se llevó el trozo de pollo a la boca y lo masticó despacio, con gesto de puro disfrute.
—Vaya... ¡qué delicia este guisado! —dijo, con voz grave. Sus ojos se posaron con suavidad en Ariana.
Las miradas de ambos se cruzaron un segundo en el aire. Un cosquilleo extraño le sacudió el pecho a Ariana, y la mujer desvió al instante la vista hacia otro lado para ocultar la incomodidad.
Cuando los cuatro terminaron de cenar juntos, Edgar contempló los platos vacíos sobre la mesa. Sus labios dibujaron una sonrisa cálida, rebosante de una felicidad que nunca antes había sentido.
Así que... esto es tener una familia. Cálida y en paz. Quisiera que cada día fuera así, para siempre..., se dijo Edgar por dentro, conmovido.
Apenas terminaron de comer, los gemelos se levantaron de golpe de sus sillas.
—Bueno, papá... mami... Es hora de que ustedes dos conversen a solas y aclaren todos los malentendidos de estos años —soltó Rayan con aire de adulto, cruzándose de brazos—. Zayan y yo nos vamos a jugar al porche, de paso cuidamos el local.
Zayan se sumó, apuntando con su dedito índice hacia Ariana:
—¡Cuidadito, mami! ¡No vuelvas a regañar a papá!
Antes de que su madre pudiera protestar, los gemelos ya salían disparados hacia la puerta entre risas. Ariana los miró irse sin poder creerlo: los dos hijos que había criado con tanto sacrificio ahora salían en defensa de su padre biológico, al que apenas conocían de unos días.
Ariana se dio media vuelta y le lanzó a Edgar una mirada intimidante, con los ojos afilados clavados directamente en él.
—¿Qué les ha hecho usted a mis hijos? —le exigió.
Lejos de amedrentarse, Edgar recostó la espalda en el respaldo de la silla y esbozó una sonrisa encantadora que realzaba aún más su atractivo.
—No les hice nada —respondió tranquilo—. Simplemente... ellos saben que un buen hombre como yo merece que lo defiendan. Cuidado, no se vaya a enojar otra vez como hace un rato, o nuestros hijos la van a regañar.
Al oír aquel "nuestros hijos" deslizarse con tanta naturalidad de los labios de Edgar, un estremecimiento sutil volvió a recorrerle el pecho a Ariana. Una sensación desconocida, un calor extraño brotó de pronto y la obligó a girar el rostro para esconder el ligero rubor que empezaba a subirle a las mejillas.
Continuará...