Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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Capítulo 10: La sombra del rey ausente
La luz tenue de la mañana siguiente iluminaba la suite principal, revelando las secuelas de una noche marcada por la frialdad implacable de Alexander. A pesar del grave estado de su herida y de los intensos dolores que hacían tensar cada músculo de su torso, él no había permitido que la debilidad detuviera sus exigencias. Para Alexander, el contrato no se pausaba por una sutura ni por la fiebre; impulsado por una mezcla de dominación, orgullo y la urgencia de cumplir la cláusula del heredero, había tomado a Elena sin espacio para la ternura, ignorando sus lágrimas silenciosas y el temor que la consumía.
Elena permanecía acurrucada en un extremo de la cama, cubierta hasta los hombros con la sábana de seda, sintiendo el cuerpo pesado y la mente sumida en un estado de entumecimiento absoluto. Tenía los ojos hinchados de llorar en silencio durante la madrugada, mirando fijamente la puerta del vestidor de donde provenían ruidos de movimiento.
Alexander salió vistiendo un traje oscuro impecable. Aunque caminaba con una rigidez imperceptible y su rostro lucía ligeramente más pálido de lo habitual debido al esfuerzo, su porte continuaba siendo imponente y calculador. Ajustó los gemelos de plata de sus puños sin mostrar un solo rasgo de arrepentimiento.
El sonido de la puerta principal abriéndose interrumpió el sofocante silencio. Marcus ingresó a la estancia con una expresión de extrema gravedad, cargando un maletín de documentos confidenciales y una tableta de comunicaciones.
—Señor Vance, los vehículos blindados están listos en el helipuerto privado —informó Marcus en voz baja, evitando mirar hacia la cama donde Elena intentaba hacerse invisible—. La situación con los socios europeos y la junta directiva en el extranjero ha alcanzado un punto crítico tras la filtración del ataque a los puertos. Si no se presenta en persona para tomar el control de la sede en Europa, el consejo intentará congelar sus activos.
Alexander no cambió la expresión. Tomó su abrigo de paño negro y se lo colocó sobre los hombros con elegancia.
—Los vuelos están coordinados. Nos vamos de inmediato —ordenó Alexander.
Luego, giró su helada mirada hacia la cama. Se acercó a paso lento hasta quedar al borde del colchón, observando la figura frágil de Elena.
—Me ausentaré un mes —sentenció con voz grave y terminante—. Surgieron asuntos operativos en el exterior que requieren mi presencia absoluta para aplastar la rebelión de la junta. Durante mi ausencia, no saldrás de los límites de esta propiedad. Las órdenes de seguridad siguen vigentes al triple.
Elena no respondió; se limitó a apretar la sábana contra su pecho con dedos temblorosos, bajando la vista para evitar esos ojos oscuros que le causaban un pánico visceral.
Alexander se inclinó levemente hacia ella. La proximidad de su figura y el aroma a su costoso perfume mezclado con el antiséptico de su herida hicieron que la joven contuviera el aliento.
—Si el doctor Ramírez confirma tu embarazo durante estas semanas, Marcus me lo informará de inmediato —continuó Alexander, con una frialdad desprovista de cualquier calidez humana—. Si intentas escapar o comunicarte con alguien ajeno a la casa, la guardia tiene órdenes de encerrarte en el sótano. Comportate como la Sra. Vance.
Sin añadir una sola palabra más, Alexander dio media vuelta. Marchó junto a Marcus a través de la doble puerta de la suite, escuchándose el eco de sus pasos apresurados alejándose por el pasillo hasta que el ensordecedor rugido de las hélices de un helicóptero comenzó a resonar desde los jardines traseros de la propiedad.
A los pocos minutos, el estruendo del motor se fue alejando en la distancia hasta desaparecer por completo, dejando la inmensa mansión sumida en un silencio sepulcral.
Elena se dejó caer sobre las almohadas, dejando escapar un sollozo ahogado que había guardado en la garganta. La casa se sentía inmensa, fría y vacía. Aunque la partida de Alexander le otorgaba un respiro momentáneo frente a su presencia intimidante, la certeza de estar prisionera en aquella jaula de cristal durante todo un mes —con la constante zozobra de saber si llevaba en su vientre al heredero exigido en el contrato— comenzaba a tejer una pesadilla psicológica aún más profunda.