Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.
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Capitulo 2: Lo que el Fuego no puede quemar
Pasaron tres meses desde la primera noche en que Kate no le pidió que se fuera. Blanck aprendió a contar el tiempo distinto desde entonces — ya no en misiones cumplidas para Ray X, sino en las noches que lograba escaparse hasta The Hero sin que nadie notara su ausencia.
El pueblo, poco a poco, dejaba de parecer ruinas. Las casas que Kate reconstruía con sus propias manos ya tenían techo. Los niños que sobrevivieron al ataque volvían a correr entre las calles sin mirar hacia atrás con miedo cada dos pasos. Y Blanck, sin proponérselo del todo, se había convertido en parte de ese paisaje — el dragón que nadie en Kaiyo sabía que existía, el hombre que en The Hero ya tenía nombre propio en vez de título.
—Deberías dejar de traer comida cada vez que vienes —le dijo Kate una noche, mirando la cesta que él había dejado sobre la mesa sin decir nada—. La gente va a empezar a preguntarse de dónde sale.
—Diles que la conseguiste comerciando.
—Nadie comercia con dragones celestiales, Blanck.
—Entonces diles que tienes un admirador con muy mal gusto para los regalos.
Kate no sonrió — casi nunca lo hacía —, pero algo en la forma en que bajó la mirada le dijo a Blanck que la broma había aterrizado exactamente donde quería.
Esa noche, sentados junto al mismo fuego de siempre, Kate habló de algo que nunca antes había mencionado.
—Tuve una hermana.
Blanck no dijo nada. Sabía, por instinto, que interrumpirla sería el peor error posible.
—Se llamaba Ysa. Más pequeña que yo, mejor con la lanza de lo que yo sería jamás. —Kate miraba el fuego sin verlo del todo—. Cuando llegaron los soldados de Ray X, la primera vez, antes de que tú aparecieras, ella se quedó a cubrir la retirada de los niños del pueblo. Yo debí quedarme con ella. No lo hice.
—Kate...
—No busco que me digas que no fue mi culpa. Ya me lo he dicho a mí misma mil veces, y no ha servido de nada. —Se giró hacia él, los ojos secos, la voz firme incluso en algo tan roto—. Solo quería que lo supieras. Por qué no confío fácil. Por qué cada vez que alguien con tu tipo de poder se me acerca, una parte de mí sigue esperando que sea el mismo tipo de traición otra vez.
—No lo será.
—No puedes prometer eso.
—No —admitió Blanck—. Pero puedo elegirlo, cada día, hasta que dejes de dudarlo.
Kate no respondió. Pero por primera vez, dejó que él le tomara la mano sin apartarla.
El peligro llegó, como suele hacerlo, cuando menos lo esperaban.
Keila, la Dragona Celestial de Agua, lo interceptó a medio camino de regreso a la base de Ray X, con esa calma inquebrantable que la caracterizaba entre los siete.
—Cinco misiones seguidas en la misma zona, sin un solo reporte de sometimiento completo. —No era una acusación. Era, casi, una invitación a explicarse—. Empiezo a preguntarme qué es exactamente lo que estás sometiendo ahí, Blanck.
—El terreno es más complicado de lo que parece.
—El terreno no te hace sonreír cuando crees que nadie te mira.
Blanck se quedó en silencio un instante de más — suficiente para que Keila supiera que había acertado. Ella lo observó largo rato, sin ningún juicio evidente en el rostro.
—No voy a decir nada —dijo, al fin—. Pero deberías saber que no soy la única con ojos en este ejército. Y no todos los que noten lo que yo noté van a quedarse callados como yo.
—¿Por qué guardarías mi secreto?
Keila lo miró con algo parecido a la tristeza — una emoción rara en cualquiera de los siete.
—Porque hace mucho tiempo que no veía a ninguno de nosotros sonreír por algo que no fuera destrucción. —Se dio la vuelta, empezando a alejarse—. Cuídate, Blanck. Y cuida bien lo que sea que encontraste ahí. Ray X no perdona lo que no puede controlar.
Esa noche, Blanck no pudo dormir. La advertencia de Keila le pesaba de una forma que ningún combate le había pesado jamás — porque por primera vez en su existencia como dragón, tenía algo real que podía perder.
Cruzó hacia The Hero antes del amanecer, sin anunciarse, y encontró a Kate despierta, afilando su lanza junto a la puerta de su casa, como si llevara toda la noche esperando algo sin saber qué.
—Es muy temprano hasta para ti —dijo ella, sin levantar la vista del arma.
—Alguien sabe de nosotros.
Eso sí la hizo detenerse.
—¿Quién?
—Una de los otros dragones. No va a decir nada. Pero dijo que no es la única que ha notado algo raro. —Blanck se acercó, la voz más baja de lo normal—. Si Ray X llega a enterarse...
—Lo sé. —Kate dejó la lanza a un lado, y por primera vez desde que se conocían, fue ella quien acortó la distancia entre ambos—. Llevo meses sabiéndolo. Cada noche que te vas, pienso que podría ser la última vez que te vea entero.
—¿Y aun así no me pediste que dejara de venir?
—Lo intenté. —Una risa breve, casi amarga—. No funcionó.
Blanck la miró, el fuego de su propia naturaleza ardiendo bajo la piel sin necesitar activarse, y por primera vez desde que la conoció, no dudó ni un segundo.
La besó.
No fue un gesto medido, ni planeado — fue el tipo de cosa que solo pasa cuando el miedo a perder algo se vuelve más fuerte que el miedo a arriesgarlo. Kate no se apartó. Al contrario: lo sostuvo del rostro con ambas manos, como si quisiera asegurarse de que fuera real, de que no era otra pérdida a punto de escapársele entre los dedos.
Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos dijo nada durante un largo rato. No hacía falta.
—Esto va a traer problemas —dijo Kate, finalmente, sin ningún arrepentimiento en la voz.
—Ya los tenemos.
—Entonces supongo que unos cuantos más no cambian nada.
Blanck sonrió, y por primera vez en toda su existencia como Dragón Celestial de Fuego, sintió que había encontrado algo que valía más que cualquier misión que Ray X pudiera ordenarle jamás.
Lo que ninguno de los dos sabía era que esa misma noche, en algún punto de la base de Ray X, alguien más había empezado a hacer preguntas — preguntas que, tarde o temprano, llegarían a oídos de quien menos convenía que las escuchara.
Continuará...