Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 18: Eclipsando la noche
Victoria Morgan.
Me detuve un segundo frente al espejo de cuerpo entero de mi alcoba, ajustándome con suavidad el bolso de diseñador bajo el brazo mientras contenía la respiración. Mi reflejo me devolvió una imagen que apenas parecía mía, pero que me empoderaba de pies a cabeza, un vestido corto de terciopelo negro se ceñía a mi figura con una precisión impecable, moldeando cada curva de forma minimalista pero peligrosamente desafiante. Deslicé los dedos por la fina cadena dorada que brillaba ajustada justo por encima de la gargantilla oscura de mi cuello, asegurándome de que cada detalle estuviera perfectamente en su sitio. Al bajar la vista, mis botas altas de piel negra, con un tacón de aguja intimidante, me recordaban con cada cambio de peso que esa noche no iba a ser una espectadora, sino la dueña absoluta del juego. Con la coleta alta despejando mi rostro, marcando mis facciones y dejando al descubierto mis intenciones, me sonreí a mí misma en el cristal. La noche pertenecía enteramente a mí, y estaba más que lista para salir a reclamarla.
Salí de la habitación y bajé los escalones de la entrada con paso firme y elegante. Al llegar a la planta baja, me encontré de frente con una estampa que me cortó la respiración...
Alec me esperaba apoyado contra el marco. Vestía una camisa de botones de manga larga en un profundo tono vino, ligeramente desabrochada en el cuello, combinada con unos pantalones negros de corte impecable y zapatos oscuros. Verlo así, desprovisto del uniforme militar y de la rigidez de la base, lo hacía lucir jodidamente peligroso y diez veces más atractivo de lo que ya era. Al verme descender, una chispa de absoluta devoción encendió sus ojos azules. Sonrió ladeando el rostro y extendió su mano hacia mí con una galantería inesperada.
—Definitivamente, debería obligarte a quedarte aquí conmigo en casa y evitar que salgas a la calle a recordarle al mundo lo jodidamente perfecta que estás —su voz ronca resonó en mi oído con un susurro áspero que me hizo estremecer de pies a cabeza.
—Lo mismo podría decir de ti, Coronel... pero tenemos una cita pendiente con mis amigos y no podemos hacerlos esperar —le respondí con una sonrisa desafiante, mientras le tendía el abrigo cruzado en tono vino que llevaba doblado en el brazo.
—Sabes perfectamente que van a jodernos toda la noche por haber venido combinados del mismo maldito color, ¿verdad? —me recriminó con diversión, ayudándome a ponerme el abrigo.
—Es solo cosa del destino o de las extrañas casualidades de la vida, mi Coronel —le susurré rozando mi hombro con el suyo mientras salíamos de la casa.
horas antes antes de subir al auto, y venir aquí a casa, lo obligué a detenerse un momento en la sala de tenientes. No era el lugar ni el momento ideal, para nada, ya que sentía la necesidad imperiosa de ver a mis compañeros antes de volar a Italia en dos días y desaparecer del mapa por seis largas semanas. Además, terminé convenciendo a Alec de acompañarme al antro con una condición... aceptó bajo el acuerdo secreto de que los dos días libres que el ministro me había concedido antes de partir le pertenecerían en exclusiva a él. Acepté sin titubear, entregándome al abismo sin saber exactamente qué clase de monstruo estábamos despertando.
Nos subimos a su imponente Ferrari negro y volamos hacia la zona exclusiva en el centro de Londres, donde se concentraban los clubes nocturnos más selectos y privados de la ciudad. Durante todo el trayecto, Alec no dejó de mirarme de reojo; sus ojos zafiro recorrían con una lentitud desesperante cada centímetro de mi cuerpo expuesto por el vestido.
Pensé en cómo habría reaccionado Dante si me hubiera visto vestida así... me habría gritado que una dama de mi categoría no debía exhibirse de esa manera, intentando controlarme. En cambio, el hombre que conducía a mi lado me hacía sentir poderosa, deseada y, sobre todo, segura de mí misma, mirándome como si en ese instante no existiera absolutamente nada más en el mundo.
El auto se detuvo con elegancia frente a la entrada del club, cuyas luces de neón filtraban destellos hipnóticos hacia la calle. Alec descendió de inmediato, me abrió la puerta con una caballerosidad innata y le entregó las llaves al valet parking sin apartar su mano de mi cintura. Me guió con firmeza entre la multitud hasta un acceso privado custodiado por dos escoltas. Subimos por unas escaleras alfombradas hacia la planta alta, directos al área VIP.
En la penumbra del reservado, iluminado únicamente por luces ambientales en tonos verdes, rojos y azules, vi a mis amigos reunidos alrededor de unos cómodos sofás de cuero negro. En la mesita de centro brillaban varias botellas de whisky escocés, coñac y hieleras con cristal cortado. En cuanto cruzamos la cortina de acceso y me quitué el abrigo, los gritos de emoción no se hicieron esperar.
—¡Por Dios bendito, Victoria! ¡Estás ardiendo, amiga mía! —exclamó Megan poniéndose de pie de un salto para abrazarme.
—¡Te ves absolutamente preciosa! —secundó Katrina con una sonrisa radiante.
A unos metros de ellos, alcancé a ver a Dante sentado con la mirada fija en mí, con una expresión de frustración contenida; a su lado, la sargento Sabrina Danvers intentaba mantener una postura neutral.
En ese momento, Alec pasó con elegancia a mi lado, tomó con delicadeza el abrigo que llevaba en las manos como si fuera lo más natural del mundo, y caminó hacia donde Christian y Liam lo esperaban para ofrecerle un trago de bienvenida. Dejó mi prenda acomodada con cuidado en el respaldo de un sillón antes de aceptar el vaso de whisky.
—Cuéntanos... ¿Cómo es eso de que llegaron juntos al antro? —me preguntó Katrina en un tono cómplice, acercándose a mi oído con una sonrisa traviesa—. Y hey, que conste que no me molesta en absoluto. No soy esa clase de mujer prejuiciosa.
—Nos cruzamos saliendo de la base al terminar los turnos —mentí con absoluta naturalidad, encogiéndome de hombros—. Le comenté que venía a reunirme con ustedes, se ofreció a pasar por mí y no le vi nada de malo a aceptar el aventón.
Las chicas asintieron, dándome tregua. Poco después se unió Marco al grupo con una ronda de chupitos, y la noche comenzó a tomar ritmo. Bebimos, a excepción de Megan, reímos y nos lanzamos a la pista de baile a desfogar toda la tensión acumulada de las últimas semanas. Katrina, por mera decencia profesional y cortesía, había invitado a Sabrina a unirse al reservado, pero ella declinó la invitación con una excusa seca y se mantuvo distante. Christian no tardó en unirse a nosotras en la pista de baile, moviéndose al ritmo de la música electrónica, mientras Liam y Alec nos observaban sentados cómodamente en los sofás. A pesar de que Liam intentaba conversar con él sobre algo, la mirada de Alec estaba clavada exclusivamente en mí, siguiendo cada uno de mis movimientos con la intensidad de un depredador.
Hacia la medianoche, sintiendo que el aire en la pista empezaba a escasear por el calor y la aglomeración, me alejé de mis amigos para buscar el baño de mujeres en la planta alta. Me lave las manos, respiré hondo para despejar el alcohol que ya comenzaba a nublarme ligeramente los sentidos y salí al pasillo privado.
Para mi desgracia, Dante estaba allí, esperándome recargado contra la pared con los brazos cruzados.
—Ya basta con este jueguito de mierda, Victoria... Deja de hacerlo —me soltó con la voz tensa.
—¿Hacer qué exactamente, Dante? —pregunte con fastidio, cruzándome de brazos y ladeando la cabeza.
El alcohol en mi organismo empezaba a hacer estragos placenteros, disolviendo los pocos filtros que me quedaban, y la verdad es que me importaba un bledo su opinión.
—Si esta es tu patética forma de castigarme por lo de Sabrina, ya entendí el mensaje, ¿sí? —espetó intentando acortar la distancia entre nosotros en medio del volumen ensordecedor de la música—. Salgamos de aquí ahora mismo y arreglemos nuestros problemas de pareja como adultos en casa.
—Esto no es ninguna venganza, Dante. Es simplemente salir a pasarla bien con mis amigos antes de irme —le contesté con una frialdad insultante—. Y si no te gusta lo que ves, puedes irte de regreso con Sabrina y dejar de joderme la existencia. Haz lo que te dé la gana, ¡me importa un bledo lo que hagas con tu vida!
Lo señalé con el dedo índice directo al centro del pecho, empujándolo ligeramente hacia atrás.
—¡Por eso llegaste con Alec, verdad! ¡Para restregármelo en la cara y joderme! —estalló él perdiendo los estribos, incapaz de contener los celos—. O es que acaso ya te revolcaste con él como una maldita p...
El sonido seco de la bofetada que le propiné en la mejilla resonó por encima de la música, interrumpiendo su insulto de la manera más violenta posible. Sentí la sangre hervirme en las venas, un calor ciego y destructivo apoderándose de mí al escuchar cómo se atrevía a juzgarme de esa manera después de haberme entregado cuatro años de mi vida y haberlo tolerado todo.
Dante, fuera de sí por la rabia y la humillación, me agarró con fuerza brutal del brazo, estirándome con violencia para arrastrarme hacia la salida del pasillo.
—¡Suéltame, imbécil! —le grité forcejeando, intentando liberarme de su agarre.
Antes de que pudiera propinarle otro golpe, mi cuerpo tropezó hacia atrás chocando contra una superficie sólida y familiar. Un par de manos grandes, ásperas y seguras se cerraron con firmeza alrededor de mi cintura, estabilizándome al instante. Alcé la vista con el corazón en la garganta para encontrarme con la mirada eléctrica de esos ojos azules zafiro que tenían el poder absoluto de robarme la cordura.
—¿Estás bien, Teniente? —me preguntó Alec con la voz baja, letalmente calmada.
Asentí en silencio, recuperando el aliento contra su pecho.
Vi con qué suavidad milimétrica Alec me hizo un lado para ponerme a salvo detrás de su espalda. Dando un paso al frente, se abalanzó sobre su propio hermano menor, lo tomó con una fuerza desmedida de la solapa de la camisa y lo estrelló con un golpe sordo y seco contra la pared de concreto del pasillo. Me quedé completamente estática, con los ojos abiertos de par en par, sin saber cómo reaccionar ante semejante demostración de poder.
—Si te vuelve a pasar por la maldita cabeza la idea de volver a tocarla, de insultarla, de dañarla, de lastimarla... o siquiera de mirarla con falta de respeto, te juro por la memoria de nuestros abuelos que olvidaré por completo que compartimos la misma sangre y te vaciaré el cargador entero en el pecho —le susurró Alec a Dante con una voz que no contenía un solo grito, sino un tono de susurro letal y pausado que helaba la sangre de cualquiera en un radio de diez metros.
Dante intentó protestar de reojo, pero la presión del cañón de la pistola que Alec había sacado con una velocidad asombrosa y apoyado firmemente contra sus costillas lo obligó a clavar los ojos de nuevo en su hermano mayor.
—Y si te atreves a volver a insinuar algo sobre ella sin tener la menor puta idea de cómo son las cosas, te juro que te reviento la boca a golpes por hablar mal de una mujer —continuó el coronel, destilando un desprecio absoluto—. Podré ser el hijo de perra que todos dicen que soy en el campo de batalla, pero jamás, en toda mi vida, seré como tú... un maldito imbécil cobarde que oculta su verdadera naturaleza patética. Yo jamás he golpeado, insultado o tratado a una mujer como si fuera basura, y la mujer que tenías de novia te quedaba mil veces grande. Merece a alguien de verdad, no a un mustio sin agallas como tú.
Con un movimiento seco y despectivo, Alec lo soltó. Dante cayó de rodillas al suelo, deslizándose pesadamente con la espalda apoyada contra la pared, intentando recuperar el aire con los ojos llenos de pánico.
Alec guardó el arma en la cartuchera oculta con total tranquilidad, se giró hacia mí, me extendió la mano abierta con una suavidad que contrastaba radicalmente con la violencia de segundos antes, y la tomé sin dudarlo ni un solo instante.
Regresamos al reservado como si absolutamente nada hubiera pasado. Se sentó junto a Liam a continuar su conversación sobre los informes tácticos, pero de pronto giró el rostro hacia mí, me regaló una sonrisa torcida y me extendió su propio vaso de whisky. Lo acepté sin pensarlo dos veces, sabiendo que la noche apenas comenzaba y que ya no había vuelta atrás.