Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 7: Las lágrimas de mi hijo
Catalina
Nunca imaginé que las lágrimas de un niño pudieran doler tanto.
Mateo siempre había sido un niño alegre.
Le gustaba correr por toda la casa, hacer preguntas sobre cualquier cosa y esperar a su padre junto a la ventana cuando escuchaba un automóvil detenerse frente a nuestra casa.
Pero desde que Rubén se fue, algo había cambiado.
Ya no corría.
Ya no preguntaba tantas cosas.
Ya no reía de la misma manera.
Y eso me preocupaba más que mi propio dolor.
Aquella mañana preparé el desayuno mientras él permanecía sentado frente a la mesa.
Tenía el plato delante, pero no había tocado la comida.
—Mateo, come un poquito, mi amor.
Negó con la cabeza.
—No tengo hambre.
Me acerqué y me senté junto a él.
—¿Te duele algo?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
Mateo miró su plato.
—Quiero a mi papá.
Sentí un golpe en el pecho.
Respiré profundamente para no llorar.
—Lo sé, mi amor.
—¿Por qué no viene?
No supe qué responder.
—Papá está ocupado.
Mateo levantó la mirada.
—Siempre está ocupado ahora.
Aquella frase me dolió.
Porque era verdad.
Antes Rubén podía pasar horas jugando con él.
Ahora ni siquiera había llamado.
—Tal vez hoy te llame —dije, intentando darle esperanza.
Mateo sonrió un poco.
—¿De verdad?
Asentí.
—De verdad.
Pero en el fondo tenía miedo.
Miedo de que Rubén no llamara.
Miedo de que mi hijo siguiera esperando a alguien que había decidido marcharse.
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Rubén
Tenía el teléfono en la mano.
Había pensado en llamar a Mateo.
Solo cinco minutos.
Quería escuchar su voz.
Pero Valeria estaba organizando una cena con unos amigos.
—Rubén, esta noche no puedes desaparecer —me dijo—. Quiero que todos conozcan oficialmente nuestra relación.
La miré.
—Hoy quería llamar a mi hijo.
Valeria dejó de sonreír.
—Puedes hacerlo después.
—Mateo tiene cinco años.
—Y sigue teniendo una madre.
Sus palabras me molestaron.
—Catalina no tiene que hacerse cargo de todo.
Valeria cruzó los brazos.
—Tú elegiste irte.
Me quedé callado.
Tenía razón.
Yo había elegido irme.
Pero escuchar aquello en voz alta hizo que la decisión pesara más.
Miré nuevamente el teléfono.
El nombre de Mateo aparecía en mi pantalla.
No llamé.
Lo guardé en el bolsillo.
—Después lo llamo.
Pero sabía que estaba aplazando algo que no debía aplazar.
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Catalina
Ese día llevé a Mateo al parque.
Pensé que salir de casa podría ayudarlo.
Al principio corrió detrás de una pelota.
Durante unos minutos volvió a parecer el niño alegre de siempre.
Yo lo observaba desde una banca mientras acariciaba mi vientre.
Entonces vi a un padre llegar con su hijo.
El pequeño corrió hacia él.
—¡Papá!
El hombre lo levantó en brazos.
Mateo se quedó mirando.
Su sonrisa desapareció.
—Mamá...
—¿Sí?
—¿Mi papá también va a venir a buscarme algún día?
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Me levanté y caminé hacia él.
—Ven aquí.
Lo abracé.
—Claro que te quiere.
Mateo escondió el rostro contra mi pecho.
—Entonces, ¿por qué no está conmigo?
No pude responder.
Sus pequeñas manos comenzaron a apretar mi blusa.
—Yo quiero que vuelva.
Una lágrima cayó por mi mejilla.
Intenté limpiarla antes de que él la viera.
Pero ya era demasiado tarde.
Mateo levantó la cabeza.
—Mamá, ¿tú también estás triste?
Sonreí débilmente.
—Un poquito.
—¿Por papá?
Asentí.
Entonces hizo algo que jamás olvidaré.
Me limpió la lágrima con su pequeña mano.
—No llores, mamá.
Lo abracé con todas mis fuerzas.
—Voy a estar bien.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Pero aquella promesa no era solamente para él.
También era para mí.
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Por la noche, después de bañarlo, preparé su cena.
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.
—Mamá, ¿puedo llamar a papá?
Me quedé quieta.
—Claro.
Tomó el teléfono con sus pequeñas manos.
Marqué el número.
Sonó una vez.
Dos veces.
Tres.
Mateo esperaba.
Cuatro.
Cinco.
Nadie respondió.
—Tal vez está ocupado —dije.
Volvimos a llamar.
Nada.
Mateo bajó lentamente el teléfono.
—No quiere hablar conmigo.
—No digas eso.
—Entonces, ¿por qué no contesta?
Me arrodillé frente a él.
—A veces los adultos se equivocan.
—¿Papá se equivocó?
No pude evitar que una lágrima escapara.
—Sí.
Mateo comenzó a llorar.
No fue un llanto fuerte.
Fue un llanto silencioso.
De esos que parecen salir desde lo más profundo.
—Yo no quiero que papá se vaya.
Lo abracé.
—Lo sé.
—Quiero que volvamos a ser una familia.
Cerré los ojos.
Aquellas palabras destruyeron la poca fuerza que me quedaba.
Porque yo también quería eso.
Pero sabía que no podía obligar a Rubén a quedarse.
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Rubén
Esa noche llegué tarde al apartamento.
Valeria estaba molesta.
—Te esperé para cenar.
—Lo siento.
—¿Dónde estabas?
No respondí inmediatamente.
Había salido a caminar.
Necesitaba pensar.
Saqué el teléfono.
Tenía una llamada perdida de Catalina.
Y otra.
Dos llamadas.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
También había un mensaje.
Lo abrí.
Era corto.
“Mateo quería hablar contigo.”
Me quedé mirando la pantalla.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Quién es? —preguntó Valeria.
—Catalina.
Ella se acercó.
—¿Qué quiere?
—Mateo me llamó.
—Puedes hablar con él mañana.
La miré.
—Es mi hijo.
Valeria suspiró.
—Rubén, tienes que comenzar a vivir tu nueva vida.
Nueva vida.
Esa frase volvió a repetirse dentro de mi cabeza.
Pero mi nueva vida tenía una ausencia.
La voz de mi hijo.
Su risa.
Sus pequeños brazos alrededor de mi cuello.
Recordé la última vez que lo había visto.
“¿Cuándo vas a volver, papá?”
Me había ido sin darle una respuesta.
Sentí culpa.
Por primera vez desde que abandoné mi casa, la culpa fue más fuerte que la emoción de mi nueva relación.
Tomé el teléfono.
Marqué el número de Catalina.
Ella respondió después de varios tonos.
—¿Rubén?
Su voz sonaba cansada.
—¿Mateo está despierto?
Hubo un silencio.
—Sí.
Escuché pequeños pasos.
Entonces apareció su voz.
—¿Papá?
Cerré los ojos.
—Hola, campeón.
—¿Por qué no viniste?
No pude responder.
—Papá...
—Lo siento, hijo.
—Te extraño.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo también te extraño.
—¿Cuándo vas a volver a casa?
La pregunta me dejó completamente inmóvil.
Miré a Valeria.
Después miré hacia la ventana.
Y por primera vez desde que me fui, no estaba seguro de mi decisión.
—No lo sé, hijo.
Mateo guardó silencio.
Después dijo algo que me dolió más que cualquier reproche.
—Entonces no sabes cuándo vas a volver a ser mi papá.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
No podía moverme.
Había sido yo quien había elegido marcharse.
Pero aquella noche comprendí que irme de casa no significaba simplemente abandonar a Catalina.
También significaba comenzar a perder a mi hijo.
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Catalina
Cuando Mateo terminó la llamada, se quedó mirando el teléfono.
—Papá me quiere, ¿verdad?
Me arrodillé frente a él.
—Sí, mi amor.
—Entonces algún día va a volver.
Sentí que el corazón se me partía.
No quería destruir su esperanza.
Pero tampoco quería enseñarle a esperar eternamente a alguien.
Lo abracé.
—Pase lo que pase, nunca estarás solo.
Mateo apoyó su cabeza sobre mi pecho.
Poco después se quedó dormido.
Yo permanecí sentada a su lado.
Miré su rostro.
Después acaricié mi vientre.
Dos hijos.
Dos razones para seguir adelante.
Y mientras observaba a Mateo dormir, hice una promesa.
No permitiría que las decisiones de Rubén destruyeran también la infancia de nuestro hijo.
Si Rubén quería regresar algún día, tendría que demostrarlo.
Porque yo podía soportar que me rompieran el corazón.
Pero no permitiría que volvieran a romper el de mis hijos.
🙊a hora cual será el misterio