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Los Sellos Que Cruzan Universos

Los Sellos Que Cruzan Universos

Status: Terminada
Genre:Fantasía LGBT / Aventura / Superpoder / Completas
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.

Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es

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CAPÍTULO 18: Los pasillos que susurran

La noche en las montañas era fría y despejada. Cuando llegaron a la entrada del Santuario Viejo, la abuela de Min ya los esperaba con una linterna de aceite en una mano y un cuenco de hierbas secas en la otra. Asintió al verlos llegar todos juntos y se puso a trabajar de inmediato, sin perder tiempo en palabras innecesarias.

—Cuando crucéis la puerta interior —les dijo, mientras colocaba las hierbas alrededor del marco de piedra y las encendía con una llama pequeña que no se movía con el viento—, yo cerraré el sello detrás de vosotros. Nadie podrá entrar ni salir hasta que yo lo abra de nuevo. Si necesitáis salir con urgencia, encended esta vela verde —le entregó a Min una pequeña vela de cera impregnada de resina— y yo sabré que tenéis problemas. No la uséis a menos que sea estrictamente necesario. Abrir el sello a medias puede debilitarlo y dejar que la Sombra se escape antes de tiempo.

Min guardó la vela en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al amuleto de hierbas que llevaba al cuello.

—Entendido.

—Id con cuidado —continuó ella, mirándolos a todos uno por uno, con una ternura que calmó un poco los nervios de todos—. Cuanto más bajéis, más fuerte será su presencia. No hagáis caso a los susurros. No miréis las sombras que se mueven por el rabillo del ojo si no están delante de vosotros. Agarraos a la cuerda que lleváis atada unos a otros. No os separéis por nada del mundo.

Tae‑ho probó el nudo de la cuerda larga que unía las cinturas de todos ellos, para asegurarse de que no se soltaría con el roce.

—No nos separaremos —prometió.

La abuela les hizo una seña para que entraran.

Los primeros pasillos eran los mismos que Min y Seo conocían de misiones anteriores: piedra fría, dibujos antiguos desgastados en las paredes, el eco de sus propios pasos rebotando en el techo bajo. Pero a medida que bajaban por escaleras de piedra que nunca antes habían visto, más estrechas y húmedas, todo cambió.

El aire se volvió denso y pesado, como si costara un poco más llenar los pulmones. Las linternas empezaron a parpadear, y Ji‑eun tuvo que ajustar sus contactos varias veces para que no se apagaran del todo. Y entonces empezaron los susurros.

Al principio eran tan bajos que Min creyó que era el viento filtrándose por las grietas de la roca. Pero crecieron poco a poco, rozándole el oído como dedos fríos. Notó que Ha‑neul se tensaba a su lado, y que Tae‑ho fruncía el ceño, mirando hacia una pared vacía como si alguien hubiera llamado su nombre desde allí.

—¿Lo oís? —preguntó Ha‑neul bajito.

—Sí —respondió Min, apretando el amuleto de hierbas contra su cuello. Los susurros se alejaron un poco, como si la pequeña protección de su abuela los empujara a una distancia segura—. No hagáis caso. Es la Sombra. Intenta confundirnos para que nos separemos.

Ji‑eun levantó el mapa que Rin les había dado, dibujado con una luz tenue que no se apagaba con la oscuridad.

—Seguimos rectos —dijo, con la voz firme, aunque se le notaba que también luchaba por ignorar las voces—. En la próxima bifurcación giramos a la derecha. Hay una puerta antigua que marca el límite de lo que se conocía del Santuario. Más allá… nadie ha bajado en siglos.

Caminaron en fila india, tal como habían planeado: Tae‑ho al frente, con la linterna más potente y una barra de metal reforzada en la mano libre; luego Ji‑eun, revisando el mapa a cada paso; después Min, con los brazaletes listos para reaccionar a cualquier peligro; luego Seo, que se giraba de vez en cuando para vigilar lo que venía por detrás; y Ha‑neul el último, con una linterna pequeña para iluminar la retaguardia.

Cuanto más bajaban, más claras se volvían las voces. A veces Min juraba oír a su abuela diciéndole que se rindiera, que no podía ganar. A veces oía la voz de Seo diciéndole que le había fallado. Sabía que no eran reales. Sabía que eran trucos de la Sombra para romper su concentración. Pero aun así, le dolían en el pecho. Tenía que apretar el amuleto una y otra vez para mantener la cabeza clara.

En un momento, sintió la mano de Seo sobre la suya, por encima de la cuerda que los unía. Min levantó la vista y se encontró con su mirada. Seo no dijo nada. Solo le dio una sonrisa pequeña, segura, y Min sintió que los susurros perdían fuerza otra vez. No necesitaba palabras. Solo necesitaba saber que él estaba allí.

Llegaron a la bifurcación que Ji‑eun había mencionado. A la derecha, una puerta de piedra negra se alzaba en el pasillo, cubierta de tallas que ninguno de ellos había visto antes: ocho círculos dispuestos alrededor de una figura humana, con sombras que se arrastraban a sus pies. Min sintió que el brazalete de Jade le daba un cosquilleo frío muy fuerte, como si reconociera algo dormido detrás de esa puerta.

—Esto es —confirmó Ji‑eun, comparando el dibujo de la puerta con el mapa—. Cruzarla significa entrar en la parte profunda. No habrá vuelta atrás hasta que terminemos.

Tae‑ho se pasó una mano por el pelo, nervioso, pero luego agarró la barra con más fuerza.

—Pues abrimos —dijo.

Min y Seo se acercaron y pusieron cada uno una mano sobre la piedra fría de la puerta. Sus brazaletes brillaron al unísono, y la puerta crujió, empezando a moverse hacia adentro con un ruido lento y pesado que hizo temblar el polvo de las paredes.

En el momento en que se abrió un hueco lo suficientemente grande para pasar, una oleada de frío golpeó a todos de lleno. Los susurros estallaron de golpe, tan fuertes que casi hacen caer a Min de rodillas. Y desde el fondo del pasillo nuevo, una voz profunda, antigua, que no sonaba como ninguna otra que hubieran oído nunca, resonó en sus cabezas al unísono:

*Por fin… venís.*

Min apretó los dientes y miró a sus amigos. Todos estaban pálidos, todos luchaban por mantenerse firmes. Pero ninguno dio un paso atrás.

—Vamos —dijo Min, con la voz firme a pesar del frío en los huesos.

Cruzaron la puerta uno a uno. Y cuando el último de ellos pasó, la puerta se cerró detrás de ellos por sí sola, con un estruendo que se perdió en la oscuridad del pasillo infinito que tenían delante.

Ya no había vuelta atrás.

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