Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 9: La vida en números
El primer lunes de regreso a clases fue más difícil para Valentina que el día del funeral.
En el funeral todos sabían qué había ocurrido. La abrazaban, le ofrecían palabras de consuelo y comprendían por qué sus hijos lloraban. En la escuela, en cambio, la vida seguía su ritmo habitual. Había timbres, tareas, conversaciones y risas en el patio. Los niños tenían que volver a ocupar sus lugares en un mundo que no había cambiado para los demás.
Esa semana, cada regreso a casa trajo una historia distinta.
Emilia volvió a hablar de sus amigas. Isabella decía que estaba bien, aunque algunas tardes se quedaba mirando el cuaderno de su padre. Tomás había discutido con un compañero que le preguntó si Gabriel había muerto porque no llevaba suficiente protección en la obra. Samuel prefirió no contar lo ocurrido hasta que Valentina se lo preguntó con calma. Julieta seguía dibujando a la familia y agregaba a su padre en cada escena.
Valentina aprendió a no exigirles que hablaran todos al mismo tiempo. A veces bastaba con sentarse junto a ellos y dejar que el silencio hiciera su trabajo.
Una tarde, después de llevar a Julieta a su cuarto, encontró a Isabella en la sala con un cuaderno abierto.
—¿Qué haces, mi amor?
—Una lista.
—¿De qué?
—De las cosas que papá hacía.
Valentina se sentó a su lado. En la hoja había varios puntos escritos con letra ordenada:
Me esperaba a la salida del colegio cuando llovía.
Me enseñó a andar en bicicleta.
Arregló mi lámpara aunque dijo que no sabía.
Siempre me preguntaba cómo me había ido.
—¿Puedo agregar algo? —preguntó Valentina.
Isabella le pasó el lápiz.
Valentina escribió: Te quería con todo el corazón.
La niña leyó la frase y apoyó la cabeza en el hombro de su madre.
—No quiero olvidarme de cómo era su voz.
—No vas a olvidarla, Isa. A veces quizá te cueste recordarla con claridad, pero estará en las historias, en los videos y en lo que vivimos con él.
—¿Podemos ver los videos?
—Claro.
Esa noche, después de cenar, buscaron algunos en el teléfono de Valentina. En uno, Gabriel sostenía a Julieta cuando era bebé. En otro, las gemelas corrían hacia él en una playa, y los trillizos aún no habían nacido. Los niños se rieron al verlo bailar de manera torpe frente a la cámara.
Valentina también rió.
Luego, cuando el video terminó, nadie habló por un rato.
El viernes, Valentina puso sobre la mesa todos los papeles de la carpeta. Amalia se sentó a su lado con una calculadora y Elvira trajo la libreta donde anotaba los gastos de la casa.
—Vamos a revisar lo que entra y lo que sale —dijo Amalia—. Sin asustarnos antes de tiempo.
Valentina abrió el estado de cuenta. Gabriel había dejado ahorros, pero la cifra parecía menos generosa al compararla con las necesidades de seis personas. Había que pagar servicios, comida, transporte, útiles escolares y algunas facturas pendientes. La ayuda de la empresa permitiría cubrir una parte, pero todavía no sabían cuándo recibirían el seguro ni las prestaciones.
—Si reducimos las compras que no sean necesarias, podemos estirar esto unas semanas —dijo Elvira.
—No quiero que los niños sientan que ahora todo está prohibido —respondió Valentina—. Ya perdieron demasiado.
—No hablamos de quitarles todo —dijo Amalia—. Solo de organizarnos.
Valentina volvió a sumar los gastos. Los números no le parecían reales. Nunca había tenido que decidir sola si una reparación del carro era más urgente que comprar un electrodoméstico o si podían dejar para el mes siguiente una cuenta.
—El seguro puede tardar —dijo—. Y la empresa aún no confirma cuándo pagará lo pendiente.
Amalia dejó la calculadora.
—Mientras tanto, estamos contigo.
—Lo sé, mamá. Pero ustedes también tienen sus propios gastos.
—Somos una familia.
Valentina tragó saliva. Le costaba aceptar ayuda, no porque desconfiara de ellas, sino porque durante años había sentido que su hogar funcionaba gracias a la colaboración entre Gabriel y ella. Ahora no quería que la carga recayera sobre su madre y su tía.
—Podría empezar a buscar algo de trabajo —dijo.
Elvira la miró con suavidad.
—No tienes que decidirlo hoy.
—Pero algún día tendré que hacerlo.
—Entonces lo harás cuando estés preparada —respondió Amalia—. Y no tienes por qué renunciar a lo que quieres por sentir vergüenza de pedir ayuda.
Valentina cerró la libreta. Esa era una de las cosas más difíciles: permitir que otras personas la sostuvieran sin sentir que había fracasado.
El teléfono vibró. Era un mensaje de Mariana.
¿Cómo van los niños? ¿Y tú? No hace falta que me contestes ahora. Solo quería saber de ustedes.
Valentina escribió una respuesta breve. Le contó que los niños habían vuelto a clases y que estaban intentando recuperar la rutina. Después dudó antes de añadir:
Estoy revisando las cuentas y me preocupa el futuro. No sé cuánto tardarán los trámites.
Mariana respondió casi enseguida:
Es comprensible. No tienes que resolver toda tu vida esta semana. Si te ayuda, podemos conversar sobre lo que sabes hacer y qué opciones tendrías cuando estés lista.
Valentina dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Es Mariana? —preguntó Amalia.
—Sí. Me está ofreciendo ayudarme a pensar en opciones de trabajo.
—Eso no significa que tengas que aceptar nada ya —dijo su madre.
—Lo sé.
Pero saberlo no impedía que la posibilidad la inquietara. Habían pasado años desde que trabajó en publicidad. El mundo había cambiado; quizá las herramientas, los programas y las formas de comunicar también. Ella seguía teniendo ideas, pero no sabía si aún podía convertirlas en un trabajo.
Esa noche, cuando los niños se durmieron, Valentina abrió un armario que llevaba mucho tiempo cerrado. Allí guardaba unas cajas con libros universitarios, cuadernos y documentos. Buscó entre ellas hasta encontrar una carpeta azul.
La abrió sobre la cama.
Había proyectos de campañas, ejercicios de diseño, investigaciones sobre marcas y un portafolio que preparó para graduarse. En una hoja aparecía una felicitación de uno de sus profesores: Tu capacidad para comprender a las personas es una de tus mayores fortalezas.
Valentina pasó la página despacio.
En aquellos trabajos reconoció a la joven que había sido: determinada, curiosa, llena de preguntas. No era una desconocida, aunque la vida familiar hubiera ocupado todos los espacios durante años.
Se sentó en el borde de la cama con la carpeta sobre las piernas.
—No sé si todavía puedo hacer esto —susurró.
Amalia, que acababa de entrar para dejarle una taza de té, la oyó.
—No tienes que demostrarlo esta noche.
—¿Y si ya no soy buena?
—Entonces aprenderás lo que haga falta. Lo que estudiaste sigue siendo tuyo.
Valentina miró el portafolio.
—No quiero trabajar solo porque necesitamos dinero.
—Puedes necesitar dinero y también querer recuperar una parte de ti. Una cosa no cancela la otra.
La frase se quedó con ella después de que su madre salió de la habitación.
Al día siguiente, Valentina le escribió a Mariana para preguntarle cuándo podían conversar. No le pidió un empleo ni prometió que volvería a la publicidad. Solo aceptó la posibilidad de escuchar.
Mariana contestó que podía visitarla la semana siguiente y que llevaría información sobre cursos de actualización. No había prisa, le aseguró. Podían empezar por revisar juntas lo que Valentina ya sabía.
Valentina guardó el mensaje y volvió a cerrar la carpeta azul. Esta vez no la metió al fondo del armario. La dejó sobre el escritorio.
Cuando los niños regresaron de la escuela, Isabella se fijó en ella.
—¿Vas a volver a trabajar?
—No lo sé todavía.
—Papá quería que lo hicieras.
—Sí. Pero no voy a decidir nada de golpe.
—¿Te da miedo?
Valentina sonrió apenas.
—Mucho.
—A mí también me da miedo cuando tengo que hablar en clase.
—¿Y qué haces?
—Pienso en lo que me dijo papá: que soy capaz de hacer cosas difíciles.
Valentina la abrazó.
—Entonces vamos a intentarlo a nuestra manera. Tú con tus clases. Yo, con lo que venga después.
Esa tarde, al preparar la cena, no sintió que el futuro se hubiera vuelto fácil. Las cuentas seguían allí. El seguro no había llegado. La casa continuaba cargada de ausencia.
Pero sobre el escritorio estaba la carpeta que había dejado guardada durante años.
Valentina no sabía cuándo estaría lista para abrirla de nuevo.
Por ahora, le bastaba con no volver a esconderla.