Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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Capítulo 14: La trampa
Un mes más transcurrió bajo la atmósfera densa y sofocante de la mansión Vance. Para Elena, el tiempo se medía en el avance silencioso de su embarazo y en la rigidez de los cuidados a los que estaba sometida.
Sus fuerzas habían comenzado a regresar gradualmente; las náuseas cedieron y la sombra del agotamiento físico absoluto comenzaba a desvanecerse. Sin embargo, la prisión de cristal seguía sintiéndose igual de fría y amenazante.
Esa mañana, el doctor Ramírez llegó a la suite principal escoltado por el equipo médico privado para realizar la primera ecografía de control a las doce semanas de gestación.
Alexander ingresó a la habitación a mitad del procedimiento. Vestía un traje de dos piezas en tono grafito y traía consigo una frialdad impenetrable. No pronunció palabra al entrar; se limitó a pararse al costado de la cama, a un metro de distancia de Elena, con los brazos cruzados y los ojos fijos en la pantalla del monitor.
El médico aplicó el gel sobre el vientre de la joven y desplazó el transductor. Tras unos segundos de ajuste, la imagen en blanco y negro de una pequeña silueta apareció en la pantalla. Un instante después, el sonido rítmico, rápido y potente del corazón del bebé retumbó por toda la estancia.
Thump-thump, thump-thump, thump-thump.
El sonido llenó el silencio de la suite con una fuerza brutal. Elena contuvo el aliento, sintiendo que un nudo de emoción pura y dolorosa le apretaba la garganta. Las lágrimas corrieron en silencio por sus mejillas mientras escuchaba la prueba irrefutable de la vida que crecía en su interior.
En ese mismo instante, Alexander permaneció petrificado. Sus ojos oscuros, habitualmente vacíos de cualquier sentimiento, se clavaron en el monitor. El latido ágil del corazón de su heredero resonó en lo más profundo de su ser, detonando un choque emocional desconocido para él.
Jamás en su vida —marcada por el poder, la sangre y el control— había experimentado una sensación semejante. No era mero orgullo por la cláusula cumplida; era una conmoción primitiva que amenazaba con agrietar el muro de hielo que había construido durante años.
Para contrarrestar esa extraña vulnerabilidad que amenazaba con desarmarlo, Alexander profundizó de inmediato su frialdad. Su rostro se endureció aún más, volviéndose una máscara de piedra.
—Está todo dentro de los parámetros de salud correctos —explicó el doctor Ramírez, rompiendo la tensión—. El latido es fuerte y el desarrollo es impecable.
Alexander no pestañeó. Apartó la mirada de la pantalla con una indiferencia calculada y miró al médico con la voz más gélida que Elena le hubiera escuchado jamás.
—Asegúrese de que continúe así —sentenció Alexander sin dirigirle una sola palabra a Elena—. Tengo asuntos en mi despacho.
Giro sobre sus talones y abandonó la suite sin mirar atrás, dejando a Elena con el eco del latido aun resonando en la habitación y el frío de su desapego calando hasta los huesos.
Mientras tanto, en la planta baja de la mansión, la ira y la desesperación consumían a Marcus.
El brazo derecho de Alexander veía cómo su posición de control absoluto en la propiedad se desmoronaba día a día. La presencia permanente de su jefe en la casa, motivada por la protección del heredero, le impedía acercarse a Elena o mantener su red de chantajes en la sombra. Sabía que era cuestión de tiempo para que Alexander descubriera las irregularidades que él mismo había estado ejecutando con la contabilidad durante la ausencia del mafioso.
Acorralado por el tiempo y motivado por una ambición ciega, Marcus tejió un plan maquiavélico y mortal. Sabía que el único punto débil en la mente calculadora de Alexander era la traición y la deshonra a su apellido.
Si lograba sembrar la duda sobre la paternidad de ese niño, no solo eliminaría a Elena, sino que desataría la furia de Alexander contra ella hasta matarla con sus propias manos.
Horas más tarde, la oportunidad llegó. Marcus esperó a que la noche cayera y a que Alexander se encontrara solo en su despacho privado, revisando los informes financieros tras la reunión del consejo.
Marcus golpeó la puerta de caoba dos veces y accedió al despacho tras recibir la orden. Traía consigo un sobre de Manila amarillo y una expresión fingida de pesar y gravedad.
—Señor Vance —comenzó Marcus, manteniendo la voz baja y vacilante—. Lamento interrumpirlo a esta hora, pero hay un asunto de extrema gravedad que no puedo seguir ocultando por lealtad a usted y a la firma.
Alexander levantó la vista de la computadora, apoyando los puños sobre el escritorio de cristal negro. Su mirada era penetrante.
—Habla claro, Marcus. No tengo tiempo para rodeos.
Marcus dio dos pasos al frente y colocó el sobre amarillo sobre la mesa.
—Se trata de la Sra. Elena —dijo Marcus, apretando los labios—. Durante el mes que usted estuvo en el extranjero solucionando los conflictos en Europa, noté irregularidades en la guardia del ala oeste. Hice una investigación discreta para proteger la seguridad de la propiedad.
Alexander entrecerró los ojos; una tensión peligrosa comenzó a cubrir el ambiente del despacho.
—¿Qué estás intentando decir? —preguntó Alexander en un tono que bajó varios octavos, cargado de una amenaza latente.
—Señor... durante su ausencia, Elena violó las órdenes de reclusión —mintió Marcus con una frialdad impecable, sosteniendo la mirada de su jefe—. Se vio en varias ocasiones a solas con un sujeto no autorizado en la biblioteca y en los jardines traseros. Un antiguo conocido de su pasado que logró infiltrarse a través del perímetro sur.
Alexander se puso de pie lentamente. Su imponente figura proyectó una sombra oscura sobre el despacho.
—¿Qué dijiste? —la voz de Alexander era un susurro mortal.
—Tengo los registros de entrada de las cámaras que fueron borrados manualmente y los testimonios de dos guardias a los que ella sobornó —prosiguió Marcus, deslizando las fotografías falsas que había manipulado metódicamente—. Ella no estuvo sola este mes, señor. Ese niño que lleva en el vientre... hay altas probabilidades de que no sea un Vance, sino el fruto de su engaño mientras usted arriesgaba la vida en el extranjero.
Un silencio siniestro y destructivo se apoderó de la estancia.
Alexander clavó la mirada en las fotografías falsas sobre el escritorio. La sola idea de que la joven a la que había salvado de las deudas de su padre, la mujer que había llevado a su mansión y en quien había empezado a depositar una peligrosa pizca de atención, lo hubiera traicionado con otro hombre dentro de su propia casa, desató un monstruo sediento de sangre en su interior. Las venas de su cuello se marcaron con fuerza y la ira ciega sustituyó al pulso calculador que siempre lo caracterizaba.
Sin pronunciar una sola palabra, Alexander abrió el cajón principal del escritorio, extrajo su arma de fuego de calibre pesado y avanzó con pasos de plomo hacia la salida del despacho, dirigiéndose a la suite principal con la firme intención de terminar con la vida de Elena.