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Atada A La Oscuridad Del Alfa

Atada A La Oscuridad Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Romance oscuro
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.

NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 6

​La noche cayó sobre Blackwood con una densidad helada. Tras el sofocante encuentro con el Alfa en el pasillo, Amelia no pudo conciliar el sueño.

Se mantuvo sentada en el sillón junto a la ventana, observando cómo las gotas de lluvia golpeaban los cristales pesados. Su cuello aún conservaba la marca roja de los dedos de Lian, un recordatorio palpitante del peligro mortal en el que se encontraba.

​A las tres de la mañana, un gemido agudo rasgó el silencio de la habitación.

​Amelia se puso de pie de inmediato. El sonido no venía de un sueño común; era un lamento ahogado, cargado de un dolor físico evidente. Se acercó a la cama de Mateo y retiró la cobija con delicadeza.

​El niño estaba completamente empapado en sudor frío. Su piel, usualmente pálida, lucía un tono rojizo y caliente al tacto, como si una fiebre abrasadora lo estuviera consumiendo por dentro. Se agitaba sin control sobre el colchón, apretando los puños con una fuerza desmedida mientras pequeños espasmos sacudían sus extremidades.

​—Mateo... pequeño, mírame —susurró Amelia, posando una mano en su frente.

​La temperatura del niño era alarmante, sobrepasando con creces cualquier límite humano. Pero lo que realmente encendió las alarmas de Amelia fue la mutación visible que comenzaba a apoderarse del pequeño cuerpo.

​Bajo la piel de los brazos de Mateo, las venas sobresalían con un matiz azulado y violáceo.

Sus uñas humanas se estiraban y engrosaban a una velocidad espeluznante, transformándose en garras filosas de tono azabache que rasgaban las sábanas de hilo. Un vello fino y oscuro empezaba a brotar a lo largo de sus pómulos y cuello.

El estrés acumulado por el aislamiento, el miedo a su padre y la inestabilidad de su linaje estaban desencadenando una transformación prematura, un proceso traumático y potencialmente mortal para un niño de apenas cuatro años cuyo cuerpo aún no estaba listo para albergar el poder del lobo.

​Mateo abrió los ojos de golpe. Los iris dorados ya no tenían la mirada de un infante; estaban desencajados, dominados por un instinto salvaje, ciego y doloroso.

​Un gruñido rasposo brotó de su garganta. Presionado por la agonía del hueso acomodándose a la fuerza, el niño tiró un zarpazo a ciegas. La garra de Mateo rozó el antebrazo de Amelia, rasgando la tela de su manga y dejando tres líneas sangrientas en la carne.

​Amelia ahogó un grito de dolor y dio un paso atrás, presionando su herida. La sangre humana comenzó a gotear sobre la alfombra.

​El olor a sangre pareció desatar aún más la confusión del pequeño lobo. Mateo se puso en cuatro patas sobre la cama, enseñando unos colmillos prematuros que le sangraban en las encías, emitiendo siseos agudos y desesperados.

Su caja torácica se expandía a tirones violentos; el corazón le latía a un ritmo tan acelerado que parecía a punto de estallar dentro de su pecho.

​Amelia sabía que debía llamar a Elena o usar el intercomunicador. Pero el recuerdo de la conversación secreta entre el sanador y Lian resonó en su mente:

Si descubren que el pequeño Mateo heredó la inestabilidad de su línea de sangre, no habrá lugar donde puedan esconderse. Si la manada o los sirvientes veían al niño en ese estado de descontrol, la debilidad del heredero quedaría al descubierto.

Además, el instinto médico de Amelia le decía que un impacto brusco o un sedante fuerte en medio de semejante colapso cardíaco mataría al pequeño.

​—No voy a dejarte solo —dijo Amelia con firmeza, ignorando el ardor del corte en su brazo.

​Decidida a arriesgarse, dio un paso hacia la cama. No tomó ninguna manta para protegerse ni buscó un objeto para defenderse.

Se despojó del abrigo oscuro, quedando únicamente con su blusa ligera para permitir que su aroma natural se dispersara con mayor libertad en el aire sofocante de la estancia.

​Mateo lanzó otro gruñido y se arrojó hacia adelante, impulsado por el pánico de la transformación.

​En lugar de esquivarlo o reprimirlo con fuerza, Amelia abrió los brazos y lo recibió contra su pecho.

​El impacto la hizo caer de rodillas sobre el suelo junto a la cama. El niño, ciego de dolor y furia instintiva, le clavo las pequeñas garras en el hombro, hundiéndolas en la tela de su ropa.

Un dolor agudo recorrió el torso de Amelia, pero ella no lo soltó. Soportó el castigo físico, envolviendo los brazos alrededor del pequeño cuerpo hirviendo, pegando la cabeza del niño contra el hueco de su cuello.

​—Shh... ya pasó, Mateo. Estoy aquí —comenzó a susurrarle al oído, manteniendo un tono de voz bajo, pausado y rítmico—. Respira conmigo. Despacio... suave. Nadie va a hacerte daño.

​Amelia comenzó a mecerlo suavemente en el suelo frío. Obligó a su propio cuerpo a mantener una respiración profunda y serena, actuando como un ancla biológica para el pequeño descontrolado.

A la vez, dejó que el calor de su propia piel y la fragancia limpia de su aroma —ese bálsamo con olor a lluvia y tierra húmeda— envolviera por completo las fosas nasales del niño.

​El efecto de la proximidad fue una batalla encarnizada entre la bestia desbocada y la calma humana.

Mateo pataleó, intentando morder la clavícula de Amelia, pero la joven apretó el abrazo con firmeza maternal, acariciándole la nuca con dedos suaves, evitando tocar sus orejas hiperactivas.

​—Eres solo un niño... no tienes que luchar hoy —murmuraba ella, sintiendo cómo las lágrimas calientes de la agonía infantil le mojaban el cuello—. Tranquilo, mi amor. Déjalo ir.

​Poco a poco, el milagro comenzó a gestarse en medio de la penumbra.

​El aroma de Amelia actuó como un antídoto directo contra la toxina del estrés en la sangre del pequeño Alfa. El ritmo frenético del corazón de Mateo empezó a desacelerarse, ajustándose al latido pausado y constante de Amelia. El pequeño dejó de convulsionar.

Las garras encajadas en el hombro de la joven perdieron rigidez, retrayéndose lentamente hasta convertirse de nuevo en manos infantiles con uñas cortas.

​El vello oscuro de sus mejillas desapareció y el tono febril de su piel fue cediendo paso a una calidez natural.

Mateo soltó un sollozo puramente humano, escondiendo el rostro desgastado en el cuello de Amelia, agotado por el esfuerzo titánico que casi rompe su cuerpo.

​Amelia permaneció sentada en el suelo durante casi una hora, sosteniendo al niño dormido en sus brazos, sin importarle que la sangre de sus propias heridas manchara la alfombra.

​En la entrada de la habitación, la puerta de roble estaba entreabierta apenas un par de centímetros. En la penumbra absoluta del pasillo, la imponente silueta de Lian se mantenía inmóvil.

​El Alfa ciego había acudido al escuchar el primer gruñido de su hijo, listo para intervenir con la brutalidad de su fuerza. Sin embargo, se había quedado paralizado en el umbral.

Sus oídos sobrehumanos habían captado cada detalle: el chasquido de las garras, el rasgón de la piel de Amelia, el olor a sangre humana recién derramada y, finalmente, la calma milagrosa impuesta únicamente por la voz y el aroma de la mujer.

​Lian apretó los puños a sus costados. Su lobo interno se agitó en el pecho, no con furia, sino con un sentimiento desconocido y abrumador ante la imagen de esa humana desarmada protegiendo a su sangre a costa de su propia carne.

​Sin hacer un solo ruido, el Alfa dio media vuelta y se retiró en la oscuridad, dejando a la niñera y a su hijo abrazados en la quietud de la noche.

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Lobelia
muy buenas el capitulo 💯
Lobelia
está muy buena
Miriam Josefina Vander Spoeltel
esta demasiado buena escritora no tardes mucho en actualizar xfaaaaaaaa gracias
Celina
💯💯👏👏me gusta
Celina
excelente gracias por compartir
Celina
super buena está historia
Lobelia
esto se está poniendo bueno 💯💯
Lobelia
💯💯💯💯
Lobelia
me gusta
Fernanda
💯💯💯💯💯👍
Fernanda
💯💯💯💯
celimar
muy buena l historia 💯
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