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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:647
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 21

Capítulo 21: Cómete la sopa conmigo

En la autopista de regreso, con Óscar y Marlene dormitando en el asiento de atrás y las luces de los postes barriéndole la cara cada dos segundos, Jenny no podía dejar de pensar en dos cosas: la bolsa olvidada en el estudio y la bufanda que se había amarrado al cuello antes de bajar de casa de Lucas.

Sebastián había ido a buscarla y no la había encontrado. Se había cruzado con Mateo. Cualquier hombre menos ocupado ataría cabos. Pero Sebastián conducía con una mano en el volante y la otra sobre la rodilla de ella, y no preguntaba nada.

Ese silencio la ponía peor que un interrogatorio. Cada tanto, con la excusa de acomodarse en el asiento, Jenny se llevaba la mano al cuello para asegurarse de que la bufanda seguía en su lugar. La marca que le había dejado Lucas esa tarde ardía debajo de la tela como una brasa que solo ella podía ver. Se imaginó a Sebastián girando la cabeza en un semáforo, jalándole la bufanda con dos dedos, y el estómago se le cerró.

Pero él solo manejaba y de vez en cuando le apretaba la rodilla, como quien se asegura de que lo que trae al lado sigue ahí.

Dejaron a los Fonseca. El asunto de Damián quedó resuelto en un par de llamadas frías que Jenny no entendió del todo: transferencias, contactos, un abogado en Las Vegas. Para la medianoche, su medio hermano ya venía de regreso.

Fue en la sala de la mansión, con las luces bajas, cuando Sebastián le habló del costo.

—Metí la pata —dijo, aflojándose el nudo de la corbata—. Cuando Fernanda me presionó, dejé ver que los Fonseca eran tu punto débil. Con eso les subieron el precio. Sacar a Damián me costó tres millones más de lo que debía. —La miró—. Perdón. Debí callarme.

Jenny no supo qué contestar. El hombre le estaba pidiendo perdón por gastar de más en rescatar al inútil de su hermano. El mundo se había puesto de cabeza. Dos años lo había visto tratar millones como cifras en una pantalla, sin un gesto; y ahora se disculpaba por tres, como si el dinero le importara solo porque tenía que ver con ella.

—No tienes que disculparte por eso —dijo al fin, con la voz rara—. Damián se lo buscó. No es tu culpa.

—Es mi esposa la que carga con la vergüenza de esa familia —respondió él, sencillo—. Así que sí es mi asunto.

Jenny bajó la mirada.

—Voy a cambiarme —murmuró, y subió al segundo piso.

Se estaba desvistiendo frente al espejo del vestidor cuando la puerta se abrió a su espalda. Sebastián entró con el pretexto flojo de "traerte otra pijama" y se quedó a media frase.

Jenny estaba a medio desnudar. Con las prisas de la tarde había salido del departamento de Lucas sin ropa interior, y en el cuello, apenas visible bajo la luz cálida, tenía una marca tenue.

Se le heló la sangre.

Pero Sebastián no vio la marca. O si la vio, la leyó como suya, como un recuerdo de alguna noche vieja. Lo que vio fue a su esposa desvestida frente al espejo, y algo se le encendió en la mirada. Se acercó despacio, con una media sonrisa que Jenny casi no le conocía.

—No sabía que te desvestías tan atrevida —dijo, muy bajo, contra su nuca.

Y ahí, en la recámara principal, con las cortinas corridas sobre la ciudad dormida, Sebastián le hizo el amor.

Fue distinto a todo lo anterior. La llevó a la cama sin prisa, mirándola como si quisiera memorizar cada reacción que durante dos años había ignorado. No hubo en él aquella frialdad de trámite que Jenny le conocía, sino una atención feroz: la boca demorándose en su cuello y sus hombros, las manos aprendiendo dónde se le cortaba la respiración, el nombre de ella dicho cada vez más bajo conforme perdía el control. Cuando Jenny le pidió que no se detuviera, algo se quebró por completo en la compostura de Sebastián. Las marcas nuevas fueron cubriendo las viejas sin que él supiera qué estaba borrando; ella se dejó llevar entre la culpa y un placer que ya no podía fingir que no deseaba, mordiéndose el nombre que no debía decir y aferrada a la espalda del único hombre que el mundo le reconocía como suyo.

Después, con ella deshecha contra su pecho y el corazón todavía galopando, Sebastián le apartó el pelo húmedo de la frente y le dio un beso ahí, largo, quieto.

—Te amo —dijo.

Jenny abrió los ojos en la oscuridad.

Dos años. Dos años de matrimonio y era la primera vez que se lo escuchaba. Lo dijo así, sin adornos, como quien por fin suelta algo que llevaba mucho tiempo cargando. Y a ella se le llenaron los ojos de agua por razones que ni ella misma podía ordenar: porque lo había esperado tanto, porque llegaba tan tarde, porque llegaba justo cuando ella ya no tenía derecho a recibirlo.

Se quedó muy quieta contra su pecho, sintiendo el latido de él bajo la mejilla, y pensó que la vida tenía un sentido cruel del humor. Cuánto habría dado por escuchar esas dos palabras hace un año, cuando lloraba sola en el baño de esta misma casa preguntándose por qué se había casado con un témpano. Ahora llegaban, y en lugar de calor le daban miedo. Porque un hombre que empieza a amar es un hombre que empieza a mirar de cerca. Y ella tenía demasiadas cosas que no soportaban una mirada de cerca.

De madrugada despertó adolorida y con un hambre voraz. Sebastián no estaba en la cama. Se levantó, fue al espejo, se subió el pelo con dedos temblorosos para revisarse el cuello.

Soltó el aire despacio.

Las marcas nuevas —las de él— tapaban por completo las viejas. Ya no había nada que esconder. Ya no había prueba. La suerte, esa noche, había jugado de su lado. Y sin embargo, en lugar de alivio limpio, lo que sintió fue una punzada sucia en el estómago.

Sobre la mesita, su celular parpadeaba. Varios mensajes de Lucas, uno tras otro.

¿Ya llegaste?

Dejaste tus cosas aquí, Jenny.

¿Te las llevo mañana? Contéstame.

Reina, ¿estás bien?

Jenny volteó el teléfono boca abajo sin responder ninguno.

Bajó a la cocina siguiendo un ruido de cacerolas. Sebastián estaba de pie frente a la estufa, con una camiseta blanca y el pelo revuelto, leyendo con el ceño fruncido el reverso de un paquete de sopa instantánea como si fuera un contrato de cientos de millones.

—Iba a prepararte sopa de fideo —dijo sin voltear—. Pero encontré esto en la alacena. ¿Esto es lo que quieres?

—Tengo tres años sin comer de esos —confesó Jenny, subiéndose a un banco de la barra—. Por la figura.

Sebastián la miró un momento. Luego rompió el paquete y echó el contenido al agua hirviendo con el cuidado de quien desactiva una bomba.

—Lo que a ti te gusta —dijo—, yo también quiero probarlo.

Se comieron dos tazones de sopa instantánea a las dos de la mañana, sentados en los bancos de la cocina, él con el saco de un traje carísimo todavía colgado en el respaldo de un sillón de la sala. Sebastián probó el primer bocado con la seriedad de quien cata un vino, se le fueron las cejas hacia arriba por el picante y tosió, y Jenny se rió por primera vez en toda la noche, una risa limpia que la sorprendió a ella misma.

—No sé cómo puedes comer esto —dijo él, tomando agua, pero volvió a hundir el tenedor en el tazón.

—Es lo que comía en la universidad, cuando no me alcanzaba para otra cosa —contestó ella—. A veces extraño esa época. Todo era más sencillo.

Sebastián la miró un momento, largo, como si guardara la frase para pensarla después.

—Entonces la próxima vez que extrañes algo —dijo—, dímelo. Aunque sea sopa de bolsa. Yo te acompaño.

Por un rato la culpa se quedó afuera, tocando el vidrio, sin poder entrar.

Sobre la barra, boca abajo, el celular de Jenny volvió a iluminarse una vez. Un mensaje más de Lucas, brillando en la oscuridad de la cocina.

Nadie lo contestó.

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