A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
NovelToon tiene autorización de DulceSilencio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
Capítulo 14: Las palomas blancas (II)
El humo entró a la catedral como un animal.
Valentina se agachó por instinto. Santiago la jaló hacia abajo y la cubrió con un brazo. El sonido de cristales rompiéndose se multiplicó por toda la plaza —no uno, sino muchos, como una granizada hecha de rabia. Los gritos de afuera se mezclaban con los gritos de adentro, y durante un instante Valentina no pudo distinguir cuáles eran de miedo y cuáles de furia.
—¡Valentina!
Alejandro apareció entre la multitud que corría hacia el fondo de la catedral. Le tomó menos de cinco segundos cruzar la nave central. Se quitó el saco, se lo puso a Valentina sobre la cabeza y la empujó hacia una columna.
—No te muevas. Quédate detrás de mí.
Su voz no sonaba asustada. Sonaba como la de un hombre que ha vivido esto antes y sabe exactamente qué hacer. Sacó el teléfono y marcó un número con el pulgar mientras con la otra mano mantenía a Valentina contra la columna.
—Necesito extracción en San Gregorio. Ahora. —Pausa—. No, no estoy herido. Hay civiles adentro. Manda todo lo que tengas.
Julia apareció a su lado, con la camiseta gris manchada de polvo y una cortada en la frente.
—Hay gente tirada en la puerta —dijo, sin aliento—. Creo que lanzaron botellas con gasolina. El puesto de periódicos está ardiendo.
Por la puerta abierta de la catedral, Valentina vio la plaza. Lo que había sido una fila ordenada de familias esperando despensas era ahora un campo de batalla. Un grupo de encapuchados volcaba un puesto de tacos. Otro rompía las ventanas de un camión de carga. Las palomas que habían estado posadas en el atrio volaban en círculos enloquecidos, blancas contra el cielo naranja del humo.
Valentina miró a su izquierda. Santiago no estaba.
Buscó entre la multitud que corría dentro de la catedral. Buscó detrás de las columnas, en los bancos, cerca del altar. No estaba. Se había evaporado en el caos como hacía con todo: sin aviso, sin ruido, sin dejar rastro.
—Santiago no está —le dijo a Alejandro.
—Olvídalo. Nos vamos.
—No puedo dejarlo ahí.
—Valentina, hay una turba armada con bombas molotov a cincuenta metros. Santiago sabe cuidarse solo.
Valentina miró hacia la plaza. El fuego del puesto de periódicos se había extendido a un toldo cercano. El calor distorsionaba el aire como un espejismo. Una nube de gas lacrimógeno se arrastraba por la calle lateral, haciendo que la gente tosiera y llorara al mismo tiempo.
Julia le agarró la mano.
—Val, ni se te ocurra.
—Está ahí afuera. —Valentina se soltó de Julia—. Estaba a mi lado hace un minuto y ahora no está.
—Santiago Montero ha sobrevivido cosas peores que una protesta —dijo Alejandro, con la voz tensa pero controlada—. No voy a dejar que salgas.
Valentina lo miró. El hombre que le había horneado un pastel chueco y le había devuelto el medallón de su madre ahora le bloqueaba el paso con la autoridad de un senador y la firmeza de un padre. Detrás de él, la puerta de la catedral enmarcaba el infierno: humo negro, gritos, el resplandor naranja del fuego reflejándose en los azulejos de la fachada.
—Con o sin tu permiso —dijo Valentina.
Se soltó de Alejandro y corrió hacia la puerta.
—¡Valentina!
No se detuvo. Cruzó el umbral de la catedral y el calor la golpeó como una pared. El humo le llenó los pulmones. Los ojos le ardieron de inmediato —gas lacrimógeno, pensó, aunque nunca antes lo había olido. Era como meter la cara en un horno lleno de chiles quemados. Tosió, se cubrió la nariz con la camiseta y corrió.
La plaza era irreconocible. Las mesas de despensas estaban volcadas, las latas de atún y las bolsas de arroz aplastadas bajo los pies de la multitud. Un grupo de encapuchados con pañuelos negros lanzaba botellas desde detrás de una barricada improvisada con mesas y sillas de metal. Al otro lado, una línea de policías con escudos avanzaba lentamente, disparando botes de gas que dejaban arcos de humo blanco en el aire.
Valentina corrió entre los cuerpos que se movían en todas direcciones —gente huyendo, gente gritando, un hombre arrastrando a una mujer por el brazo, un niño llorando junto a un poste de luz. Una botella de vidrio se estrelló a dos metros de ella y el líquido encendido se expandió por el pavimento como una flor de fuego. El calor le chamuscó los vellos del antebrazo.
Gritó el nombre de Santiago. Una vez. Dos. La tercera se la tragó el ruido. Siguió corriendo.
Lo encontró en la esquina de Madero con Bolívar.
Santiago estaba de pie junto a un coche volcado, con la camiseta gris desgarrada y manchas oscuras en el pecho y los brazos. Sangre, pero Valentina no sabía si era suya o de alguien más. Tenía el pelo revuelto y los ojos abiertos con una expresión que Valentina nunca le había visto: no la calma calculada, no la media sonrisa, sino algo crudo, expuesto, como un animal que ha sido sacado de su guarida por la fuerza.
—¡Santiago!
Él la vio. La miró como si no pudiera creer que estaba ahí. Como si la hubiera dado por perdida.
Cruzó los cinco metros que los separaban en tres zancadas. La agarró por los hombros con las dos manos —los dedos apretándole la carne a través de la tela— y la acercó hacia él.
Y la besó.
No fue un beso suave. No fue un beso calculado. Fue un beso de dientes y humo y adrenalina, con sabor a sangre y ceniza y desesperación. Santiago la sostenía como si ella fuera lo último sólido en un mundo que se estaba desmoronando. Sus labios estaban agrietados por el calor. Su aliento era irregular, entrecortado, real.
Valentina sintió todo al mismo tiempo: el calor del fuego detrás de ellos, el sabor metálico en su boca, las manos de Santiago en sus hombros, la textura áspera de su barba incipiente contra su mentón. Su cuerpo respondió antes que su mente —un latido, un calor, un impulso de devolver el beso.
Luego su mente la alcanzó.
Lo empujó.
—¡No!
Las manos de Valentina impactaron contra el pecho de Santiago y lo apartaron. Él la soltó inmediatamente, como si el empujón le hubiera quemado. Se quedaron a un metro de distancia, respirando con dificultad, rodeados de humo y gritos y el crepitar del fuego.
—No debiste hacer eso —dijo Valentina. Le temblaba todo: las manos, la voz, las rodillas. Se limpió la boca con el dorso de la mano, como si pudiera borrar la sensación de los labios de Santiago contra los suyos. No pudo. El sabor a ceniza y sangre se le quedó pegado a la piel como una marca.
Santiago no dijo nada. La miraba con los ojos brillantes —no de lágrimas, sino de algo más intenso, como un hombre que acaba de descubrir que es capaz de sentir algo que creía que había perdido. Las manchas de sangre en su camiseta eran más oscuras de lo que Valentina había pensado. Algunas eran frescas. Algunas no eran de él.
—Lo siento —dijo. Y por primera vez, Valentina le creyó.
Eso la asustó más que el beso. Porque si Santiago era capaz de sentir algo real, entonces todo lo que le había dicho —cada advertencia de Julia, cada palabra de Alejandro, cada instinto que le gritaba que se alejara— podía ser verdad y mentira al mismo tiempo. Y Valentina no sabía vivir en ese tipo de ambigüedad.
Un silbido cortó el aire. Valentina giró la cabeza a tiempo para ver algo volar hacia ellos desde la barricada —una piedra, un trozo de ladrillo, algo duro y angular que venía directo a su cara.
Santiago la empujó al suelo.
Su cuerpo cayó sobre el de ella, pesado, caliente, cubriéndola con los brazos y la espalda. El impacto del objeto contra el asfalto a centímetros de su cabeza fue un golpe seco que le vibró en los huesos. Pedazos de concreto le llovieron sobre la nuca.
—¡No te muevas! —gritó Santiago contra su oído.
Valentina tenía la cara contra el piso. Olía a asfalto caliente y a gasolina. El peso de Santiago la aplastaba contra el suelo. Podía sentir su corazón latiendo contra su espalda —rápido, irregular, humano.
Más impactos. Más gritos. El sonido de una sirena acercándose.
Santiago no se movió. Se quedó encima de ella, cubriéndola con su cuerpo, hasta que las sirenas se hicieron más fuertes y los impactos se detuvieron y el caos comenzó a reducirse a un zumbido distante. Valentina podía contar sus respiraciones —cada vez más lentas, cada vez más pesadas, como si le costara llenar los pulmones.
—¿Santiago? —murmuró contra el asfalto.
No respondió.
—Santiago.
Su peso se hizo más muerto sobre ella. Valentina empujó con los codos hasta liberar medio cuerpo y giró la cabeza.
Cuando finalmente lo levantó, la espalda de su camiseta estaba roja. No roja como una mancha. Roja como un mapa entero, empapada desde los hombros hasta la cintura. Los pedazos de vidrio y concreto le habían abierto la piel en una docena de cortes que brillaban húmedos bajo la luz gris del cielo.
Santiago la miró desde el suelo. Le costaba enfocar. Una media sonrisa —rota, torcida, dolorosa— le cruzó la cara.
—Ahora sí puedes distinguirme de él —susurró—. Él nunca sangraría por ti.
Valentina le tomó la mano. Estaba fría.
A lo lejos, las sirenas se acercaron. Los encapuchados corrían. Y las palomas volvieron a posarse en el atrio de la catedral, blancas y ajenas, como si nada hubiera pasado.