Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.
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Capítulo 24: El lago de los Espejos
La campana sonó bajo el agua.
Una vez.
Dos.
Tres.
El sonido no era fuerte, pero atravesó la niebla como si hubiera sido tocado dentro del pecho de cada uno. Las ondas se extendieron sobre la superficie del lago, rompiendo por primera vez aquel reflejo perfecto.
Aria permaneció inmóvil en la orilla.
El Lago Espejo no parecía agua.
Parecía un cielo colocado sobre la tierra.
En su superficie no solo se reflejaban las nubes grises y los árboles desnudos. También aparecían torres que no existían en la orilla, calles antiguas cubiertas de luz y una ciudad que el mundo había olvidado hacía siglos.
Kael se colocó a su lado.
La Espada del Juramento emitía un resplandor tenue a su espalda.
—No toques el agua.
Aria lo miró de reojo.
—¿Esa es una advertencia basada en experiencia o en instinto?
—Ambas.
Liam retrocedió un paso.
—Me encanta cuando incluso el duque monstruo cree que algo es peligroso.
Kael no se giró.
—Deja de llamarme así.
—Yo no lo llamé así.
—Lo pensaste demasiado fuerte.
Liam cerró la boca.
Aldric, por su parte, estudiaba la orilla con expresión grave. La niebla se enroscaba alrededor de sus botas como si intentara reconocerlo.
—Este lugar no es natural —dijo.
—Eso ya lo habíamos notado —murmuró Liam.
Aria no apartaba la mirada del reflejo.
En el agua, la ciudad seguía allí.
Intacta.
Majestuosa.
Imposible.
Y en el centro de aquella visión se alzaba una plaza circular marcada con el símbolo de una estrella dentro de un círculo.
El mismo símbolo borrado de los murales.
La tercera casa.
La verdad.
Dieron la vuelta alrededor de la orilla durante casi una hora.
Nada cambió.
Desde cualquier ángulo, el lago reflejaba una ciudad que no estaba frente a ellos.
Aldric arrojó una piedra pequeña al agua.
Kael intentó detenerlo, pero fue demasiado tarde.
La piedra tocó la superficie.
No se hundió.
Simplemente desapareció.
Liam palideció.
—Eso no es normal.
—No —respondió Aldric—. Pero confirma algo.
Aria lo miró.
—¿Qué cosa?
—El lago no refleja el presente.
Kael observó la superficie inmóvil.
—Refleja una memoria.
La palabra pareció despertar algo.
Los fragmentos bajo la capa de Aria comenzaron a brillar.
Primero uno.
Luego el otro.
La luz plateada se filtró entre la tela, iluminando sus manos.
El agua respondió.
La ciudad reflejada se volvió más clara.
Las torres ganaron forma.
Las calles parecieron moverse.
Y entonces Aria vio personas.
Sombras.
Figuras caminando dentro del reflejo.
No eran reales.
No podían serlo.
Pero tampoco parecían simples ilusiones.
Eran recuerdos atrapados en el agua.
—Aria —dijo Kael.
Su voz estaba más cerca de lo que esperaba.
Ella se dio cuenta de que había dado un paso hacia el lago.
Uno más y habría tocado la superficie.
Kael la sostuvo del brazo.
No con fuerza.
Solo lo suficiente para detenerla.
—Te estaba llamando —susurró ella.
—Lo sé.
—¿Tú también lo escuchas?
Kael miró el agua.
Sus ojos grises se endurecieron.
—No.
Aldric se acercó.
—¿Qué decía?
Aria cerró los ojos un instante.
Intentó recordar el susurro.
No eran palabras claras.
Más bien una sensación.
Una invitación.
Una promesa.
— La verdad está abajo.
Liam señaló el agua con pánico evidente.
—Espero que abajo sea una metáfora.
El lago volvió a sonar.
Una campana.
Esta vez más profunda.
El reflejo cambió.
La ciudad desapareció.
En su lugar apareció una escalera blanca descendiendo desde la orilla hasta el centro del agua.
Pero cuando Aria miró frente a ella, no había nada.
Solo lago.
En el reflejo, la escalera existía.
En el mundo real, no.
Aldric comprendió primero.
—Busca el reflejo. No el camino.
Aria respiró lentamente.
La frase que había escuchado antes regresó a su mente.
Todo en aquel lugar funcionaba al revés.
La ciudad no estaba sobre la tierra.
La escalera no estaba frente a ellos.
El camino no existía en el mundo visible.
Existía en el reflejo.
Kael miró la superficie.
—Eso significa que debemos cruzar por algo que no podemos ver.
—Eso parece —dijo Aria.
Liam negó con la cabeza.
—No. No, no, no. Hay planes malos y luego está caminar sobre un lago mágico porque el reflejo dice que hay una escalera.
Aria no pudo culparlo.
Ella tampoco estaba precisamente tranquila.
Pero los fragmentos brillaban con más fuerza.
El tercer fragmento estaba allí.
Y si ellos no lo encontraban, la Orden lo haría.
Kael desenvainó lentamente la Espada del Juramento.
La hoja negra reflejó la luz del lago.
Luego tocó la superficie con la punta.
El agua no se movió.
En cambio, en el reflejo, la punta de la espada descansó sobre el primer escalón blanco.
Kael alzó la mirada hacia Aria.
—Hay suelo.
—¿Seguro?
—No.
Liam soltó un sonido ahogado.
Kael dio un paso.
Su bota tocó el agua.
Pero no se hundió.
Una onda plateada se extendió bajo sus pies, y en el reflejo, Kael apareció de pie sobre la escalera.
El lago lo sostenía.
Aria sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.
Kael extendió una mano hacia ella.
—Ven.
No fue una orden.
No esta vez.
Fue una invitación.
Y una promesa silenciosa de que, si el lago intentaba reclamarla, él no la soltaría.
Aria tomó su mano.
El contacto fue firme.
Cálido pese al frío.
Y juntos dieron el primer paso sobre el agua.
Caminar sobre el Lago Espejo era como atravesar un sueño.
Bajo sus pies, la superficie permanecía lisa, sólida apenas donde pisaban. A cada paso, el reflejo mostraba una escalera descendente, aunque sus cuerpos parecían avanzar sobre agua plana.
Aldric los siguió detrás.
Liam tardó varios segundos más.
—Si muero aquí, quiero que quede claro que protesté desde el principio.
—Consta —dijo Aldric.
—Gracias.
La niebla los envolvió.
La orilla desapareció.
El mundo se cerró alrededor del lago, dejándolos suspendidos entre cielo, agua y memoria.
Entonces comenzaron las visiones.
Aria vio una plaza luminosa.
La misma ciudad reflejada.
Pero ahora estaba viva.
Personas vestidas con ropas antiguas caminaban por calles de piedra blanca. Había niños corriendo junto a fuentes, comerciantes abriendo tiendas, guardianes con capas marcadas por la estrella dentro del círculo.
—Asther —murmuró Aldric.
Aria lo miró.
—¿Ese era su nombre?
—Quizá.
El viejo Cuervo parecía afectado.
—Creí que era una leyenda.
Kael caminaba en silencio, pero Aria notó su tensión.
Las visiones cambiaban cerca de él.
Donde Aria veía la ciudad, Kael veía fuego.
Lo supo por su rostro.
Por la forma en que su mano se cerró alrededor de la suya.
—Kael.
Él no respondió.
Sus ojos estaban fijos en un punto del lago.
Aria siguió su mirada.
En la superficie vio una mansión ardiendo.
Un niño escondido tras una puerta secreta.
Una mano ensangrentada cerrando el pasadizo desde fuera.
La Casa Raven.
El pasado de Kael.
El lago no solo mostraba la memoria del mundo.
También reflejaba las heridas de quienes caminaban sobre él.
Aria apretó su mano.
—No es real.
Kael tragó lentamente.
—Lo fue.
Ella no supo qué decir.
Así que no dijo nada.
Solo no lo soltó.
Entonces el lago cambió para ella.
La ciudad desapareció.
Las llamas se alzaron.
No las de la Casa Raven.
Otras.
Más altas.
Más crueles.
Una plaza llena de rostros.
Cadenas alrededor de sus muñecas.
Una sentencia pronunciada por voces que fingían justicia.
La hoguera.
Aria dejó de respirar.
El calor regresó con tanta fuerza que sintió el cuerpo temblar.
No era posible.
No allí.
No otra vez.
Vio su propia muerte reflejada en el agua.
Vio a la Aria de la primera vida mirando al cielo, consumida por el fuego.
Kael se volvió hacia ella.
—Aria.
Ella intentó responder, pero la voz no salió.
Él vio el reflejo.
No todo.
Quizá solo fragmentos.
Pero vio suficiente.
Sus ojos grises se abrieron apenas.
No con horror hacia ella.
Sino hacia lo que le habían hecho.
—Eso… —murmuró.
Aria cerró los ojos.
—No preguntes.
Kael no la soltó.
—No lo haré.
Aquella respuesta fue tan simple que casi la quebró.
No lo haré.
No exigiría la verdad antes de que ella pudiera entregarla.
No convertiría su dolor en juicio.
Solo permanecería allí.
Y por primera vez, Aria sintió que quizá algún día podría contarle todo.
La campana sonó nuevamente.
El reflejo de la hoguera se rompió.
La escalera llegó a su fin.
Frente a ellos apareció una plataforma circular en medio del lago.
En el mundo real no había nada.
Pero bajo sus pies, la superficie se volvió sólida.
En el reflejo, estaban de pie en la plaza central de la ciudad perdida.
El símbolo de la estrella dentro del círculo brillaba bajo ellos.
Los dos fragmentos de Aria salieron de su bolso y flotaron en el aire.
La Espada del Juramento respondió con luz gris.
El lago se oscureció.
Luego, desde el centro de la plataforma, emergió una figura hecha de agua y luz.
No tenía rostro definido.
Solo contornos.
Una túnica larga.
Manos delgadas.
Y en el pecho, el símbolo de la estrella.
Una voz serena resonó sobre el lago.
—La sangre y la espada han llegado.
Aldric se tensó.
Liam se escondió parcialmente detrás de él.
Kael levantó la espada.
Aria dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
La figura inclinó la cabeza.
—Un eco de la Casa Asther.
El nombre atravesó el silencio como una llave entrando en una cerradura.
Asther.
La tercera casa.
Los guardianes de la verdad.
—¿Dónde está el tercer fragmento? —preguntó Aria.
—Donde siempre estuvo.
La figura extendió una mano hacia el agua.
El reflejo de la ciudad volvió a aparecer.
Pero ahora Aria vio otra escena.
Una familia reunida en la misma plaza.
Los Espina Negra.
Los Raven.
Los Asther.
Tres casas.
Tres juramentos.
Tres responsabilidades.
La sangre abriría el camino.
La espada protegería la puerta.
La verdad recordaría lo que el mundo eligió olvidar.
—La Orden intentó destruirnos —dijo el eco—. Pero no pudo borrar todo.
—¿Queda algún Asther vivo? —preguntó Aldric.
La figura no respondió inmediatamente.
Esa pausa fue suficiente para inquietarlos.
—La verdad no muere con facilidad.
Liam frunció el ceño.
—Eso no es exactamente una respuesta.
—No —dijo Aria—. Pero significa que sí.
La figura giró hacia ella.
—La heredera entiende.
El agua comenzó a abrirse en el centro de la plataforma.
No hacia abajo.
Hacia el reflejo.
Como si el lago estuviera separando dos mundos.
De la superficie emergió un cristal oscuro con vetas plateadas.
El tercer fragmento.
Aria extendió la mano.
Pero la figura del eco habló antes de que pudiera tocarlo.
—La verdad exige memoria.
—¿Qué significa eso?
—Para tomar el fragmento, debes recordar lo que más deseas olvidar.
El corazón de Aria se detuvo.
La hoguera volvió a parpadear en el agua.
Kael dio un paso hacia ella.
—No tiene que hacerlo sola.
El eco de Asther lo observó.
—La espada protege.
Luego miró a Aria.
—Pero la sangre debe recordar.
Aria entendió.
El lago no quería solo abrir una puerta.
Quería que aceptara su propia verdad.
No podía seguir avanzando escondiéndose de sí misma lo que había vivido.
Había muerto.
Había ardido.
Había regresado.
Y aunque no entendía por qué, aquella muerte formaba parte de su camino.
Respiró hondo.
Luego soltó la mano de Kael.
Solo por un instante.
—Estoy lista.
Kael no intentó detenerla.
Pero permaneció cerca.
Como una promesa.
Aria tocó el tercer fragmento.
El lago desapareció.
El mundo se volvió fuego.
Vio la plaza de su ejecución.
Sintió las cadenas.
Escuchó los insultos.
Vio los rostros de quienes la traicionaron.
Pero esta vez no apartó la mirada.
Esta vez vio detalles que antes el dolor le había impedido notar.
Entre la multitud, un hombre con una rosa negra bordada bajo la capa.
Un noble entregando documentos falsos.
Un sacerdote pronunciando una sentencia escrita por otros.
Y, detrás de todo, una sombra.
La Orden.
Su muerte no había sido un simple complot de nobles ambiciosos.
Había sido parte de algo mayor.
La Orden la había llevado a la hoguera.
No por lo que había hecho.
Sino por lo que era.
La última sangre de las Espinas.
La visión terminó.
Aria regresó al lago con un grito ahogado.
Kael la sostuvo antes de que cayera.
Esta vez no preguntó.
Solo la sostuvo.
El tercer fragmento brillaba entre sus manos.
Los otros dos se unieron a él en el aire.
Tres luces plateadas.
Tres piezas de una misma llave.
El eco de Asther inclinó la cabeza.
—La memoria ha sido aceptada.
Los fragmentos comenzaron a girar.
Una forma apareció entre ellos.
No una llave completa.
Todavía no.
Pero sí el inicio de una.
Una Llave de Espinas.
El lago tembló.
A lo lejos, en la niebla, se escucharon voces.
Hombres moviéndose.
Órdenes susurradas.
La Orden había llegado a la orilla.
El eco de Asther comenzó a desvanecerse.
—Encuentren al último guardián de la verdad.
Aria levantó la vista.
—¿Quién?
La figura se disolvió lentamente en gotas de luz.
Antes de desaparecer, respondió:
—Adrián Asther.
El nombre quedó flotando sobre el agua.
Luego la plataforma comenzó a quebrarse.
Kael ayudó a Aria a ponerse en pie.
Aldric tomó a Liam del brazo.
—Tenemos que volver.
Liam miró hacia la niebla.
—¿Por el mismo camino invisible sobre el lago mortal?
—Sí.
—Claro. Por supuesto.
Aria sostuvo los tres fragmentos contra su pecho.
El agua seguía mostrando reflejos imposibles.
Pero ya no la llamaba.
El lago le había arrebatado un secreto.
Y le había entregado otro.
Mientras corrían de regreso hacia la orilla, Aria sintió la mirada de Kael sobre ella.
No era curiosidad.
No era sospecha.
Era comprensión contenida.
Él había visto una parte de la hoguera.
No todo.
Pero suficiente.
Y aun así seguía allí.
A su lado.
Cuando alcanzaron la niebla, la Orden apareció entre los árboles.
Capas oscuras.
Máscaras.
Rosas negras.
Kael desenvainó la Espada del Juramento.
Aldric hizo lo mismo.
Liam retrocedió junto a Aria.
Y ella, con los tres fragmentos brillando entre sus manos, comprendió que ya no podía huir de la verdad.
Ni de la Orden.
Ni de Kael.
Porque el Lago Espejo le había mostrado lo que más temía recordar.
Y también lo que más temía perder.
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷♀️🙎♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐