Valentina Reyes es médica de urgencias en el Hospital Civil de Guadalajara. Trabaja turnos de cuarenta y ocho horas, mantiene sola a su madre en silla de ruedas y no tiene tiempo para el amor. Mucho menos para un hombre que llega a su sala de emergencias cubierto de sangre, con el cuerpo lleno de cicatrices y una mirada que dice: *yo te conozco*.
Santiago Montero no es quien aparenta ser. Para el mundo es el heredero del Grupo Montero, una de las familias más poderosas de Jalisco. Para el cártel Los Voraces, es "El Halcón", un sicario leal que lleva cinco años infiltrado entre asesinos y narcotraficantes. Para el ejército, es un capitán de fuerzas especiales dispuesto a sacrificarlo todo por destruir al capo más peligroso de Sinaloa.
Pero para Valentina... Santiago es el niño al que ella le regaló un dulce de tamarindo en una capilla destruida, hace veinte años. Ella lo salvó. Él nunca la olvidó. Ella, por el trauma, borró su rostro de la memoria.
Ahora Santiago ha vuelto. Y está dispuesto a esperar lo que haga falta.
Cien cartas escritas en secreto. Una medalla con la inicial "S" que ella lleva al cuello sin saber por qué. Un anillo de plata con turquesa que él juró ponerle en el dedo... aunque le cueste la mano entera.
Pero el pasado no perdona. El Tigre, líder de Los Voraces, tiene una deuda de sangre con la familia Reyes. Y cuando descubra que El Halcón tiene un punto débil llamado Valentina, la guerra dejará de ser solo entre cárteles.
Entre secuestros, tiroteos, secretos familiares y una boda en la misma capilla donde todo comenzó, Valentina y Santiago descubrirán que el destino los unió por una razón.
La pregunta es si sobrevivirán para demostrarlo.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Territorios
El lunes a las siete de la mañana, el teléfono de Santiago sonó antes de que terminara el café.
Era Mateo.
—Confirmado. Tienen un informante en Guadalajara haciendo preguntas. No sobre El Halcón. Sobre Santiago Montero. —Pausa—. Preguntaron por una doctora del Hospital Civil.
Santiago dejó la taza sobre la barra.
—¿La nombraron?
—No. Pero tú y yo sabemos que no hay otra.
—Refuerza la vigilancia. Tres personas. Turnos de ocho horas. Cobertura completa. Discreta.
Mateo silbó bajito.
—Eso es nivel protección de testigo, hermano.
—Es el nivel que necesito.
Colgó. Se quedó mirando la taza sin verla.
Tres personas vigilando a Valentina. Y no iba a ser suficiente. Porque había algo que la vigilancia no podía hacer: estar cerca de ella. Asegurarse con sus propios ojos de que estaba bien.
Tomó las llaves de la camioneta.
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Valentina salió del hospital a las siete veinticinco. Vio la camioneta negra. Vio a Santiago recargado en la puerta del copiloto, brazos cruzados, como si llevara ahí toda la vida.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días, señorita Reyes.
—Buenos días. ¿Qué haces aquí?
—Vine a desayunar. ¿Conoces algún lugar bueno por aquí?
—Hay una fonda en la esquina. Pero tú vives del otro lado de la ciudad.
—Me quedaba de camino.
—No te queda de camino.
Santiago se encogió de hombros.
—¿Desayunamos o no?
Valentina lo miró un momento más. Algo en la mandíbula de él, en la forma en que sus ojos recorrían el estacionamiento antes de volver a ella, le decía que esto no era solo un desayuno.
Pero también algo en su pecho —algo cálido, algo que no le pedía permiso— le decía que no importaba.
—Vamos —dijo—. Pero tú pagas.
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El martes, Santiago apareció en la cafetería del hospital a la hora del almuerzo. Valentina lo encontró en una mesa del fondo.
—¿Otra casualidad?
—Tenía una reunión cerca.
—¿Cerca del Hospital Civil? ¿En la zona de Guadalajara que está a cuarenta minutos de tu oficina?
—El tráfico estaba ligero.
Valentina soltó una carcajada. Breve, genuina.
—Eres un pésimo mentiroso, Santi.
—Es una de mis pocas virtudes.
Comieron juntos. Santiago escuchó con la atención completa que dedicaba a todo lo que ella decía: sin interrumpir, sin preparar respuesta, simplemente ahí.
El miércoles, la rutina ya tenía nombre propio. Santiago la recogió a las siete. Desayunaron en la fonda. A la una, apareció con dos cafés y una concha de vainilla.
—¿Cómo sabes que me gustan las conchas de vainilla?
—Me lo dijiste en San Miguel.
—No te lo dije.
—Entonces lo adiviné.
Valentina le dio una mordida. Lo miró por encima del pan.
—Estás aquí todos los días —dijo.
—Sí.
—¿Va a seguir siendo así?
Santiago la miró. Sin pretextos. Sin el escudo de las casualidades inventadas.
—Sí.
—Está bien —dijo Valentina—. Me gusta que estés aquí.
Fue lo más cerca que habían estado de decir lo que ambos sabían pero ninguno nombraba.
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Rodrigo Fuentes entró a la sala de descanso del segundo piso a las dos de la tarde del miércoles.
Había visto a Santiago en la cafetería. Otra vez. Sentado frente a Valentina. Ella riendo.
Ella nunca le reía así a él.
La sala estaba vacía. Solo la máquina de café, dos sillones desgastados, revistas médicas que nadie leía.
Se sirvió café. Se quedó de pie junto a la ventana. Desde ahí se veía la camioneta negra de Santiago, estacionada en el mismo lugar de los últimos tres días.
Tres días.
La taza se estrelló contra la pared.
Los pedazos de cerámica cayeron al suelo. El café escurrió por la pintura beige como una herida oscura.
Rodrigo miró los restos. Respiración rápida, manos quietas. Cirujano hasta en la furia.
Se agachó. Recogió los pedazos uno por uno. Los envolvió en servilletas. Limpió la pared con toallas de papel.
Cuando terminó, la sala estaba exactamente como antes. Ninguna evidencia. Ningún testigo.
Se alisó el cabello. Salió con la misma sonrisa perfecta de siempre.
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La Trattoria del Centro. Manteles blancos, velas, una carta de vinos que Santiago nunca miraba.
Andrés llegó doce minutos tarde, como siempre. Camisa de lino, reloj que costaba más que un coche, la sonrisa de alguien que no tenía enemigos porque no se los tomaba en serio.
—Hermano —dijo, abrazando a Santiago—. Siglos sin verte. ¿Ya te mudaste al hospital o qué?
—¿Quién te dijo eso?
—Tu asistente. Fui tres veces esta semana y me dijo que tenías "compromisos externos." —Se sentó, desdobló la servilleta con gesto teatral—. ¿Desde cuándo tienes vida social?
—Tengo vida social.
—Tienes a Mateo, una camioneta blindada y cara de que alguien te debe dinero. Eso no es vida social.
Andrés pidió vino tinto. Santiago, agua mineral.
—¿Cómo está papá? —preguntó Santiago.
—Ah. Ya sabía yo que este era un interrogatorio.
—Es una pregunta.
—Es una pregunta con trampa. Papá está como siempre: moviendo el mundo desde un sillón de cuero, convencido de que el siglo veintiuno es un error temporal. —Andrés dejó la copa—. Dice que nunca estás en la empresa. Que el director general no puede dirigir desde la calle. Que los del consejo preguntan por ti y él tiene que inventar excusas.
—No estoy en la calle. Estoy manejando operaciones que el consejo no necesita conocer.
—Eso le dije. Y luego soltó lo otro.
—¿Qué otro?
—Papá dice que ya es hora de que te cases. Tiene una lista de candidatas.
Silencio.
—¿Una lista? —repitió Santiago.
—Tres nombres. Hijas de socios, familias del mismo círculo. Don Ernesto Montero no deja nada al azar. Me pidió que te lo dijera porque contigo no habla de estas cosas.
Santiago cortó un pedazo de carne. Masticó. Tragó.
—Dile que ya no necesita su lista.
Andrés dejó de masticar.
—Espera. ¿Qué?
—Lo que oíste.
—No, no, no. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Me estás diciendo que hay alguien?
Santiago tomó un trago de agua. No negó.
—Mano... —Andrés parecía a punto de aplaudir—. ¿Santiago "soy una fortaleza sin ventanas" Montero tiene a alguien?
—No exageres.
—¿La conozco?
—No.
—¿Bonita?
—Andrés.
—Está bien, está bien. —Levantó las manos—. No pregunto más. Pero necesito que sepas que este es el mejor día de mi vida.
Santiago exhaló por la nariz. Lo más cercano a una risa que su hermano iba a obtener.
—Solo dile a papá lo que te dije.
—Se lo digo. Pero va a querer nombre, apellido y carta astral.
—Que se quede con las ganas.
Andrés levantó la copa.
—Por la mujer que logró abrir la fortaleza.
Santiago no brindó. Pero tomó su vaso de agua y lo acercó un centímetro hacia la copa de su hermano.
Para Andrés, fue suficiente.
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Nueve y cuarenta de la noche. Estacionamiento del Hospital Civil.
El Volkswagen gris de Rodrigo Fuentes estaba en la tercera fila. Motor apagado. Luces apagadas. Ventanilla abierta tres centímetros.
A las nueve cuarenta y cinco, la camioneta negra apareció. Se estacionó junto a la salida de urgencias. El mismo lugar de los últimos tres días.
Santiago bajó. Se recargó contra la puerta del copiloto. Cruzó los brazos. Esperó.
A las diez, Valentina salió.
Desde su coche, Rodrigo vio todo.
Vio cómo ella caminaba hacia la camioneta con un paso más lento, más suelto, como si los músculos que mantenía tensos durante doce horas se relajaran al verlo.
Vio cómo él le abría la puerta. Un gesto anticuado, deliberado, territorial.
Vio cómo ella sonreía al subir. No la sonrisa educada que Rodrigo conocía. Una sonrisa real. Una que él nunca había recibido.
La camioneta arrancó y desapareció.
Las manos de Rodrigo apretaban el volante. Nudillos blancos. Tendones marcados como cuerdas bajo la piel.
Un minuto. Dos.
Entonces sacó el teléfono. Abrió el navegador.
"Santiago Montero Grupo Montero"
Grupo Montero S.A. de C.V. Una de las diez empresas más grandes de Jalisco. Logística, transporte, bienes raíces. Facturación anual en miles de millones.
Director general: Santiago Montero Villanueva.
Hijo de Ernesto Montero Aguirre, fundador y presidente del consejo.
Forbes México. El Financiero. Fotografías en galas empresariales.
La rabia en el rostro de Rodrigo se transformó. No desapareció. Cambió de composición, como un ácido que muta pero no pierde poder.
La mandíbula se relajó un milímetro. Los ojos se entrecerraron. Las pupilas se dilataron con algo que ya no era solo furia.
Era cálculo.
El tipo que le abría la puerta a Valentina no era un empleado cualquiera. Era el heredero de un imperio.
Cerró el navegador. Apagó la pantalla.
En la oscuridad del Volkswagen, sus labios se curvaron. No era una sonrisa. Era el primer movimiento de una nueva partida.
Esperaremos más historias 🙌