DEUDAS DE SANGRE: UNA NOVELA PSICOLÓGICA

DEUDAS DE SANGRE: UNA NOVELA PSICOLÓGICA

El Peso del Silencio (Inicio T1)

La lluvia había comenzado antes del amanecer y no parecía tener intención de detenerse. En Tokio, la lluvia tenía una extraña habilidad para encogerlo todo: las calles se volvían más estrechas, los edificios más grises y las personas caminaban con la cabeza gacha, escondidas bajo paraguas transparentes, como si nadie quisiera cruzar la mirada de otro.

Haruto Saitō observaba el reloj digital del almacén donde trabajaba. 20:47.

Había terminado su turno hacía cuarenta minutos, pero seguía acomodando cajas. Cada hora extra representaba unos pocos yenes más, y cada yen significaba unos minutos de tranquilidad para su familia.

Su supervisor pasó junto a él.

—Saitō. Ya terminaste. Puedes irte.

Haruto levantó apenas la cabeza.

—Solo termino esta fila.

—No te las van a pagar.

Haruto sonrió con cansancio.

—Lo sé.

El supervisor negó con la cabeza y siguió caminando. Haruto continuó trabajando. No era porque esperara cobrar esas horas: era porque no quería volver a casa todavía.

Finalmente dejó la última caja sobre la estantería. Respiró hondo, tomó su mochila y salió.

El aire frío le golpeó la cara. Metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar hacia la estación. El celular vibró. Mamá.

Contestó enseguida.

—¿Sí?

—¿Ya saliste del trabajo?

—Sí.

Hubo un pequeño silencio.

—No compres nada para cenar. Hoy hice curry.

Haruto sonrió por primera vez en todo el día.

—Hace mucho que no hacías.

—Encontré la carne en oferta.

Él sabía perfectamente que eso era mentira. Su madre siempre decía que algo estaba “en oferta” cuando no quería admitir que había gastado dinero que no tenían.

—Está bien. Llego en treinta minutos.

Antes de cortar escuchó otra voz.

—¡Hermano!

Era Yui.

—¿Qué pasa?

—¡Saqué la mejor nota en matemáticas!

Haruto soltó una risa.

—¿En serio?

—¡Sí!

—Entonces cuando cobre te invito un helado.

Del otro lado hubo silencio. Los dos sabían que Haruto cobraba dentro de diez días, y que probablemente ese dinero desaparecería antes de llegar a sus manos. Aun así, Yui respondió con entusiasmo.

—¡Promesa!

—Promesa.

Colgó.

Durante unos segundos caminó con una sonrisa. Hasta que la vio. Una camioneta negra. Estacionada frente a su casa. No pertenecía a ningún vecino.

Dos hombres de traje aguardaban junto a la entrada. Uno fumaba. El otro revisaba la hora.

Haruto sintió un nudo en el estómago. No necesitó preguntar quiénes eran. Ya los había visto antes: nunca en su casa, siempre a la distancia. Observándolo desde la esquina. Contando los días.

Se detuvo. Podía cruzar la calle, dar otra vuelta a la manzana, esperar. Quizá se marchaban. Miró el reloj. 20:59.

Los hombres seguían inmóviles. Respiró hondo. No podía seguir huyendo. Cruzó.

El hombre del cigarrillo levantó la vista apenas lo suficiente para reconocerlo. No sonrió. No hizo un gesto. Solo habló.

—Llegás tarde, Saitō.

Haruto respondió con una leve inclinación de cabeza.

—Tuve horas extra.

—Qué bueno.

El otro hombre guardó el reloj.

—Tu madre nos invitó a pasar.

Haruto sintió un escalofrío. Abrió la puerta. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.

Su madre permanecía sentada frente a la mesa baja del comedor, con las manos juntas sobre las piernas. Aiko, su pareja, estaba de pie detrás de ella. Yui asomaba medio rostro desde el pasillo. Nadie tocaba la comida. El curry seguía humeando.

Los hombres entraron como si aquella fuera su casa. Se sentaron. Uno abrió un portafolios y sacó una carpeta. La apoyó frente a Haruto.

—Sabes qué es esto.

Haruto no respondió. El hombre abrió la carpeta lentamente. Había contratos, recibos, préstamos, intereses. La firma de su padre aparecía una y otra vez.

Cada hoja era un recordatorio de una decisión desesperada para intentar mantenerlo con vida unos días más: medicamentos, tratamientos, hospitales. Y una deuda que no había muerto con él.

—El monto actualizado...

El hombre deslizó un papel. Haruto bajó la vista. La cifra era mayor que la del mes anterior. Mucho mayor. Sintió que el aire desaparecía.

—Es imposible...

El hombre lo interrumpió con calma.

—No usamos esa palabra. Usamos “pendiente”. Porque todavía puede pagarse.

Haruto apretó los dientes.

—Trabajo todos los días.

—Lo sabemos.

—No estoy escapando.

—También lo sabemos.

El cobrador cerró la carpeta.

—Por eso seguimos viniendo a hablar. No a romper cosas. No a lastimar personas. Todavía.

La última palabra quedó suspendida en el aire. Su madre rompió en llanto. Yui cerró despacio la puerta del pasillo. Aiko desvió la mirada. Haruto sintió una vergüenza tan profunda que le costaba respirar. Quería gritar. Quería golpear la mesa. Quería pedir perdón por algo que ni siquiera había hecho. Pero solo pudo inclinar la cabeza.

—Denme un poco más de tiempo.

El hombre tomó su paraguas.

—El tiempo también genera intereses, Saitō.

Los dos se marcharon sin elevar la voz. Sin amenazas. Sin violencia. Solo dejaron una tarjeta sobre la mesa. Haruto la miró durante largos segundos. No tenía nombre. Solo un número de teléfono. Y una frase impresa en negro:

“Siempre existe otra forma de pagar.”

La lluvia seguía cayendo cuando cerró la puerta. Por primera vez desde la muerte de su padre, comprendió que el verdadero duelo todavía no había empezado.

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