Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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El tierno Eric
Los días después de la separación tuvieron un ritmo raro, suspendido, como si el bar entero contuviera la respiración esperando ver qué pasaba.
Claudia se mudó a un departamento chico a dos cuadras del local —"provisorio", le dijo a todo el mundo, aunque en el fondo ya sabía que no había vuelta atrás— y empezó a pasar más horas en el bar que en cualquier otro lugar, entre el olor a café recién hecho de la mañana y el eco todavía fresco de la música de la noche del estreno.
Fue un martes, en una de esas tardes muertas entre el almuerzo y los ensayos de Eric, que Melina se sentó frente a ella en la barra sin avisar, con un termo con agua caliente y una expresión que no admitía escapatoria.
—Bueno —dijo, apoyando los codos en la madera—, ya fue suficiente tiempo de hacerme la boluda, hago unos mates y contame.
—¿Contarte qué? —Claudia siguió limpiando vasos de chop que ya estaban limpios, sin levantar del todo la vista.
—Clau. —Melina esperó a que la mirara—. Somos pocos y acá los rumores vuelan, Yo justo no lo vi, pero me enteré que la noche del estreno, vino tu marido, el que nunca había aparecido por acá.
— Sí, vino Fabián a hacerme una escena de celos.
— Y... te separaste de tu marido esa misma noche y le clavaste los ojos a Eric como si fuera el único hombre sobre la faz de la tierra.
—¿Eh? ¿Que decís Melina?
— Lo que ya sabes, Clau. Dale... Y casi le arrancás la cabeza a Luz por acercarse demasiado a él.
— Nada que ver...
—Y ahora venís todos los días acá, aunque no tengas nada que hacer, justo en el horario en que él ensaya. No soy adivina, pero tampoco soy tonta.
Claudia dejó el repasador sobre la barra, derrotada.
—No sé qué querés que te diga.
—La verdad estaría bien. —Melina se rió, aunque sin ninguna maldad—. Hey, no te estoy juzgando. Al contrario. Me parece bárbaro. Después de veinte años de aguantarte a un tipo que ni siquiera se molestaba en disimular que miraba para otro lado, te merecés sentir algo así, aunque sea una locura.
—Es una locura —admitió Claudia, en voz baja—. Tiene la mitad de mi edad, casi. Podría ser mi hijo.
—No tiene nada de malo la edad, y no es tu hijo, vos no tenes hijos —Melina puso los ojos en blanco—. Y además, ¿a quién le importa? El amor en la madurez es así, medio inconveniente, medio a destiempo.
— ¿Vos decis?
— Pero sí, nena. Si esperás el momento perfecto y la persona perfecta, te morís esperando. Te morís vieja y sola, como tu marido.
Claudia sonrió, a pesar de todo, agradecida de tener a alguien con quien hablarlo, aunque fuera a medias.
—¿Vos qué sabés de Eric, en realidad? —preguntó, cambiando el eje, tratando de no quedar tan expuesta—. Digo, más allá de lo obvio.
Melina se encogió de hombros.
—Lo que me contó él mismo, un día que estábamos armando la tarima. Estudia actuación hace como tres años, en una escuela del centro. Se anotó a un montón de castings el último tiempo, dice que hasta llegó a segunda ronda en algunos, pero nada todavía. Nada firme, quiero decir. —
— Te contó bastante, yo hablé con él, me contó sobre sus padres. Pero no quise preguntar más.
Melina hizo una pausa, jugando con el vaso
— A mi me dijo que a veces piensa que se le está yendo el tren, que ya no es tan joven para el ambiente, que todos sus compañeros de la escuela ya consiguieron algo y él sigue bailando de stripper para sobrevivir.
Claudia sintió algo removerse por dentro, distinto a los celos, más parecido a la ternura. No lo había pensado así: para ella, Eric era esa figura segura, sin fisuras, capaz de sacarse la ropa frente a cien desconocidos sin que le temblara un pelo.
Ella no se había imaginado que, debajo de esa seguridad, hubiera alguien tan ansioso por un futuro que todavía no llegaba, tan parecido, en el fondo, a cualquiera que estuviera esperando que su vida arrancara de una vez.
—No sabía nada de eso, no lo imaginaba. —dijo, casi para sí misma.
—Claro que no sabías. Eric es un chico muy sensible, Clau—Melina le dio un golpecito cariñoso en la mano—. Porque estabas demasiado ocupada mirándole el bulto como para preguntarle por su vida.
—¡Melina! ¡Tampoco soy una mina tan superficial!
—¿Qué? Es verdad. Y no tiene nada de malo mirarle el cuerpo, yo lo veo y me derrito, lo quiero desnudar, aún más de lo que está en la tarima. —Se rió, levantándose de la banqueta— Si me escuchara Gustavo me mata, pero que se joda, solo soy su amante ja, ja.
— Ay Melina, no cambias más.
—Bueno, ya está, ya hablé de más y ya te dije la *"posta". Ahora andá y hacé algo con esa información, porque yo no pienso seguir viendo cómo se miran de lejos sin animarse a nada. Es agotador.
Claudia se quedó sola detrás de la barra, con el vaso a medio limpiar olvidado entre las manos, pensando en un Eric distinto al que había conocido hasta ahora: uno que también tenía miedo, que también dudaba, que también esperaba que algo en su vida cambiara de una vez por todas. ¿Y si una mujer más grande era ese cambio?
Por la ventana del bar, en ese momento, lo vio llegar caminando por la vereda de enfrente, con una carpeta bajo el brazo y la cara un poco caída, como quien vuelve de un lugar que no salió como esperaba.
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*Posta: La verdad