El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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23 de octubre - mi día de esposa
El 23 de octubre de 2024 no fue un miércoles cualquiera. Para el resto del mundo sí, fue un día normal, con tráfico, con trabajo, con escuela. Para mí, fue el día que me convertí en esposa. El día que dejé de ser la novia de teléfono para ser la señora de alguien. El día más feliz de toda mi vida.
Me desperté a las 4 de la mañana. No pude dormir en toda la noche. No de nervios, de emoción. De esa emoción que te hace temblar las manos, que te hace sentir mariposas en el estómago, que te hace estar sonriendo sola como loca. Me paré frente al espejo y me dije: "Hoy te casas, Mari". Y me solté llorando. Llorando de felicidad, de esa felicidad que te duele bonito en el pecho.
Me bañé con calma, me tardé mucho arreglándome. No iba a llevar vestido blanco, porque no era una boda normal, no era en una iglesia, no era con fiesta. Pero quería verme bonita para él. Quería que cuando me viera, se le olvidara un poquito donde estábamos. Me puse mi mejor ropa, la que había comprado con mi suegra especialmente para ese día. Me planché el pelo, me maquillé natural, me puse perfume del bueno, del que huele dulce y se queda. Me puse unas arracaditas que me había regalado mi mamá hace mucho. Quería verme decente, bonita, como una novia de verdad.
Mi suegra pasó por mí temprano. Ella también iba muy guapa, con su blusa nueva. Me abrazó cuando me vio y me dijo "te ves bien bonita, mija, mi hijo va a estar bien contento de ver a su esposa tan chula". Y yo la abracé fuerte. Porque ella fue la única que estuvo conmigo en todo este proceso. La única que sabía lo que nos había costado llegar a ese día.
En el camino íbamos calladas, pero era un silencio bonito, de nervios compartidos. Yo llevaba mi carpeta con los papeles que tanto me habían costado en julio. Los llevaba abrazados como si fueran oro. Porque lo eran. Eran la prueba de que nuestro amor sí era legal, de que sí existía para la ley.
Llegamos al lugar y tuvimos que esperar mucho. Horas. Porque allá nada es a la hora que te dicen. Todo se atrasa, todo se hace lento. Pero a mí no me importaba esperar. Hubiera esperado todo el día, toda la semana, todo el año si era necesario. Con tal de que al final me dijeran que ya era su esposa.
Cuando por fin nos dijeron que ya podíamos pasar, sentí que las piernas me temblaban. Me sudaban las manos. Volteé a ver a mi suegra y ella me apretó la mano y me dijo "ándele, mija, vaya con su esposo".
Y ahí estaba él.
Entró esposado de las manos, con su uniforme, con su pelo recién cortado porque me había dicho que se lo había cortado para verme bonito. Y cuando me vio, se quedó parado. Se congeló. No caminó, no habló, solo me miró. Y yo también me congelé.
Era la segunda vez que lo veía en persona en toda mi vida. La primera había sido hacía mucho, de lejitos, sin poder abrazarlo bien. Y ahora era la segunda, pero ahora yo iba a ser su esposa.
Estaba más flaco de lo que me imaginaba por teléfono, pero tenía los mismos ojos que yo soñaba. Esos ojos chiquitos, cafés, que se le hacían más chiquitos cuando sonreía. Y estaba sonriendo. Sonriendo con toda su cara, con vergüenza, con amor.
El juez, o la persona que nos iba a casar, nos dijo que nos acercáramos. Yo caminé hacia él y él caminó hacia mí. Y por primera vez en mucho tiempo, pude olerlo. Olía a jabón barato, a limpio, a él. Olía a mi esposo.
Nos pusieron uno al lado del otro. A mí me temblaba todo. Él también estaba temblando. Yo lo veía de reojo y veía que le temblaban las manos esposadas. Me dieron ganas de agarrárselas, de decirle "ya estoy aquí, ya no tiembles".
El juez empezó a leer el acta. Hablaba de artículos, de leyes, de derechos y obligaciones. Yo no escuchaba nada. Yo solo escuchaba mi corazón que sonaba bien fuerte, tan fuerte que pensé que todos lo iban a escuchar. Lo volteaba a ver a cada ratito y él también me volteaba a ver y se reía bajito, con pena.
Y luego llegó el momento. El juez nos preguntó: "¿Es su voluntad unirse en matrimonio?".
Él dijo que sí primero. Fuerte, seguro, sin dudarlo ni un segundo. "Sí, es mi voluntad". Con esa voz que yo tanto amaba, pero ahora la escuchaba en persona, a un metro de mí. Su sí retumbó en todo el cuartito donde estábamos.
Luego me preguntó a mí. Y yo, con la voz quebrada, con lágrimas en los ojos, dije "sí, sí es mi voluntad". Y no pude aguantar y me solté llorando. Pero llorando bonito, de felicidad.
Nos dijeron que ya éramos marido y mujer ante la ley. Que ya estábamos casados. Que firmáramos.
Él firmó primero, como pudo, con las esposas puestas. Y luego firmé yo. Y cuando firmé, escribí mi nombre y al lado su apellido. Y sentí lo más bonito que he sentido en mi vida. Porque por primera vez en un papel oficial, yo era su esposa.
Nos dieron 5 minutos para felicitarnos. 5 minutos nada más. ¿Te imaginas? Esperar año y medio, pelear todo julio, y solo te dan 5 minutos para celebrar que te acabas de casar con el amor de tu vida.
Pero esos 5 minutos fueron eternos para mí. Lo abracé. Por fin pude abrazarlo bien, fuerte, como lo había soñado tantas noches. Y él me abrazó también, me abrazó con tanta fuerza que me levantó un poquito del piso, aunque tenía las esposas. Me abrazó como si no me quisiera soltar nunca. Y me dijo al oído, bajito, para que solo yo lo escuchara: "Gracias, esposa. Gracias por hacerme el hombre más feliz. Te amo".
Y yo le dije "yo también te amo, esposo. Por fin eres mío".
Nos tomamos una foto. Una sola foto. Salimos los dos abrazados, yo llorando y sonriendo a la vez, él sonriendo con su sonrisa de pena, pero con los ojos brillosos de felicidad. Esa foto la tengo guardada como mi mayor tesoro. Es la prueba de que ese día existió, de que no fue un sueño.
Después se lo llevaron. Se lo llevaron rápido, como siempre. Y yo me quedé ahí parada, con mi acta de matrimonio en la mano, viendo cómo se lo llevaban por un pasillo largo. Pero esta vez no me sentí triste de verlo irse. Porque esta vez se iba siendo mi esposo. Y yo me iba siendo su esposa.
De regreso en el carro, con mi suegra, no dejaba de ver el acta. La leía y la releía. "Yessica Hernandez" y su nombre, juntos, en el mismo papel, unidos legalmente. Ya no era su novia de teléfono. Ya era su esposa. La esposa del hombre que nadie había ido a ver en 10 años, pero que ahora tenía una esposa que había peleado por él.
Esa noche me marcó. Era ya mi esposo. Y me dijo "buenas noches, mi esposa". Y yo le contesté "buenas noches, mi esposo". Y nos quedamos dormidos así, repitiendo "mi esposo, mi esposa", como dos niños que acaban de recibir el regalo que tanto pidieron.
El 23 de octubre se me grabó en el corazón para siempre. Porque ese día, aunque el mundo no lo supiera, aunque nadie en mi casa lo supiera, yo me convertí en la mujer más feliz del mundo.