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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4 EL VESTIDO

La mañana en que Lucía fue a probarse el vestido de novia, Teresa llevaba despierta desde las seis.

Había preparado café, pan tostado y una pequeña tortilla de verduras, aunque sabía perfectamente que su hija probablemente no comería demasiado por los nervios.

La boda estaba cada vez más cerca.

Faltaban veintisiete días.

Veintisiete.

Lucía había escrito el número en el calendario de la cocina y lo había rodeado con un círculo rojo.

Cada mañana lo miraba.

Cada noche volvía a mirarlo.

Era extraño.

Había esperado durante años ese momento y ahora, cuando finalmente estaba llegando, sentía que el tiempo corría demasiado rápido.

—¿Ya estás despierta? —preguntó Teresa desde la cocina.

—Sí.

Lucía apareció por el pasillo con el cabello suelto.

—Buenos días.

—Buenos días.

Teresa la observó.

—¿Dormiste?

—Sí.

—¿Bien?

Lucía tardó un segundo.

—Más o menos.

Teresa dejó la taza sobre la mesa.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Otra vez dices “más o menos”.

Lucía se sentó.

—Estuve pensando.

—Eso haces demasiado.

—¿Y qué quieres que haga?

—Dormir.

Lucía sonrió.

—Hoy voy a probarme el vestido.

Teresa sonrió también.

—Lo sé.

—Estoy nerviosa.

—Es normal.

—¿Y si no me queda?

—Te quedará.

—¿Y si no me gusta?

—Lo cambias.

—¿Y si sale demasiado caro?

—Ya encontramos uno que podemos pagar.

—¿Y si...?

Teresa levantó una mano.

—Lucía.

—¿Qué?

—Respira.

Lucía soltó una pequeña risa.

—Estoy respirando.

—No parece.

Teresa se sentó frente a ella.

—Escúchame.

Lucía levantó la mirada.

—No importa si el vestido tiene encaje, si tiene botones, si es blanco, crema o del color que quieras. Tampoco importa si la fiesta tiene cien personas o cincuenta.

—Lo sé.

—Lo importante es que seas feliz.

Lucía bajó la mirada hacia su café.

—Lo soy.

Teresa extendió la mano y tocó la suya.

—Entonces no tengas miedo.

Lucía sonrió.

—No tengo miedo.

Pero en ese momento todavía no sabía diferenciar entre los nervios de comenzar una nueva vida y esa otra sensación más difícil de explicar que había empezado a aparecer dentro de ella.

No era miedo.

Todavía no.

Era una incomodidad ligera.

Una especie de pregunta sin forma.

Y decidió ignorarla.

La tienda estaba ubicada en una calle comercial donde había negocios de ropa, zapatos, decoración y pequeñas cafeterías.

No era una boutique elegante.

Era una tienda familiar.

Había vestidos colgados por toda la pared.

Algunos tenían grandes cantidades de encaje.

Otros llevaban largas colas.

Había modelos sencillos y otros demasiado adornados para el gusto de Lucía.

Teresa caminaba lentamente entre ellos.

—Este.

—No.

—¿Por qué?

—Demasiadas piedras.

—Pero es bonito.

—Parece que pesa diez kilos.

La vendedora sonrió.

—Pruébese este.

Le mostró uno de color blanco marfil.

Lucía lo tomó.

Lo observó.

Tenía un diseño sencillo.

Escote discreto.

Mangas pequeñas.

Una falda amplia sin exageraciones.

En la cintura había una pequeña línea de encaje.

Lucía pasó los dedos por la tela.

—Este me gusta.

Teresa sonrió.

—Yo también.

La vendedora señaló el probador.

—Puede pasar.

Lucía entró.

Cerró la cortina.

Y durante unos minutos solo se escuchó el roce de la tela.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Teresa.

—Sí.

—Voy.

Teresa entró.

Comenzó a acomodar el vestido.

—Levanta un poco los brazos.

—¿Así?

—Sí.

Lucía se miró al espejo.

Por un momento no reconoció a la mujer que estaba frente a ella.

No parecía una novia.

Parecía alguien que estaba a punto de comenzar una vida distinta.

Teresa la observó desde atrás.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.

—Nada.

—Mamá.

—Es que...

Teresa sonrió.

—Parece que fue ayer cuando estabas aprendiendo a caminar.

Lucía se rio.

—Eso fue hace demasiado tiempo.

—Para mí no.

Teresa acomodó el vestido.

—Gira.

Lucía giró.

La falda se movió suavemente.

—¿Qué dices?

Teresa se quedó callada.

—¿Qué?

—Te ves hermosa.

Lucía sonrió.

Pero después hizo una mueca.

—No sé.

—¿Qué?

—Es raro.

—¿Qué es raro?

Lucía miró nuevamente su reflejo.

—Pensar que voy a casarme.

Teresa frunció el ceño.

—¿Tienes dudas?

Lucía negó rápidamente.

—No.

Después suspiró.

—No de Mateo.

—Entonces ¿de qué?

—De todo.

—¿De la boda?

—De crecer.

Teresa sonrió.

—Eso nunca termina.

Lucía la miró.

—¿Tú también tuviste miedo?

Teresa tardó en responder.

—Mucho.

—¿Y aun así te casaste?

—Sí.

—¿Y qué aprendiste?

Teresa la miró a través del espejo.

—Que amar a alguien no significa dejar de tener una vida propia.

Lucía guardó silencio.

Aquella frase le recordó algo que su madre ya le había dicho semanas atrás.

No sabía por qué insistía tanto.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Tú confías en Mateo?

Teresa la miró directamente.

—Sí.

Lucía sintió alivio.

—Entonces ¿por qué siempre me hablas de tener cuidado?

Teresa suspiró.

—Porque eres mi hija.

Lucía sonrió.

—Eso no responde la pregunta.

—Las madres nunca respondemos exactamente lo que nuestros hijos preguntan.

Lucía se rio.

—Otra de tus frases.

—Algún día las entenderás.

Después del vestido fueron a comer a un pequeño restaurante cercano.

Teresa había insistido en pagar.

Lucía protestó.

—Tengo dinero.

—Hoy no.

—Mamá.

—Hoy invito yo.

—Pero...

—No discutas.

Lucía sonrió.

—Está bien.

Se sentaron junto a una ventana.

La calle estaba llena de personas.

Algunas corrían para protegerse del sol.

Otras cargaban bolsas.

Una señora empujaba un coche de bebé.

Un hombre vendía helados.

Dos muchachos discutían en una esquina.

La ciudad seguía con su ritmo habitual.

Lucía apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Sabes qué quiero después de casarme?

—¿Qué?

—Quiero una cocina como la que te dije.

Teresa sonrió.

—La de la ventana grande.

—Sí.

—No te olvidas de nada.

—No.

—¿Y qué más?

Lucía pensó.

—Quiero desayunar con Mateo los domingos.

Teresa levantó una ceja.

—¿Eso es todo?

—También quiero viajar.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar.

—Eso es demasiado general.

—No importa.

—¿Y niños?

Lucía se quedó pensando.

—Algún día.

—¿Cuántos?

—Uno.

Teresa se rio.

—Siempre dices uno.

—Porque no sé si podríamos mantener más.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

Teresa bebió un poco de agua.

—Solo quiero que tengas una vida tranquila.

Lucía sonrió.

—Eso quiero yo también.

No sabía que aquellas palabras terminarían adquiriendo un significado completamente distinto.

Por la tarde, cuando regresaron a casa, Lucía encontró a Diego sentado en la sala.

Tenía el teléfono en una mano y un libro abierto en la otra.

—¿Estudias?

—Sí.

Lucía miró el libro.

—Lo estás leyendo al revés.

Diego miró el libro.

—No.

Lo giró rápidamente.

Lucía comenzó a reír.

—Eres un desastre.

—Estoy descansando.

—Claro.

Diego miró la bolsa que llevaba su madre.

—¿Cómo quedó?

Lucía sonrió.

—Perfecto.

—¿Te lo puedo ver?

—No.

—¿Por qué?

—Porque es mala suerte.

—Eso es una superstición.

—No importa.

—Yo no creo en esas cosas.

—Yo sí.

Diego se levantó.

—Entonces no te lo veré.

Se acercó a ella.

—Pero espero que no te cases con un extraterrestre.

Lucía le dio un golpe en el brazo.

—Idiota.

Diego sonrió.

—¿Mateo viene hoy?

—Dijo que sí.

—¿A qué hora?

Lucía miró su teléfono.

—No sé.

—¿No tienes idea?

—Debe estar trabajando.

Diego se dejó caer en el sofá.

—Últimamente trabaja mucho.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Tú también lo has notado?

Diego se encogió de hombros.

—Sí.

—¿Te parece raro?

—No sé.

—¿Por qué?

—Porque antes siempre tenía tiempo.

Lucía guardó silencio.

Era la segunda persona que lo mencionaba.

Su madre.

Ahora su hermano.

Intentó no pensar demasiado.

—Tiene más responsabilidades.

Diego la miró.

—Puede ser.

No volvió a hablar del tema.

Pero Lucía sí lo pensó.

Toda la tarde.

A las siete y cuarto, Mateo llegó.

Lucía lo recibió en la puerta.

—Hola.

Él la abrazó.

—Hola.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

—¿Mucho trabajo?

—Sí.

Lucía se apartó.

—Mañana tengo que ir a recoger unas invitaciones.

—Bien.

—Y necesito que me confirmes los nombres de tus amigos.

Mateo asintió.

—Lo hago esta noche.

—¿Seguro?

—Sí.

Entraron.

Teresa estaba en la cocina.

—Hola, Mateo.

—Buenas noches.

Roberto apareció desde la sala.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Los hombres hablaron unos minutos.

Lucía observó a Mateo.

Había algo diferente en él.

No sabía qué.

Quizá estaba cansado.

Quizá simplemente estaba distraído.

Pero evitaba mirarla directamente.

Cuando ella preguntó por la lista de invitados, él respondió demasiado rápido.

—La preparo después.

—¿Por qué después?

—Porque ahora no tengo la cabeza para eso.

Lucía se quedó callada.

No era una gran cosa.

Pero ella era observadora.

Y había aprendido a notar los cambios pequeños.

Mateo había comenzado a responder diferente.

Antes hablaba con ella incluso cuando estaba cansado.

Ahora parecía estar siempre preocupado por algo.

El teléfono volvió a vibrar.

Él lo miró.

Se puso de pie.

—Voy afuera.

Lucía lo observó salir al patio.

No quiso seguirlo.

No quería convertirse en la mujer que vigilaba cada movimiento de su pareja.

Así que se quedó en la sala.

Pero escuchó.

No las palabras.

Solo el tono.

Mateo hablaba en voz baja.

Muy baja.

Como si no quisiera ser escuchado.

Cinco minutos después regresó.

—¿Todo bien? —preguntó Lucía.

—Sí.

—¿Trabajo?

—Sí.

Ella asintió.

No preguntó más.

Más tarde, cuando regresaba a casa, Lucía se quedó pensativa.

Mateo la había llevado en su automóvil.

Era un vehículo usado que había comprado hacía unos años.

No era nuevo.

Pero funcionaba.

Ella miraba por la ventana mientras la ciudad pasaba.

—¿Qué piensas? —preguntó Mateo.

—Nada.

—Estás callada.

—Estoy cansada.

—¿Por el vestido?

Lucía sonrió.

—Un poco.

—¿Te gustó?

—Sí.

—¿Mucho?

—Mucho.

—Entonces está bien.

Lucía lo miró.

—¿Tú estás feliz?

Mateo mantuvo los ojos en la carretera.

—Sí.

—¿Seguro?

—Claro.

—Últimamente te siento diferente.

Mateo no respondió.

Lucía esperó.

—¿Diferente cómo?

—No sé.

—Eso no ayuda.

—Estás más distraído.

—Estoy trabajando mucho.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

Lucía volvió a mirar por la ventana.

—Porque eres mi pareja.

Mateo apretó ligeramente el volante.

—No pasa nada.

—Está bien.

—Lucía.

—¿Qué?

—Confía en mí.

Ella lo miró.

Durante unos segundos no dijo nada.

—Confío en ti.

Mateo volvió a mirar la carretera.

—Entonces no pienses demasiado.

Lucía sonrió levemente.

—Eso es imposible.

Él soltó una pequeña risa.

—Lo sé.

Parecía una conversación sencilla.

Pero hubo algo en la manera en que Mateo pronunció aquellas palabras que dejó a Lucía inquieta.

Confía en mí.

No sabía por qué.

Quizá porque, desde hacía algunas semanas, esa frase aparecía demasiado.

Esa noche, después de que Mateo se fue, Lucía entró a su habitación.

Colocó cuidadosamente la fotografía del vestido que le habían tomado en la tienda.

La miró.

Después miró su anillo.

Luego abrió un cuaderno.

Comenzó a escribir una lista.

Cosas pendientes para la boda:

Invitaciones.

Decoración.

Comida.

Fotografías.

Confirmación de invitados.

Zapatos.

Maquillaje.

Música.

Ropa de Mateo.

Documentos.

Había algo satisfactorio en marcar tareas.

Le daba la sensación de que podía controlar el futuro si organizaba suficientemente bien el presente.

Tomó el teléfono.

Buscó la conversación con Mateo.

Último mensaje:

“Ya llegué.”

Ella escribió:

“Buenas noches.”

Esperó.

Nada.

Pasaron cinco minutos.

Diez.

Quince.

Finalmente llegó una respuesta.

“Buenas noches, amor.”

Lucía sonrió.

Apagó el teléfono.

Se acostó.

Pero mientras cerraba los ojos recordó la llamada que Mateo había recibido esa tarde.

La conversación.

El teléfono boca abajo.

Su madre.

Diego.

Todos habían notado que estaba diferente.

Ella se quedó mirando el techo.

—Estoy pensando demasiado —murmuró.

Y decidió dormir.

A unos kilómetros de allí, Mateo estaba nuevamente sentado en su habitación.

Tenía la camisa desabotonada.

Una botella de agua junto a él.

El teléfono sobre la mesa.

Frente a él había un sobre.

Lo abrió.

Dentro había varias fotografías.

Mateo las miró.

En una aparecía él.

En otra, Valentina.

En otra, una camioneta estacionada frente a un almacén.

En otra, un documento firmado.

Su rostro se endureció.

Tomó la fotografía de Valentina.

La dejó aparte.

Después tomó la que mostraba a Lucía.

Esa fotografía no se la habían tomado recientemente.

Era de varios meses atrás.

Lucía salía del trabajo.

Alguien la había fotografiado sin que ella lo supiera.

Mateo cerró los ojos.

—No —murmuró.

El teléfono sonó.

Esta vez respondió.

—¿Qué quieren?

La voz al otro lado fue tranquila.

—Que cumplas tu parte.

—Voy a hacerlo.

—Entonces deja de retrasarlo.

—La boda está cerca.

—Precisamente.

Mateo respiró lentamente.

—¿Y después?

Hubo un breve silencio.

—Después ella dejará de ser un problema.

Mateo sintió un escalofrío.

—No le hagan nada.

—No estás en posición de poner condiciones.

—Yo hice lo que me pidieron.

—Todavía no.

Mateo apretó los puños.

—Necesito tiempo.

—No tienes tiempo.

La llamada terminó.

Mateo dejó el teléfono.

Se quedó mirando la fotografía de Lucía.

Durante varios segundos su expresión fue irreconocible.

Había culpa.

Miedo.

Y algo parecido a desesperación.

Pero también había algo más.

Algo que Lucía no habría sabido identificar.

Una decisión.

Mateo tomó el sobre y lo guardó.

Después apagó la luz.

Tres días después, Lucía volvió a probarse el vestido.

Esta vez estaba sola.

La mujer de la tienda le ayudó a ajustar la cintura.

Lucía se miró en el espejo.

Sonrió.

Por un momento imaginó a Mateo esperándola al final de la iglesia.

Imaginó a Teresa llorando.

A Roberto intentando contener las lágrimas.

A Diego haciendo alguna broma para disimular la emoción.

Imaginó una vida nueva.

Una casa.

Una cocina con una ventana grande.

Domingos.

Viajes.

Quizá un niño.

Quizá dos.

Una familia.

Una vida tranquila.

Lucía cerró los ojos.

Y respiró profundamente.

—¿Está todo bien? —preguntó la vendedora.

—Sí.

—Pareces emocionada.

Lucía sonrió.

—Lo estoy.

La mujer la observó a través del espejo.

—Entonces este es el vestido.

Lucía abrió los ojos.

Miró su reflejo.

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

Lucía sonrió.

—Porque cuando una mujer encuentra lo que quiere, deja de buscar.

La vendedora sonrió.

—Eso dicen.

Lucía no sabía que la frase estaba a punto de adquirir un significado terrible.

Porque ella creía haber encontrado lo que quería.

Creía haber encontrado al hombre con quien compartiría su vida.

Creía haber encontrado seguridad.

Pero mientras ella elegía su vestido, otras personas estaban tomando decisiones sobre su futuro.

Y algunas de esas decisiones ya estaban muy cerca de tocar su puerta.

Aquella noche, antes de dormir, Lucía colocó el vestido dentro del armario.

Lo guardó cuidadosamente.

Cerró la puerta.

Y pasó la mano sobre la madera.

—Faltan veinticuatro días.

Sonrió.

Luego apagó la luz.

En algún lugar de la ciudad, alguien también estaba contando los días.

Pero no hasta la boda.

Contaba los días hasta que el plan terminara.

Y Lucía, sin saberlo, estaba acercándose lentamente al momento en que su vestido blanco dejaría de representar felicidad.

Porque para ella aquel vestido significaba el comienzo de una vida.

Para otros, significaba el principio de una tragedia.

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