Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 18: La soledad siempre fue mi única compañía.
—¡Cristani! —la voz de Anthony empezaba a escucharse lejana, distorsionada por la barrera. Golpeaba el muro invisible con los puños, con rabia—. ¡Cristani, abre esta maldita cosa!
No me detuve.
Mis pies simplemente siguieron andando de vuelta a casa.
Un paso.
Otro.
Otro más.
Automático.
Mecánico.
Como si mi cuerpo recordara el camino a Everfrost aunque mi alma se hubiera quedado tirada atrás, con ellos.
Cada golpe contra la barrera retumbaba detrás de mí. “Boom. Boom. Boom”. Como un corazón desbocado.
Como el mío, traicionándome en el pecho. Queriendo volver.
Queriendo gritar.
Queriendo pedir explicaciones que ya no había.
O una mentira para poder seguir creyendo en ellos.
—¡No puedes dejarnos así! —Gritó Sophia esta vez. Su voz, siempre tan controlada, tan de líder perfecta, se quebró al final—. ¡Tenemos que hablar!
“Ahora quieren hablar”. Pensé con amargura. “Ahora que no obtuvieron lo que deseaban. Ahora que su plan se les fue al carajo”.
No giré la cabeza.
Los ignoré, como si no existieran.
Como ellos me ignoraron cuando les supliqué que confiaran en mí.
Aprendí rápido, "bastante rápido".
Seguí caminando por el sendero de piedra que llevaba a Everfrost.
La pequeña ciudad que juré proteger con mi vida. El lugar que ellos querían que dejara indefenso, desnudo, solo para quedarse tranquilos. Para dormir sin miedo a mí.
El silencio volvió poco a poco.
Los gritos se apagaron, tragados por la distancia. Con el silencio llegó la calma.
Una calma falsa. Como el pecho que me dejaron.
El cielo, que minutos antes rugía de furia conmigo, que lanzaba truenos como si compartiera mi rabia, ahora estaba despejado. Lleno de estrellas. Indiferentes. Brillantes. Crueles en su belleza. Como si nada hubiera pasado. Como si cuatro personas no acabaran de destruir lo último que yo creía una gran amistad. Mi primera amistad real.
Y ellos… se quedaron ahí.
Del otro lado.
Llenos de impotencia por no lograr su cometido. Llenos de rabia porque la chica peligrosa ya no era tan fácil de controlar.
Imaginé sus caras y el dolor se hizo físico. Anthony con los nudillos sangrando, la piel abierta de tanto golpear.
Sophia con esa máscara de líder, de diosa inalcanzable, resquebrajándose por primera vez. Mostrando a la niña asustada debajo.
William en silencio, culpable, mirando al suelo porque no puede sostenerme la mirada.
Henry… Henry sin saber a quién mirar. A la amiga que traicionó o a los amigos a los que siguió.
Bien.
Que sientan algo.
Aunque sea frustración.
Aunque sea culpa.
Que les pese tanto como a mí.
La espada flotaba a mi lado.
Gu Di Jian. Ya no brillaba con furia asesina. Ahora pulsaba con un rojo tenue, cálido. Un latido. Como si me entendiera. Como si me dijera “no estás sola.Todavía me tienes a mí”.
—Tú sí me elegiste —susurré, rozando el metal con la punta de los dedos. Estaba tibio. Vivo—. Ellos no. Ellos me usaron.
La espada vibró bajo mi tacto. Una respuesta. Una promesa. Un para siempre que ellos nunca supieron darme.
Llegué a Everfrost. Mi barrera la había cubierto por completo, como una cúpula de cristal carmesí.
Una herida sangrante en medio de la noche.
Desde adentro, la ciudad se veía normal. Irreal. Luces encendidas en las ventanas.
Gente durmiendo, ajena al terremoto que acababa de partir mi mundo.
Sin saber que su protectora casi fue desarmada y descartada por sus supuestos amigos.
No entré por la puerta.
Vi mi ventana abierta y salté.
Caí dentro de mi habitación sin hacer ruido.
La ventana se cerró sola detrás de mí, con un suspiro suave. Como si la casa también supiera que necesitaba encerrarme.
Al instante que crucé, el peso me cayó encima. Todo.
Las palabras de Anthony como cuchillos.
“Nunca fuiste amiga”.
La indiferencia de Sophia como hielo.
“Aquí acaba todo”.
La culpa silenciosa de William.
La cobardía de Henry.
Me fallaron las piernas.
Caí de rodillas en medio de la habitación.
Vacía.
Silenciosa.
Solo el sonido de mi respiración agitada.
La sangre brotó de mis labios con un dolor agudo en mi pecho.
Y entonces suspiré. Un largo suspiro que me vació los pulmones.
No había lágrimas. Se habían secado con el frío de la noche. Con el frío de ellos.
Una vez más había sucedido lo que temía tanto. Lo que me perseguía en pesadillas desde que tengo memoria.
La soledad.
Quedarme sola.
Ese sentimiento era como estar en un pozo oscuro donde la luz no llega.
Un lugar donde solo puedes conversar contigo misma hasta volverte loca.
Podías tocar las frías paredes de piedra, arañarlas, gritar, y nada.
Solo ese eco interminable de tus suaves golpes devolviéndote tu propia desesperación.
No había nadie más ahí.
Excepto tú.
Y tus demonios.
“Otra vez lo mismo”, pensé.
Con cansancio.
Con resignación.
Confié.
Esa fue mi culpa.
Mi pecado capital.
Volví a bajar la guardia después de jurar que nunca más.
Creí en la amistad, en la lealtad, en las promesas estúpidas de “siempre estaremos juntos”.
Que ingenua.
Que estúpida.
Y usaron mi temor para vigilarme.
Usaron mi pasado para justificar sus cadenas. Esperaron el momento para dejarme nuevamente sola, tirada, rota.
Después de todo seguían deseando obtener esa espada.
Ese fue su objetivo desde el comienzo.
Yo solo fui el contenedor.
El obstáculo.
“Eres peligrosa”, dijo Anthony.
Reí suavemente al recordarlo.
Una risa rota, sin humor.
Que dolió más que llorar.
Pero estaba equivocado.
Ellos me hicieron peligrosa.
Con su desconfianza, con su mentira, con su miedo.
Yo solo quería proteger.
Ellos me enseñaron a atacar.
Me quedé ahí, no sé cuánto tiempo.
Arrodillada en el suelo de madera.
Pensando en no sé qué.
Tal vez recapitulando los buenos momentos de hace un par de años junto a ellos.
Las risas en las misiones.
Las noches de entrenamiento hasta el amanecer. La vez que Henry me cargó cuando me torcí el tobillo.
Quizás preguntándome si ahora éramos enemigos jurados después de lo que pasó.
Si la próxima vez que nos viéramos, sería para matarnos.
Pasó un largo tiempo hasta que me levanté. Lentamente.
Las rodillas me crujieron.
Me limpié la sangre de los labios con el dorso de la mano.
Caminé hacia mi cama como una sonámbula y me dejé caer sobre ella. No me cambié. Solo quería desaparecer.
Gu Di Jian flotó a mi lado, vigilante. Después de un rato, se fundió en luz roja y volvió a mi pecho, desapareciendo ahí.
Su calor se instaló junto a mi corazón. “No estás sola”, repitió sin palabras.
Las cosas empezaban a complicarse y lo sabía. Ellos no me dejarían así de fácil.
Mi orgullo me decía que no volverían.
Pero los conocía.
Me buscarían para exigir una respuesta, para darme otro discurso sobre el deber y el sacrificio. O tal vez dejarían la diplomacia y buscarían capturarme.
Obligarme a entregar la espada a la fuerza.
Pero también eran conscientes de algo: no podrían solo cuatro contra mí. No ahora. No después de que despertara de verdad.
Sin embargo, lo sabía.
Volverían.
Buscarían una falla en mí, una grieta en mi barrera, una debilidad en mi corazón. Y usarían eso para convencer al Consejo, a los demás cazadores, a todo el mundo, de que me atraparan.
De que yo era la amenaza ahora.
Convertirían a la protectora en el monstruo.
Cerré los ojos.
Para dormir.
Para restaurar la energía que había gastado.
.
.
.
Afuera, al otro lado de la barrera carmesí, una figura se quedó mirando las luces de Everfrost hasta el amanecer. Inmóvil. Como una estatua.
Sophia. Sola. Con la mano extendida, tocando el muro invisible que ahora las separaba.
Su palma contra el poder que ya no podía controlar.
Y por primera vez en su vida perfecta, en su vida de líder intocable, no sabía qué hacer.
Por primera vez, sintió miedo.
Miedo de haber provocado a la persona incorrecta.
Creía que por la amistad.
Y esa batalla, donde lucharon hombro a hombro.
Unidos por la misma causa. La haría ceder.
Pero se equivocó en algo.
Cristani, a pesar de lo que ya había sucedido. Seguía siendo "la elegida".
Seguía siendo esa chica que buscaba proteger a su familia.
Y el poder antiguo en su cuerpo. Ese fragmento que había nacido junto a ella, la había convertido en una guerrera ahora. En una humana mitad ancestral capaz de destruir su cuerpo por no permitir que le arrebataran lo que creía pertenecerle.