Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 20: Los celos de Samuel
La fotografía permanecía entre los dedos de Clarisa.
En ella aparecía su madre junto al padre de Samuel. Detrás de ellos, un hombre joven observaba a la cámara con una expresión seria.
Samuel había asegurado que era su hermano mayor.
Pero lo que más inquietaba a Clarisa no era la existencia de aquel hombre.
Era la reacción de Samuel.
Su rostro había perdido el color. Sus manos permanecían tensas y sus ojos no se apartaban de la imagen.
—¿Cómo se llama? —preguntó Clarisa.
Samuel no respondió de inmediato.
—Adrián Flores.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —Clarisa frunció el ceño—. Acabas de decir que tu familia te hizo creer que había muerto.
—Eso es lo que me contaron.
—¿Y nunca investigaste?
Samuel apartó la mirada.
—Durante años intenté hacerlo. Cada vez que preguntaba, mi madre cambiaba de tema. Mi padre decía que era mejor dejar el pasado en paz.
—¿Y tú aceptaste eso?
—Era un niño cuando desapareció.
La voz de Samuel se quebró ligeramente.
Clarisa guardó silencio.
Por primera vez, comprendió que aquel hombre reservado y aparentemente indestructible también cargaba heridas que no sabía cómo explicar.
De pronto, se escucharon pasos en el pasillo.
Mateo apareció en la puerta.
—¿Qué está pasando?
Samuel escondió la fotografía detrás de su espalda.
—Nada.
Mateo observó a Clarisa.
—¿Por qué tienes esa cara?
Antes de que ella pudiera responder, Samuel habló con firmeza:
—Vuelve al comedor, Mateo.
Su hermano frunció el ceño.
—No me des órdenes en mi propia casa.
—Esta no es una discusión que te corresponda.
Mateo miró la fotografía que Samuel sostenía.
Su expresión cambió.
—¿Dónde encontraste eso?
Clarisa notó su reacción.
—¿Tú sabes quién es?
Mateo apretó la mandíbula.
—No es asunto tuyo.
Samuel dio un paso hacia él.
—Cuidado con lo que dices.
—¿Ahora vas a amenazarme por una fotografía?
—No te estoy amenazando.
—Pues lo parece.
El ambiente se volvió tenso.
Clarisa decidió intervenir.
—Basta. No voy a quedarme aquí mientras todos se hablan como enemigos.
Mateo la miró.
—Tienes razón.
Luego observó a Samuel.
—Pero deberías preguntarle a tu esposa por qué Victoria estuvo hablando con ella esta tarde.
Samuel giró la cabeza hacia Clarisa.
—¿Victoria habló contigo?
Clarisa sintió que la tensión aumentaba.
—Sí. Me la encontré en la universidad.
—¿Y qué quería?
—Conversar.
—¿Sobre qué?
—Sobre muchas cosas.
Samuel se acercó.
—Clarisa, necesito saber exactamente qué te dijo.
Ella retrocedió ligeramente.
—No tienes que hablarme como si estuvieras interrogándome.
Samuel se detuvo.
—No te estoy interrogando.
—Entonces deja de hacerme tantas preguntas.
Mateo observó la escena con una expresión extraña y finalmente se marchó.
Samuel cerró la puerta de la biblioteca.
—Victoria no se acerca a ti sin una razón.
—Eso no significa que yo tenga que contarte cada palabra que me diga.
—Cuando se trata de tu seguridad, sí.
Clarisa cruzó los brazos.
—¿O cuando se trata de tus celos?
Samuel la miró con sorpresa.
—¿Celos?
—Desde que llegamos, no has dejado de preguntarme qué quería Victoria, qué me dijo y por qué hablé con ella.
—Porque no confío en ella.
—Eso es diferente.
Samuel guardó silencio.
Clarisa respiró profundamente.
—No puedes controlar con quién hablo, Samuel.
—No quiero controlarte.
—A veces parece que sí.
El empresario bajó la mirada.
—Solo intento protegerte.
—Protegerme no significa decidir por mí.
Samuel se pasó una mano por el cabello.
—Tienes razón.
Aquella respuesta desarmó a Clarisa.
Esperaba una discusión, no que él reconociera su error.
—¿Eso fue una disculpa? —preguntó.
—No te acostumbres.
Clarisa sonrió a pesar de sí misma.
Pero la sonrisa desapareció cuando Samuel añadió:
—Aunque hay algo que necesito preguntarte.
—¿Qué?
—¿Victoria te habló de otro hombre?
Clarisa parpadeó.
—¿Qué?
—En la universidad. ¿Estuviste con alguien más?
—Samuel, ¿qué estás insinuando?
—Nada. Solo quiero saber.
—No. No estuve con nadie.
Él asintió, pero no parecía completamente tranquilo.
Clarisa lo observó con incredulidad.
—¿De verdad estás celoso?
Samuel apartó la mirada.
—No.
—Samuel.
—He dicho que no.
—Entonces, ¿por qué te molesta tanto que alguien pueda acercarse a mí?
Samuel se quedó callado.
La respuesta parecía estar atrapada en algún lugar de su interior.
—Porque ahora eres mi esposa —dijo finalmente.
Clarisa lo miró con seriedad.
—Una esposa por contrato.
—Lo sé.
—Y el contrato no te da derecho a reclamarme.
—Nunca he dicho que seas de mi propiedad.
—Pero actúas como si lo pensaras.
Samuel se acercó un poco, aunque mantuvo una distancia prudente.
—No eres de mi propiedad, Clarisa. Nunca lo serás.
Sus ojos se encontraron.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Samuel tardó en responder.
—No me gusta imaginar que alguien pueda hacerte daño.
—Eso no responde a mi pregunta.
Él respiró hondo.
—No sé qué me ocurre.
Clarisa sintió que aquella confesión le provocaba una emoción difícil de comprender.
Samuel Flores, el hombre que siempre tenía una respuesta para todo, acababa de admitir que no entendía sus propios sentimientos.
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Más tarde, durante la cena, Samuel permaneció en silencio.
Clarisa estaba sentada a su lado, pero podía sentir la tensión entre ambos.
Victoria apareció unos minutos después.
Llevaba un vestido elegante y una sonrisa cuidadosamente calculada.
—Lamento la interrupción —dijo—. Beatriz me pidió que me quedara.
Clarisa observó a Samuel.
Su expresión se volvió fría.
—Puedes sentarte —dijo Beatriz.
Victoria ocupó la silla frente a ellos.
Durante la cena, intentó conversar con Samuel varias veces.
—¿Recuerdas cuando viajamos a París? —preguntó—. Siempre decías que aquel era nuestro lugar favorito.
Samuel ni siquiera levantó la mirada.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Pero los recuerdos no desaparecen tan fácilmente.
Clarisa continuó comiendo en silencio.
Victoria notó su incomodidad y sonrió.
—Clarisa, ¿Samuel te ha llevado alguna vez a París?
—No.
—Deberías pedirle que lo haga. A él le encantaba llevarme a los lugares más exclusivos.
Samuel dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Victoria, no estamos aquí para hablar del pasado.
—Solo estaba contando una anécdota.
—Pues deja de hacerlo.
Clarisa miró a Samuel.
—No tienes que intervenir cada vez que Victoria me diga algo.
—No estoy interviniendo por ti.
—¿Entonces por quién?
Samuel la observó.
—Por mí.
Victoria soltó una risa breve.
—Qué interesante. Antes nunca te molestaban mis comentarios.
Samuel giró lentamente hacia ella.
—Antes cometí muchos errores.
La sonrisa de Victoria desapareció.
—¿Y ahora eres un hombre perfecto?
—No. Pero estoy intentando no repetirlos.
Clarisa sintió que todos en la mesa habían entendido el significado de aquellas palabras.
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Después de la cena, Clarisa salió al jardín.
Necesitaba respirar.
La noche estaba fresca y las luces iluminaban los senderos.
—¿Puedo acompañarte?
Samuel estaba detrás de ella.
Clarisa no se giró.
—Si vienes a preguntarme otra vez por Victoria, prefiero estar sola.
—No vengo por eso.
Samuel se colocó a su lado.
Durante unos segundos, ambos observaron el jardín en silencio.
—Lo siento —dijo él.
Clarisa lo miró.
—¿Por qué?
—Por desconfiar de ti.
—¿Y por los celos?
Samuel suspiró.
—También.
—No tienes motivos para estar celoso.
—Lo sé.
—Además, nuestro matrimonio es un acuerdo.
—Lo sé —repitió.
Clarisa bajó la mirada.
—A veces siento que olvidas eso.
Samuel la observó detenidamente.
—Tal vez porque últimamente me cuesta recordarlo.
El corazón de Clarisa dio un pequeño vuelco.
—Samuel...
—No voy a pedirte nada —la interrumpió—. Solo quería que lo supieras.
Antes de que Clarisa pudiera responder, un automóvil se detuvo frente a la entrada de la mansión.
Andrés bajó apresuradamente y caminó hacia ellos.
—Señor Flores, tenemos un problema.
Samuel se puso serio.
—¿Qué ocurrió?
Andrés miró a Clarisa y luego a Samuel.
—Encontramos al hombre que estuvo vigilando a la señora Clarisa.
—¿Dónde está? —preguntó Samuel.
—En la estación de policía.
—¿Lo interrogaron?
—Sí. Y dijo algo que podría cambiarlo todo.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
Andrés sacó su teléfono y mostró una fotografía.
—Asegura que no trabajaba para Victoria.
Clarisa se acercó.
—Entonces, ¿para quién trabajaba?
Andrés miró a Samuel.
—Para alguien que lleva años buscando a Adrián Flores.
Samuel quedó inmóvil.
—¿Adrián?
Andrés asintió.
—Y hay algo más.
—Habla.
—El hombre asegura que Adrián está vivo.
Clarisa miró a Samuel.
Él apretó los puños.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, su teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Si quieres encontrar a tu hermano, deja de proteger a Clarisa.”
Samuel levantó la mirada hacia ella.
Y, por primera vez, sus celos dejaron de ser el problema más peligroso entre los dos.
Alguien estaba utilizando los sentimientos de Samuel para obligarlo a elegir.