Es una historia sobre el poder más supremo del universo: la capacidad de ELEGIR tu propio destino, incluso cuando te enfrentas a ciclos kármicos milenarios.
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CAPÍTULO 19: LA CALMA COMOLRTA
A veces, la paz no llega como una celebración.
Llega como un silencio.
Y para alguien que ha sobrevivido al caos durante demasiado tiempo, el silencio puede parecer el ruido más aterrador del mundo.
Durante las primeras semanas, Aria no podía dormir una noche completa.
No porque tuviera pesadillas.
Sino porque no las tenía.
Se despertaba a las tres de la mañana convencida de que había olvidado algo importante. Permanecía inmóvil en la oscuridad, escuchando el sonido del apartamento.
El refrigerador.
El viento.
La respiración pausada de Ethan.
Esperaba escuchar un portazo.
Un teléfono sonar.
Una discusión.
Una amenaza.
Algo.
Cualquier cosa.
Pero nunca ocurría.
Y eso, al principio, era lo que más miedo le daba.
Su cuerpo seguía viviendo en una guerra que ya había terminado.
Aunque su mente comenzaba a entenderlo, cada músculo seguía preparado para correr.
Cada latido seguía esperando el golpe siguiente.
Una mañana, mientras preparaba café, Ethan dejó caer accidentalmente una taza.
El sonido de la porcelana rompiéndose hizo que Aria se agachara instintivamente, cubriéndose la cabeza con ambos brazos.
Respiraba demasiado rápido.
Sus manos temblaban.
Cuando levantó la vista, Ethan ya estaba arrodillado frente a ella.
No preguntó qué le ocurría.
No le pidió que se calmara.
Simplemente extendió la mano.
—Ya pasó.
Nada más.
No hubo juicio.
No hubo impaciencia.
No hubo preguntas.
Solo presencia.
Permanecieron así varios minutos.
Hasta que el temblor desapareció.
Esa noche Aria comprendió algo.
Durante seis vidas había confundido el amor con la supervivencia.
Había creído que amar significaba resistir.
Perdonar.
Esperar.
Aguantar.
Salvar.
Pero nadie debería tener que sobrevivir para demostrar que ama.
El amor no debería sentirse como una batalla diaria.
Debería sentirse como respirar.
Los meses comenzaron a deslizarse unos sobre otros.
Las estaciones cambiaron.
Las hojas cayeron.
Llegó el invierno.
Después la primavera.
Y por primera vez, los días dejaron de distinguirse por el dolor.
Empezaron a distinguirse por cosas pequeñas.
Las plantas nuevas del balcón.
Las recetas que intentaban cocinar juntos.
Las risas cuando alguno olvidaba un ingrediente.
Las caminatas sin destino.
Las tardes de lluvia.
Las películas que nunca terminaban porque hablaban durante toda la función.
Era una felicidad sencilla.
Y precisamente por eso parecía irreal.
A veces Aria observaba a Ethan desde la distancia.
Cuando él leía.
Cuando cocinaba.
Cuando trabajaba frente al computador.
No buscaba defectos.
Buscaba señales.
Aquellas pequeñas grietas que anunciaban la llegada del monstruo que siempre aparecía después del encanto.
Pero los días seguían pasando.
Y el monstruo nunca llegaba.
Entonces entendió algo que jamás había imaginado.
No estaba esperando que Ethan cambiara.
Estaba esperando que el pasado regresara.
Y el pasado ya no tenía dirección para encontrarla.
Ocho meses.
Doscientos cuarenta días.
Miles de pequeños momentos.
Ninguno extraordinario.
Todos indispensables.
Porque la confianza nunca se construye con grandes promesas.
Se construye con cientos de actos diminutos que jamás aparecen en una historia de amor.
Preparar café.
Preguntar cómo estuvo el día.
Escuchar.
Esperar.
Abrazar.
Permanecer.
Una noche salió sola al balcón.
La ciudad respiraba bajo un océano de luces.
Por primera vez decidió mirar hacia atrás.
No con tristeza.
Con gratitud.
Recordó a la joven de la primera vida.
Aquella que creyó que amar significaba desaparecer.
Recordó a la mujer de la segunda.
La que confundió el aislamiento con protección.
Recordó a la tercera.
La que lloró tanto que un día dejó de tener lágrimas.
Recordó a la cuarta.
La que aprendió que incluso el miedo puede cansarse de existir.
Recordó a la quinta.
La que convirtió la esperanza en una prisión.
Recordó a la sexta.
La que aprendió que la distancia también puede salvar una vida.
Todas seguían viviendo dentro de ella.
No como heridas.
Como maestras.
Ninguna había fracasado.
Cada una había sobrevivido lo suficiente para entregar el relevo a la siguiente.
Y ahora todas descansaban.
Sintió una lágrima recorrer lentamente su rostro.
No era tristeza.
Era alivio.
Después de seis vidas intentando ser suficiente para alguien más...
Por fin era suficiente para sí misma.
Escuchó unos pasos detrás de ella.
Ethan salió al balcón con dos tazas de té.
Le entregó una sin decir nada.
Se apoyó en la baranda.
Miró la ciudad.
Esperó.
Como siempre.
Sin invadir su silencio.
Sin intentar resolverlo.
Después de varios minutos preguntó suavemente:
—¿En qué piensas?
Aria sonrió.
—En cuánto tiempo tardé en encontrar este momento.
—¿Valió la pena?
Ella observó el horizonte.
Las luces.
El viento.
Su propia respiración.
Y respondió:
—Sí.
Porque ahora entiendo que nunca estaba buscando un hombre.
Estaba buscándome a mí.
Ethan giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Y te encontraste?
Aria dejó escapar una risa pequeña.
Una risa limpia.
Sin miedo.
—Sí.
Y descubrí que jamás estuve rota.
Solo estaba sobreviviendo.
Permanecieron juntos mientras la ciudad seguía latiendo.
Miles de personas corrían detrás de sus propias historias.
Algunas comenzaban.
Otras terminaban.
Algunas apenas aprendían las lecciones que Aria había necesitado seis vidas para comprender.
El universo nunca había querido castigarla.
Solo estaba enseñándole aquello que el dolor jamás consigue explicar con palabras.
Que el amor auténtico no exige sacrificios imposibles.
No obliga.
No castiga.
No controla.
El amor verdadero hace algo mucho más sencillo.
Permanece.
Y aquella noche, mientras apoyaba la cabeza sobre el hombro de Ethan, Aria comprendió que la paz no era la ausencia del pasado.
Era la certeza de que el pasado ya no decidía su futuro.
Por primera vez...
No esperaba que la felicidad terminara.
Simplemente la estaba viviendo.