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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 12: El Desborde del Corazón

​Pasadas las dos de la mañana, la respiración del pequeño Andreis Julián por fin se volvió profunda, acompasada y tranquila. La fiebre había cedido por completo gracias a los medicamentos y a la incansable dedicación de Juliana, quien no se había separado de su lado ni un solo segundo, refrescando su frente con paños húmedos hasta que el termómetro marcó un alivio. El niño dormía plácidamente, aferrado todavía con un puño flojo a la manga de la blusa de Juliana.

​Con una lentitud milimétrica, Juli se zafó del agarre del niño, le acomodó las sábanas y le dio un tierno beso en la mejilla antes de ponerse en pie. Al girarse, se encontró con la silueta de Andrés. Había permanecido todo ese tiempo sentado en la silla de la esquina, en una penumbra vigilante, mirándola con una mezcla de adoración, culpa y un cansancio que le surcaba las facciones maduras.

​Andrés se puso en pie en silencio y le hizo una seña con la cabeza hacia el pasillo. Juliana lo siguió, cerrando la puerta del cuarto a sus espaldas con extremo cuidado para no romper el descanso del pequeño.

​Caminaron por el pasillo en sombras hasta llegar a la cocina, donde solo la pequeña luz de la campana extractora iluminaba el lugar. Andrés se apoyó contra la barra, cruzándose de brazos, mientras Juliana se paraba frente a él, manteniendo una distancia prudente. La atmósfera ya no estaba cargada de la furia del viernes, sino de una vulnerabilidad tan descarnada que hacía que el aire pesara.

​—Gracias, Juli —articuló Andrés con la voz ronca, rompiendo el silencio—. De verdad... no sé qué habría hecho si no venías. Fui un ignorante, un estúpido al querer apartarte de él. Cuando lo vi delirar y llamarte... sentí que el mundo se me venía encima.

​Juliana lo miró fijamente. El cansancio de la noche borraba sus defensas, y por primera vez en años, la armadura de la fría directora de danza se agrietó por completo, dejando salir el torrente de emociones que llevaba reprimiendo.

​—¿Por qué lo hiciste, Andrés? —preguntó en un susurro quebrado, con los ojos cristalizándose de inmediato—. ¿Por qué usar a Andreis? Sabés perfectamente lo que ese niño significa para mí. Soporté que me trajeras un contrato legal, soporté tu distancia... ¿pero quitarme al niño? Fue el golpe más bajo que me pudiste dar.

​Andrés bajó la cabeza, apretando los puños. El remordimiento le quemaba el pecho.

​—Lo hice por despecho, Juli. Por puro orgullo herido —confesó, levantando la mirada para sostenerle los ojos, dejando ver toda su miseria—. Me sentía rechazado. Llevo cinco años intentando demostrarte que cambié, que soy un hombre maduro, que quiero construir una vida con vos y con los niños bajo el mismo techo. Pero cada vez que daba un paso, vos ponías la barrera de las casas separadas. Sentí que para vos yo solo era un error de contención, un capricho. Estaba ciego de rabia y quise demostrarte que yo también podía poner un muro. No pensé en el daño que le hacía al niño, ni el que te hacía a vos. Soy un imbécil.

​Juliana soltó una risa amarga, dejando que las lágrimas corrieran por fin de manera libre, lavando el dolor acumulado.

​—¿Vos te sentías rechazado? —dijo, dando un paso al frente, impulsada por una fuerza que nacía desde lo más profundo de sus recuerdos—. Andrés, vos no tenés la menor idea del impacto que tuvieron tus acciones en mí. Vos te olvidás de lo que pasó en el pasado. Te olvidás de cómo me despreciaste en pleno embarazo, de la humillación que pasé viviendo bajo tu mismo techo como una simple amiga por el bien de la bebé, mientras vos me mirabas a los ojos para decirme con frialdad que nunca podrías amarme porque tu corazón le pertenecía a tu amor de la infancia.

​Andrés contuvo el aliento, sintiendo como si le hubieran dado una bofetada de realidad.

​—Esas palabras me rompieron, Andrés —continuó Juliana, con la voz temblando por el llanto, abriendo su corazón por completo—. Destrozaron mi autoestima, mi seguridad como mujer, me dejaron una herida tan profunda que me costó años volver a armarme. Me juré a mí misma que jamás volvería a ponerme en una posición donde un hombre tuviera el poder de destruirme así. Por eso construí el muro de las casas separadas, por eso me protegía con mis padres, Julia y Joaquín. No era por capricho, era por pánico. Tenía terror de volver a sufrir por vos... porque la verdad, Andrés, es que a pesar de todo el desprecio, yo te seguía amando.

​Andrés sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al escucharla.

​—Te amaba tanto —añadió Juli en un hilo de voz—, que cuando ella apareció, me hice a un lado. Me tragué mi dolor, me aguanté las lágrimas y te apoyé desde el amor más puro porque quería verte feliz, aunque eso significara que no fuera conmigo. ¿Y venís a decirme que vos sos el único que ha sufrido en esta historia?

​Andrés dio dos pasos rápidos, acortando la distancia que los separaba, y tomó las manos de Juliana entre las suyas. Estaban frías, temblorosas. Él la miró con los ojos empañados, desarmado por completo, entendiendo por fin la magnitud del daño que su ignorancia y egoísmo habían causado en el pasado.

​—Perdóname, Juli... Dios, perdóname —suplicó Andrés, con la voz rota, apretando sus manos contra su pecho—. Fui un ciego egoísta. Nunca me detuve a pensar en lo que te hice pasar, solo pensaba en mi propia frustración actual. Tenés toda la razón del mundo para tener miedo. Fui un monstruo con vos en ese entonces, y esta semana me comporté como el mismo idiota inmaduro.

​Juliana desvió la mirada, intentando recuperar el control, y soltó un suspiro pesado antes de tocar el tema que le había desgarrado el alma el viernes por la noche.

​—Y luego... voy al restaurante con mis padres y con Athenea, y te encuentro brindando con Viviana. El mismo día de tu cumpleaños, el mismo día que me quitás al niño por "poner límites", estás ahí con ella. Sentí que todo tu discurso de haberme esperado cinco años era una farsa, que a la primera de cambios buscabas a otra.

​Andrés negó con la cabeza repetidamente, con una urgencia desesperada por aclarar el malentendido.

​—No, Juli, escucháme bien, por favor. Lo de Viviana fue el peor de mis errores de esa noche, pero no es lo que pensás. Ella ha sido mi secretaria por años, sí, y mis papás me querían hacer una cena, pero yo estaba tan resentido con el mundo que les dije que no. Viviana vio que estaba solo y me invitó a cenar por mi cumpleaños. Yo, en mi estúpido orgullo, quise demostrarme que podía salir con alguien, que podía avanzar y no quedarme esperando tu rechazo. Pero te juro por la vida de nuestros hijos que no hay nada con ella, ni nunca lo habrá. En cuanto entraste por esa puerta y vi la decepción en tus ojos, el mundo se me vino abajo. Dejé la cena servida, le dejé dinero y salí corriendo detrás de vos. Fui a buscarte a casa de tus papás esa misma noche bajo la tormenta, pero tu papá Joaquín no me dejó entrar... y tenía toda la razón.

​Juliana lo miró en silencio, analizando la desesperación real en sus ojos oscuros. No había mentira en su voz, solo el lamento de un hombre que sabía que había tocado fondo. El hielo en el pecho de Juli comenzó a ceder sutilmente ante el calor de su honestidad.

​—Andrés... yo no puedo darte un "sí" y mudarme con vos mañana —dijo ella con voz más calmada, aunque firme—. No puedo borrar el miedo de la noche a la mañana.

​Andrés asintió con paciencia, apretando suavemente sus manos, sintiendo un rayo de esperanza en medio de la penumbra.

​—No te estoy pidiendo eso, Juli. Ya no más presiones, te lo prometo —respondió él, con una ternura madura que reflejaba un cambio real—. Entiendo tu herida, entiendo que yo mismo la creé. Si tenemos que ir despacio, iremos al ritmo que vos dictés. Si querés mantener las casas separadas por ahora, lo voy a respetar. Solo te pido que no me cierres la puerta por completo. Déjame ayudarte a sanar esa herida que te causé. Déjame demostrarte, día a día, sin apurar nada, que podés confiar en mí y que el hombre que te lastimó en el pasado ya no existe.

​Juliana miró sus manos unidas y luego el rostro de Andrés. El camino por delante era largo y las cicatrices eran profundas, pero la inercia que los unía seguía siendo más fuerte que sus miedos.

​—Está bien, Andrés —susurró Juli, permitiéndose una pequeña y honesta sonrisa de lado—. Vamos a ir despacio. Sin contratos legales, sin castigos con los niños... y un paso a la vez.

​Andrés soltó un suspiro de alivio que pareció quitarle un peso de toneladas de los hombros. Se inclinó y, con una delicadeza infinita, depositó un beso tierno en la frente de Juliana, sellando un pacto de madurez real, el primer paso hacia la reconstrucción de la familia que siempre debieron ser.

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