Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: El primer roce que enciende todo.
El sol empezaba a ocultarse tras las montañas, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas, y llenando el jardín interior del palacio de una luz suave y dorada. Estaban solos, como tantas otras veces, sentados en el banco de piedra bajo el viejo árbol de ginkgo, ese lugar que ya se había convertido en su refugio, en el rincón donde podían hablar sin muros, sin etiquetas, sin miradas ajenas.
Habían estado hablando tranquilamente, como siempre hacían: ella le explicaba con entusiasmo unos cambios nuevos que quería hacer en el sistema de almacenamiento de grano, ideas que había traído de su mundo anterior, formas de guardar la comida para que no se echara a perder ni con el calor ni con la humedad. Él la escuchaba con esa atención absoluta que ya era costumbre en él, asintiendo, haciendo preguntas, maravillándose una vez más de cómo su mente veía soluciones donde los demás solo veían problemas.
Estaban tan cerca que sus rodillas casi se tocaban, pero siempre manteniendo esa pequeña distancia, ese límite que ella había puesto desde el principio y que él respetaba con paciencia, esperando el momento en que ella misma decidiera cruzarlo. Hablaban con naturalidad, con confianza, con esa complicidad que había crecido tanto entre ellos… pero sin saber que, en ese instante, algo estaba a punto de cambiarlo todo.
Ella se inclinó un poco hacia delante para explicarle mejor con las manos cómo debían ser las estructuras de madera y piedra, y al mismo tiempo, él se movió también, estirando el brazo para señalar un dibujo sencillo que ella había hecho en la tierra. Fue un movimiento casual, sin intención, sin malicia, algo que podría haber pasado entre dos amigos cualquiera. Pero cuando su mano rozó la de ella, cuando sus dedos se tocaron apenas, suavemente, por un segundo… el mundo entero se detuvo.
Una descarga que los paralizó.
Fue como si un rayo hubiera caído justo entre los dos. Como si una corriente de fuego y electricidad hubiera recorrido al instante cada uno de sus huesos, cada una de sus venas, cada parte de su piel.
En cuanto el roce ocurrió, ambos se quedaron inmóviles, paralizados. No apartaron las manos, ni las acercaron más. Simplemente se quedaron ahí, con las yemas de los dedos tocándose levemente, sintiendo esa sensación extraña, intensa, desconocida y poderosa que los recorría por completo.
Para Li Longjun, fue como si todo lo que había contenido, todo lo que había sentido, todo el deseo, el amor, la obsesión y la necesidad que había guardado en su corazón durante meses, hubiera explotado de golpe en ese contacto mínimo. Sintió que el aire le faltaba, que el corazón le latía tan fuerte que le dolía en el pecho, que la sangre le corría ardiente por todo el cuerpo. No era solo el tacto de su piel suave y cálida; era algo mucho más profundo, algo que le decía que esa mujer era suya, que estaba hecha para él, que cada parte de ella respondía a cada parte de él como si hubieran estado esperándose desde siempre.
Y para Roxana… fue algo que la desarmó por completo. Ella, que siempre había sido dueña de sí misma, que siempre había estado tranquila, serena, en control de todo lo que sentía y hacía, que había tratado a emperadores y a sabios sin temblar ni un segundo… ahora, con ese simple roce de unos dedos, sentía que las piernas le temblaban, que la cabeza le daba vueltas, que el aire se le hacía escaso y pesado. Sintió un calor que no tenía nada que ver con el sol de la tarde, una sensación que le recorría desde la mano hasta el alma, que la hacía sentir débil y fuerte a la vez, llena de miedo y llena de deseo.
Se miraron a los ojos al mismo tiempo. Ya no hablaban de graneros, ni de leyes, ni de nada más. Ya no había ideas, ni palabras, ni razones. Solo estaban ellos dos, conectados por ese contacto pequeño pero inmenso, mirándose con una intensidad que nunca antes habían tenido.
En los ojos de él, ella vio fuego. Un fuego oscuro, profundo, devorador, que le decía claramente: “Te quiero. Te deseo. Te necesito con una locura que ya no puedo controlar”.
En los ojos de ella, él vio sorpresa, confusión… y algo más. Algo que nunca había visto antes: nerviosismo.
Ella, que nunca se alteraba, ahora estaba nerviosa.
Roxana Wén, la mujer que corregía a ministros sin pestañear, que hablaba de cosas difíciles delante de miles de personas sin dudar, que se enfrentaba al Emperador y le ponía retos sin miedo alguno… ahora estaba nerviosa. Y no era un nervio cualquiera. Era un nervio que se le notaba en todo el cuerpo.
Sus mejillas, siempre pálidas y serias, se habían teñido de un rojo suave y bonito, un color que él nunca había visto en ella. Sus ojos, que siempre miraban fijos y claros, ahora bajaban la mirada, se movían de un lado a otro, evitando encontrarse con los de él, como si de repente le diera miedo lo que podía ver en ellos. Sus manos, que siempre eran firmes y seguras, temblaban un poquito, muy levemente, contra la mano de él. Y su respiración, siempre tranquila y medida, ahora era rápida, corta, agitada.
Intentó apartar la mano, muy despacio, como si le costara mucho trabajo hacerlo, como si esa piel que tocaba la suya fuera un imán que la retenía contra su voluntad. Cuando por fin logró separar los dedos, se llevó la mano hacia sí misma, apretándola contra su pecho, como si quisiera protegerla, como si quisiera guardar esa sensación para siempre.
—Yo… yo… —empezó a decir, con voz entrecortada, más baja y suave de lo habitual, casi sin fuerza—. Yo no… no quería… perdóname…
No sabía qué decir. Ella, que siempre tenía la respuesta perfecta, la palabra exacta, la explicación clara… ahora no encontraba nada que decir. Estaba confundida, alterada, llena de sentimientos que no entendía y que la asustaban un poco. Se puso de pie de golpe, como si necesitara huir de ahí, como si necesitara alejarse de él para poder respirar y pensar. Daba pequeños pasos cortos, inquietos, mirando al suelo, mirando los árboles, mirando todo menos a él.
Li Longjun se quedó sentado, sin moverse, con la mano todavía extendida en el aire, con la piel caliente y sensible donde ella lo había tocado, con el corazón latiendo como un tambor en sus oídos. Y mientras la miraba, mientras veía esa reacción tan extraña en ella, esa falta de calma, esa timidez que nunca había mostrado, esa forma de estar inquieta y nerviosa… entendió todo.
Entendió que ella no era indiferente. Entendió que ella también sentía lo mismo que él. Entendió que esa descarga eléctrica que él había sentido, ella también la había sentido, y mucho más fuerte. Y entendió, con una claridad absoluta y devastadora, que la deseaba con locura.
El deseo que ya no tenía límites.
Hasta ese momento, él sabía que la amaba. Sabía que la necesitaba. Sabía que ella era su vida, su razón, su todo. Pero ahora, después de ese roce, de esa electricidad, de verla así, nerviosa y alterada por su culpa… algo cambió dentro de él.
Ya no era solo amor, ni solo necesidad, ni solo obsesión. Ahora era deseo puro y salvaje. Un deseo que le quemaba por dentro, que le pedía tenerla, tocarla, abrazarla, besarla, hacerla suya de una vez por todas. Un deseo que le decía que no podía esperar más, que no podía seguir solo caminando a su lado, hablando de cosas, mirándola de lejos. Un deseo que le gritaba que ella era suya, que estaba hecha para él, y que solo le faltaba cruzar ese último paso para tenerla completa.
Se puso de pie despacio, se acercó a ella, muy despacio, sin hacer ruido, sin asustarla. Ella se detuvo al sentirlo cerca, se quedó con la espalda recta, mirando al frente, sin atreverse a girarse. Él se puso justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, tan cerca que podía oler su aroma a flores y a tierra limpia, ese olor que se le había metido en la cabeza y que nunca podía olvidar.
Se inclinó un poco hacia ella, y le habló al oído con voz profunda, ronca, cargada de todo lo que sentía, de todo ese fuego que ahora ardía sin control:
—Roxana… no te disculpes. Nunca te disculpes por tocarme.
Ella se estremeció al sentir su aliento caliente en su cuello, y dio un paso pequeño hacia delante, pero él dio otro hacia ella, manteniéndose cerca, muy cerca.
—¿Sabes lo que sentí hace un momento? —le preguntó él, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Sentí como si me hubiera caído un rayo. Como si todo mi cuerpo hubiera despertado de golpe, como si hasta ahora hubiera estado dormido y solo ahora estuviera vivo.
Extendió la mano con mucho cuidado, muy despacio, y le tocó suavemente el brazo, desde el hombro hacia abajo, con la yema de los dedos, sintiendo la piel fina y suave bajo su ropa. Y vio cómo ella cerraba los ojos, cómo se le escapaba un suspiro pequeño, cómo se inclinaba levemente hacia él, sin quererlo, sin poder evitarlo.
—Te he dicho muchas veces que te amo —continuó él, con una pasión que hacía temblar las palabras—. Te he dicho que eres mi vida, mi todo, mi razón. Pero ahora… ahora sé que no es solo eso. Ahora sé que te deseo con locura, Roxana. Te deseo de una forma que me asusta, que me consume, que me hace querer olvidar todo lo demás, todo el imperio, todo el mundo, solo para tenerte cerca, solo para tocarte, solo para sentirte.
Le dio la vuelta muy suavemente, despacio, para que ella pudiera apartarse si quería, pero ella no se apartó. Se quedó ahí, frente a él, con la cara roja, con los ojos brillantes y confundidos, con el pecho subiendo y bajando rápido, mirándolo con esa mezcla de miedo y deseo que él ya conocía.
—Y lo que más me gusta… —Le dijo él, acercando su cara a la de ella, muy despacio, mirándola directamente a los ojos… —Lo que más me gusta es saber que tú también lo sientes. Tú, que siempre estás tan tranquila, tan segura, tan dueña de todo… tú también te has puesto nerviosa. Tú también has sentido esa electricidad que nos quema a los dos.
Le acarició la mejilla con mucha suavidad, con el dorso de la mano, disfrutando de ese tacto que le hacía perder la cabeza:
—Ese roce pequeño ha cambiado todo, mi vida. Ha encendido algo que estaba ahí, esperando, y que ya no se va a apagar. Ahora sé, con toda seguridad, que tú eres la única mujer que puede hacerme sentir esto. Y sé también que yo soy el único hombre que puede hacerte sentir esto a ti.
Roxana abrió la boca para hablar, para decir algo, para negarlo o para confesarlo todo… pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Porque sabía que tenía razón. Sabía que ese roce había sido diferente a todo lo demás. Sabía que ese fuego que sentía en la piel, ese temblor en las manos, ese deseo de acercarse más y más a él, era algo que no podía negar ni controlar.
Lo miró, y vio en sus ojos que él lo sabía todo. Vio que ya no había vuelta atrás. Vio que entre ellos ya no solo había amistad, ni respeto, ni amor… había pasión, fuego, una tensión que ahora era mucho más fuerte, mucho más peligrosa y mucho más hermosa.
Li Longjun se quedó ahí, muy cerca, sin besarla todavía, sin tomarla en sus brazos todavía, respetando su espacio, esperando que ella diera el paso. Pero le dijo, con voz llena de promesas y de deseo:
—Ese roce ha sido el principio de todo, Roxana. Ahora sé que te deseo con locura, y sé que tú también me deseas. Y te prometo que no pararé hasta que tengamos todo lo que nos queremos dar. Hasta que ese fuego que hemos encendido entre los dos nos queme juntos, y nos una para siempre.
El sol se escondió por completo, y la oscuridad de la noche cubrió el jardín. Pero entre ellos, todo estaba lleno de luz, de calor, de fuego. Ese pequeño roce accidental había sido la chispa que encendió todo lo que habían estado guardando. Y ahora, nada podría volver a ser igual. Porque el amor se había convertido en deseo, la admiración en pasión y la espera… estaba a punto de terminar.