Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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La prisión de oro.
...Capítulo 4....
...Parte 1....
...La prisión de oro....
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Leonor.
Trescientos sesenta y cinco días. Un año entero desde que desperté en esa habitación extraña, sola, con el cuerpo dolorido, la piel marcada y un vacío en el pecho que no he logrado llenar desde entonces. Un año desde que él se fue. Un año desde que probé algo que no estaba en mis planes, algo que me hizo cuestionar todo lo que soy, todo lo que me han enseñado.
Me llamo Leonor Anderson. Soy princesa de los vampiros, hija del Rey Juls, heredera del Clan Veritas, la estirpe más antigua, rica y poderosa que existe. Tengo todo lo que cualquiera podría desear: belleza, riqueza, inmortalidad, poder absoluto sobre cualquier humano que se cruce en mi camino. Puedo ir donde quiera, hacer lo que quiera, tomar lo que quiera… y sin embargo, me siento encerrada. Vivir en este castillo, rodeada de lujos, de piedra fría y de normas antiguas, a veces se siente más como una prisión de oro que como un palacio.
Y lo peor de todo: llevo un año entero pensando en un desconocido. En un humano. O al menos, eso creía que era.
Camino por los pasillos infinitos de nuestra morada, con el vestido de seda negra arrastrando suavemente sobre el suelo de mármol oscuro. Mis tacones resuenan rítmicamente, un sonido que marca mi paso, mi actitud, esa altivez que he aprendido a llevar como una armadura. Mi cabello oscuro cae suelto sobre mi espalda, y mis ojos, esos ojos azules de los que mi padre está tan orgulloso, brillan con una mezcla de aburrimiento y desafío.
Desde aquella noche en la universidad, he seguido haciendo lo de siempre: ir a fiestas, beber, divertirme, jugar con la gente humana como si fueran juguetes, tal como me enseñaron. Pero nada es igual. Ningún otro cuerpo me ha hecho sentir lo que sentí con él. Ninguna otra piel tuvo ese calor abrasador, esa fuerza salvaje, ese olor… “Dios, ese olor”.
A bosque, a lluvia, a vida pura. Un olor que debería haberme repelido, que debería haberme dado asco, porque hemos sido educados para odiar todo lo que huele a naturaleza salvaje, todo lo que pertenece a la Luna. Pero con él… me hizo querer hundirme en su cuello y respirarlo para siempre.
—Estás muy lejos hoy, hija mía. Más de lo habitual.
La voz profunda, grave y aterciopelada de mi padre me llega desde el final del pasillo. Él está allí, parado junto al gran ventanal que da al sur, observando sus dominios con esa mirada fría y calculadora que ha mantenido vivo y en la cima durante siglos. Juls Anderson. Alto, imponente, de cabello oscuro y rasgos perfectos, tan hermoso como peligroso. El hombre que lo tiene todo, el hombre que cree que el mundo entero es su propiedad.
Me giro lentamente hacia él, poniendo esa máscara de indiferencia y rebeldía que suelo usar con él.
—Estoy aquí, padre. Solo pensaba en lo aburrido que es todo esto. Lo de siempre.
Él sonríe, esa sonrisa que nunca llega a sus ojos, y camina hacia mí con esa elegancia letal que tienen solo los de su sangre. Me toma la barbilla con dos dedos, con una fuerza suave que me dice que podría aplastarme si quisiera, pero que nunca lo hará, porque soy su tesoro, su mayor orgullo.
—Eres igual que yo —dice, bajito, estudiándome—. También odiaba las reglas cuando era joven. También quería comerme el mundo y hacer lo que me diera la gana. Y mira dónde estoy ahora. Dueño de todo lo que ves. Y pronto… dueño también de lo que tienen esos perros sucios de la Manada Luna de Sangre.
Siento un pequeño tirón en el estómago al escuchar su nombre. “Luna de Sangre”. La manada de licántropos, nuestros enemigos eternos. Los que nos roban la comida, los que se creen guardianes, los que según mi padre son basura que hay que barrer. Los odio. Se supone que debo odiarlos con toda mi alma.
Y sin embargo… cada vez que pienso en eso, su imagen vuelve a mí. El chico de ojos dorados, fuerte, cálido, que me hizo perder la cabeza. Y me atormenta una duda estúpida, peligrosa, que me he guardado muy dentro para que nadie la escuche…
“¿y si no era humano? ¿Y si… era uno de ellos?”
Es imposible. Una locura. Si hubiera sido un lobo, lo habría sabido al instante. Su olor, su energía, todo habría gritado enemigo. Y yo habría huido. O lo habría matado. ¿Verdad?
—Mañana tienes que venir conmigo —me dice mi padre, rompiendo mis pensamientos—. Tenemos la reunión. El nuevo Alfa, ese tal Andrew Fortier, ha tenido la valentía de pedir que nos veamos. Quiere hablar de paz, de reglas, de proteger a esos malditos humanos como si fueran algo más que ganado.
Suena con tanto desprecio en la última palabra que me hace estremecer.
—¿Andrew Fortier? —repito el nombre, saboreándolo, grabándolo.
—Sí. El heredero. Dicen que es joven, fuerte, muy parecido a su bisabuelo Joseph, el que nos maldijo hace siglos. El que pidió a la Diosa Luna que me quitara lo que más quisiera —mi padre suelta una risa fría, sin rastro de preocupación—. Pobre idiota. La Diosa Luna me ha dado todo. Tengo vida eterna, tengo riquezas, tengo poder… y te tengo a ti, Leonor. Mi mayor tesoro. No me quitaron nada. Al final, yo gané siempre.
Me mira con un orgullo absoluto, convencido de que la maldición fue una tontería, un deseo inútil de un hombre dolido. Y yo sonrío también, una sonrisa que no llega a mis ojos, porque no le digo que a veces, por las noches, pienso en esa historia. Pienso en qué fue lo que la Luna le quitó realmente. Y siento un escalofrío que no sé explicar, como si hubiera algo que se me escapa, algo que tiene que ver conmigo, con mi forma de ser, con las cosas que siento y que no encajan con lo que se supone que soy.
—Iré —le digo, encogiéndome de hombros—. Al menos será entretenido ver cómo ese perro intenta darnos órdenes. Ver cómo se da cuenta de que aquí mandamos nosotros.
—Así me gusta —dice él, satisfecho—. Mañana, en el puente de las Rocas Grises. Territorio neutral. Irá con su guardia, pero solo él hablará. Y tú estarás a mi lado. Quiero que lo veas, Leonor. Quiero que lo mires a los ojos y entiendas de verdad lo que son nuestros enemigos. Para que nunca, ni por un segundo, olvides lo que somos nosotros, y lo que merecen ellos.
Asiente y se va, dejándome sola en el pasillo frío. Y en cuanto desaparece, mi sonrisa se borra.
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