una ciudad controlada por dos grandes mafiosos que se odian pero en el camino encontrarán enemigos en común será que los haran unirse?
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El arsenal fantasma
La lluvia caía sobre Ciudad Oscura mientras Gabriel Torres observaba los mapas extendidos sobre una mesa.
La antigua instalación militar abandonada aparecía marcada con círculos rojos, rutas de transporte y anotaciones que había encontrado entre los archivos de Mauricio Varela.
Antonio Romano, Víctor Moretti, Sofía Navarro y Verónica Salazar permanecían en silencio.
Todos comprendían que acababan de descubrir algo enorme.
—¿Estás completamente segura? —preguntó Gabriel.
Verónica observó el mapa.
—Sí.
—¿Qué había allí exactamente?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Cuando Mauricio y yo comenzamos a trabajar juntos necesitábamos un lugar donde nadie pudiera encontrarnos.
—¿Y encontraron esa base?
—Sí.
Antonio cruzó los brazos.
—¿Qué guardaban allí?
Verónica levantó lentamente la mirada.
—Dinero.
Armas.
Documentos.
Vehículos.
Identidades falsas.
Contactos.
Todo lo necesario para reconstruir una organización desde cero.
El silencio fue inmediato.
—¿Todo eso sigue allí? —preguntó Sofía.
—Si Mauricio logró recuperarlo, probablemente sí.
Gabriel sintió un escalofrío.
Porque aquello significaba que Mauricio no estaba construyendo un imperio.
Lo estaba reactivando.
A más de cien kilómetros de Ciudad Oscura, la antigua instalación militar había dejado de parecer abandonada.
Camiones llegaban constantemente.
Hombres armados vigilaban los accesos.
Antiguos hangares estaban siendo utilizados como centros de operaciones.
Y en el corazón del complejo, Mauricio Varela observaba un enorme tablero digital.
Las pantallas mostraban movimientos financieros, rutas comerciales y posiciones estratégicas.
Un hombre se acercó.
—Señor.
—¿Qué ocurre?
—Nuestros observadores confirman que Gabriel Torres descubrió la ubicación.
Mauricio sonrió.
—Más rápido de lo esperado.
—¿Desea cambiar el plan?
—No.
—¿Por qué?
La sonrisa permaneció.
—Porque quiero que vengan.
Esa misma noche, Antonio reunió a sus hombres más leales.
La reunión tuvo lugar en un antiguo almacén protegido por guardaespaldas.
Todos los presentes eran veteranos.
Hombres que habían sobrevivido a guerras mafiosas durante años.
Antonio caminó lentamente frente a ellos.
—Tenemos un problema.
Nadie habló.
—Un problema grande.
Colocó varias fotografías sobre una mesa.
Imágenes de la instalación militar.
Camiones.
Guardias.
Equipos.
—¿Quiénes son? —preguntó uno.
—El ejército privado de Mauricio Varela.
Las expresiones cambiaron inmediatamente.
—¿Qué hacemos?
Antonio observó las fotografías.
—Lo que siempre hacemos.
—¿Y eso es?
La respuesta llegó fría.
—Pelear.
Al mismo tiempo, Víctor Moretti realizaba una reunión similar.
Sus hombres tampoco estaban contentos.
Los rumores sobre Mauricio crecían cada día.
Y muchos comenzaban a preguntarse si podían ganar aquella guerra.
Víctor percibió el miedo.
Y eso lo enfurecía.
—Escúchenme bien.
La sala quedó en silencio.
—Durante años esta ciudad ha intentado destruirnos.
La policía.
Los políticos.
Las bandas rivales.
Todos.
Caminó lentamente entre ellos.
—Y seguimos aquí.
Los hombres asintieron.
—Así que si alguien cree que vamos a rendirnos...
Sonrió.
—Puede irse ahora mismo.
Nadie se movió.
A la mañana siguiente, Gabriel recibió una visita inesperada.
Era Valeria Cruz.
Hacía días que no aparecía.
Y parecía preocupada.
—Tenemos un problema.
—Otro más.
—Este es diferente.
Gabriel la observó.
—Habla.
Valeria colocó un expediente sobre la mesa.
—Encontré información sobre Mauricio.
—Ya tenemos bastante.
—No como esta.
Gabriel abrió el archivo.
Lo que vio hizo que se quedara inmóvil.
—¿Qué demonios es esto?
—Su lista.
—¿Qué lista?
Valeria respiró profundamente.
—Las personas que planea eliminar.
El silencio llenó la habitación.
Gabriel comenzó a revisar los nombres.
Políticos.
Empresarios.
Jueces.
Líderes criminales.
Docenas de personas.
Y entonces encontró algo peor.
Su propio nombre.
El de Sofía.
El de Antonio.
El de Víctor.
Todos estaban allí.
Horas después, el grupo volvió a reunirse.
La atmósfera era tensa.
Gabriel mostró el documento.
—Esto es una sentencia de muerte.
Antonio observó los nombres.
—Que venga por mí.
—No es tan simple —dijo Verónica.
—¿Por qué?
—Porque Mauricio no amenaza.
Actúa.
Aquellas palabras provocaron un incómodo silencio.
Todos sabían que era cierto.
Esa misma tarde ocurrió el primer golpe.
Un importante empresario que aparecía en la lista fue asesinado al salir de una reunión.
Dos horas después murió un juez.
Luego desapareció un político.
Las noticias comenzaron a inundar la ciudad.
La sensación de miedo creció rápidamente.
Mauricio estaba cumpliendo sus promesas.
Nombre por nombre.
Objetivo por objetivo.
Al caer la noche, Sofía recibió una llamada.
—¿Quién habla?
No hubo respuesta.
Solo respiración.
Luego una voz masculina.
—Dile a Gabriel que deje de investigar.
La llamada terminó.
Sofía sintió un escalofrío.
Aquello ya no era una advertencia.
Era una amenaza directa.
Mientras tanto, en la instalación militar, Mauricio observaba una enorme pantalla donde aparecían perfiles de cientos de personas.
Algunos nombres estaban marcados en verde.
Otros en amarillo.
Y varios en rojo.
Uno de sus asistentes señaló los últimos.
—¿Comenzamos con ellos?
Mauricio negó lentamente.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque quiero que comprendan algo.
El hombre esperó.
—¿Qué cosa?
Mauricio observó las fotografías de Antonio Romano y Víctor Moretti.
—Que ya perdieron.
Al día siguiente ocurrió algo que nadie esperaba.
Uno de los principales capitanes de Antonio Romano desapareció.
No dejó rastro.
No hubo cadáver.
No hubo mensaje.
Simplemente desapareció.
Horas más tarde, otro hombre importante de Víctor sufrió el mismo destino.
Gabriel comenzó a notar un patrón.
—No los está matando.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sofía.
—Porque quiere algo.
Verónica asintió.
—Información.
—Exactamente.
Antonio golpeó la mesa.
—Entonces tenemos que encontrarlos.
—Si siguen vivos.
La respuesta de Gabriel dejó la habitación en silencio.
Aquella noche decidieron actuar.
Por primera vez desde el inicio de la guerra, organizaron una operación conjunta.
El objetivo era simple.
Infiltrarse en la antigua instalación militar.
Obtener información.
Y salir con vida.
Nada más.
Nada menos.
El plan comenzó poco después de la medianoche.
Dos equipos.
Una ruta de entrada.
Una ruta de escape.
Todo cuidadosamente calculado.
Gabriel permaneció en el centro de operaciones junto a Sofía y Verónica.
Antonio y Víctor lideraban los grupos de asalto.
Los vehículos avanzaron bajo la oscuridad.
La lluvia ayudaba a ocultarlos.
Durante varios kilómetros todo salió según lo planeado.
Hasta que llegaron a la primera cerca.
Y descubrieron algo inquietante.
Las puertas estaban abiertas.
Antonio descendió del vehículo.
Observó los accesos.
No había guardias.
No había patrullas.
No había movimiento.
—Esto no me gusta.
Víctor estaba de acuerdo.
—Demasiado fácil.
Avanzaron lentamente.
Entraron al complejo.
Los hangares parecían vacíos.
Las oficinas abandonadas.
Los almacenes desiertos.
Era como una ciudad fantasma.
Pero eso era imposible.
Horas antes el lugar estaba lleno de actividad.
Antonio sintió un mal presentimiento.
Muy mal presentimiento.
En el centro de operaciones, Gabriel escuchaba los reportes por radio.
—No encontramos a nadie.
—¿Nadie? —preguntó.
—Nadie.
Verónica frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Entonces ocurrió.
Una nueva transmisión llegó por la radio.
La voz de Antonio sonaba diferente.
Más tensa.
—Encontramos algo.
—¿Qué es?
Hubo unos segundos de silencio.
Luego respondió.
—Vengan a ver esto.
Antonio y Víctor estaban dentro del hangar principal.
Frente a ellos había una enorme sala.
Y en el centro de aquella sala se encontraba una mesa gigantesca.
Sobre ella había fotografías.
Mapas.
Expedientes.
Documentos.
Todo perfectamente organizado.
Pero eso no era lo inquietante.
Lo inquietante era el contenido.
Había información sobre cada persona involucrada en la guerra.
Antonio.
Víctor.
Sofía.
Gabriel.
Verónica.
Todos.
Miles de páginas.
Décadas de observación.
Décadas de seguimiento.
Décadas de preparación.
Y en el centro de la mesa había una sola nota.
Antonio la tomó.
Leyó el mensaje.
Y sintió cómo se aceleraba su corazón.
"Si están leyendo esto, significa que llegaron exactamente cuando quería."
Víctor observó la nota.
—Es una trampa.
—Sí.
—Pero ¿para qué?
Antonio continuó leyendo.
La siguiente línea respondió la pregunta.
"La base nunca fue importante. Ustedes sí."
El silencio llenó el hangar.
Y entonces las luces se apagaron.
Todas al mismo tiempo.
La oscuridad los envolvió.
Y desde algún lugar del complejo comenzó a sonar una alarma.
Una alarma que parecía anunciar que la verdadera batalla acababa de comenzar.
Continuará en el Capítulo 19...